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Auguran que la gestión del Coronavirus dividirá el mundo del futuro: tiene todo el sentido y... de hecho, ya ha empezado

Auguran que la gestión del Coronavirus dividirá el mundo del futuro: tiene todo el sentido y... de hecho, ya ha empezado
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Aparte de que el maldito virus infecto está en el aire a nuestro alrededor, todos somos ya muy conscientes de que su vertiente económica también está infectando nuestras economías, y produciéndoles una clara insuficiencia respiratoria casualmente paralela a uno de los principales síntomas (o afecciones) que produce el Coronavirus.

Así, la superación o defunción de cada paciente depende mayormente de la calidad asistencial y los medios sanitarios de los que disponga el equipo médico que atiende a cada paciente. De la misma manera, cada economía saldrá de la pandemia más o menos indemne o bien tocada de muerte dependiendo de la gestión de la misma que hagan sus dirigentes. Y ello configurará el nuevo mundo del futuro, y las nuevas fronteras entre países ricos, países que dejaron de serlo, y aquellos que nunca lo fueron ni lo serán ahora.

Las cifras son las cifras, y a las cifras de las cifras, de los mensaje cifrados nos remiten

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Aun siendo cierto que la econometría no es ni mucho menos una ciencia exacta, y que la realidad es que la calidad de cada dato depende radicalmente de infinidad de factores, éstos no son sólo técnicos, sino que también los hay con buena parte de culinarios. Así, en las “repúblicas bananeras”, la econometría se convierte en una suerte de fábrica de cifras a demanda, cayendo en alumbrar realidades paralelas que algún día acaban cayendo por su propio peso, y que acaban por hacer sucumbir cualquier sistema que opta por basarse esas crudas mentiras socioeconómicas. No hace falta que les recuerde de sistemas económicos que han implosionado en el pasado a lo largo de la Historia (y más que lo harán) envueltos en una gran mentira, de la cual los ciudadanos más ingenuos acaban despertando bruscamente cuando ya no hay nada que ponerles en el plato a sus hijos.

Por ello, aunque en todas las cocinas del mundo se aderezan en cierta medida las recetas a gusto de cada chef, lo cierto es que esto no debemos asumirlo ni mucho menos como normal, sino que los ciudadanos y los analistas debemos siempre mantenernos en la exigencia más idealista, por mucho que ésta sea inalcanzable al 100%. Rendirse incondicionalmente a la irrealidad de las cifras económicas supone dar “manga ancha” a unos políticos que no dudarán en retorcer cada vez más titulares y cifras, hasta el lamentable punto en que éstas no acaben teniendo nada que ver con la realidad económica que se supone deberían mostrar.

Es la perversión más absoluta de un sistema socioeconómico, y como toda perversión, no acaba sólo pudriendo el alma y el espíritu de los ciudadanos y del propio sistema, sino que además acaba haciendo el aire putrefacto. Tanto es así, que siempre siempre siempre éste acaba siendo asfixiantemente irrespirable para los ciudadanos de a pie, que ya no pueden tomar más bocanadas con las que oxigenarse y seguir produciendo y viviendo con calidad dentro del sistema. Así, el desenlace final acaba siendo siempre fatal, sea a más o menos largo plazo dependiendo del calibre de la rasera con la que el cocinero va dándoles la vuelta a las hamburguesas que ya se le han quemado para que no se vean.

Por ello, desde estas líneas siempre abogamos por la transparencia más absoluta y el realismo económico más idealista, porque lo contrario es la opacidad más suicida y la irrealidad más degenerada socioeconómicamente. No hay otra opción posible en esta ecuación de segundo grado, que tan sólo arroja dos posibles soluciones: una de signo (muy) positivo y que suma, y otra de signo (muy) negativo y que resta y socava el sistema socioeconómico desde sus pilares de carga. Es en este segundo caso cuando los políticos restan y restan hasta que un día el edificio ya no se tiene en pie, y sus ciudadanos deben mudarse a una chabola, mientras los responsables de todo el desastre viven en la opulencia o se fugan con su cuantioso dinero por pasaporte.

La vinculación entre gestión de la pandemia y futura riqueza puede parecer evidente para algunos, pero ni mucho menos lo es para otros

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Como todo lo que toca el ser humano, la realidad de la gestión de la pandemia no acaba siendo todo lo realista que debiera, al menos por determinados lares más humanos que divinos. Igualmente de “retorcible” que la calidad de la gestión, son las consecuencias últimas de la misma, especialmente en los países tan amantes de las vanas esperanzas. Un extremo que no dudan en explotar unos políticos que muchas veces se limitan a alimentarlas para así poder sobrevivir sus cuatro años de reinado sin que se note lo que hay por debajo, cuando no para prorrogar esos cuatro años tanto como les sea posible, llegando incluso, si les es posible ética y sistémicamente, a perpetuarse como estirpe política, con elecciones más cantadas que el “Macarena” de “Los del Rio” (al Este me remito).

Pero la mayoría de la población ilustrada (¡Ay, la vital importancia de esa clase media culta y formada!) acaba siendo en algún momento consciente de la realidad de la calle. Y es que la propaganda puede taponar mentes y acallar bocas, pero cuando el estómago empieza a rugir en la noche socioeconómica más oscura, la propaganda no llena estómagos. Así, la responsabilidad más vocacional y humana de analistas y economistas es tratar de contribuir al buen hacer del sistema, contribuyendo a evitar que éste se desvíe mucho del recto camino, antes de que el rumbo esté tan torcido que ya sea demasiado tarde como para rectificar sin peligrosísimas vías de agua. Sirviéndonos ahora de ayuda para desarrollar la obviedad de todo lo anterior con una base más científica y académica (mis disculpas a los que no les gusta que hablemos de la “ciencia económica”), recientemente, el británico matemático experto en epidemiología Kucharski ha confirmado la tesis de que el mundo del futuro se dividirá efectivamente en dos, según se controle hoy el Coronavirus en cada país.

Como pueden leer en el enlace anterior, este reputado experto consagró vocacionalmente su vida al análisis matemático de las pandemias fruto de sus propios padecimientos personales a causa de una grave afección infantil, que le ha marcado (e impedido) para el resto de su vida. Dada la dimensión personal y vital de lo que para él supuso una enfermedad, la visión con la que Kucharski es capaz de abordar una epidemia es muy amplia, siendo capaz de abarcarla en todo su alcance. Este matemático no sólo se centra en fórmulas y modelos de infección, contagio, propagación, inmunidad, y todo los factores más clásicos de la epidemiología, sino que Kucharski también entra en temas de violencia, crisis económicas, ideas, suicidio, felicidad, pánico, bulos, y todo lo que estamos viendo ya a día de hoy que está llegando a nuestro mundo de la mano del Coronavirus. Vamos, Socioeconomía en estado puro.

Al calor del escepticismo científico que ha sido originado por la poca anticipación general ante esta pandemia, hay que decir que no debemos nunca caer en dejarnos alejar del lado de la ciencia, debiéndonos alistar en la resistencia a pesar de que la propaganda esté tratando de alentar a los negacionistas con sus conspiraciones, para que demos la espalda a nuestros científicos y así conseguir dinamitar otro muro de carga de nuestro sistema. Conspiraciones sin justificar ni mínimamente aparte, lo cierto es que la pandemia podría haberse evitado, o al menos minimizado, si ciertos campos del avance y de la investigación científica no hubiesen sido tan dados de lado en los últimos años, como ya alertaban algunos profesionales. Así, respecto a la parte más técnica de la epidemiología, una de las respuestas más relevantes de la entrevista al matemático-epidemiólogo es cuando dice que, ante esos titulares que afirman que los modelos son incorrectos, contra-argumenta que ésa no es la cuestión ni mucho menos, porque los modelos simplemente nos contestan a preguntas muy muy concretas.

El experto dice que no podemos pensar en los modelos como “bolas de cristal”, que tienen respuesta para todo lo que se pueda plantear cuan Oráculo de Delfos. En realidad, más allá de los titulares poco rigurosos, lo cierto es que los investigadores usan los modelos para analizar conjuntos de posibilidades muy específicas y medidas por parámetros muy técnicos y concretos, como tasas de crecimiento a futuro de no tomarse medidas de contención o similares. De las palabras de Kucharski se desprende que tratar de anticipar hace un año la pandemia del Coronavirus con un modelo matemático-epidemiológico sería equiparable a tratar de anticipar con qué forma y qué manchas exactas va a florecer el moho de un queso roquefort concreto, que hoy por hoy todavía no ha sido ni tan siquiera elaborado en la quesería y puesto en su molde. Vamos, un imposible de todas todas, que la propaganda trata de explotar inmisericordemente abusando del desconocimiento del público en general sobre epidemiología, y tratando de “colarnos” que, si la epidemiología no supo predecir el surgimiento del Coronavirus, entonces no nos vale para nada. A todo ello, además hay que añadir la flagrante falta de datos de calidad a la que se enfrentaron los epidemiólogos en su momento ante el COVID-19, puesto que empezamos a tener datos fiables cuando ya teníamos la primera ola encima la pasada primavera. Éste es un punto especialmente lacerante, debido sobre todo a la incuestionable e incomprensible falta de fiabilidad de los datos que nos llegaban desde China (entre otros muchos misterios orientales insondables).

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Y Kucharski pone también de relieve una de las tesis más recurrentes que venimos exponiéndoles desde estas líneas desde el principio de la pandemia (sí, desde aquí fuimos de los primeros en alertarles de la que se nos venía encima ya el 3 de Febrero): esto no es un asunto sanitario, es un asunto socioeconómico en toda regla, como máximo exponente de la importancia de esa Socioeconomía que ya re-inauguráramos como concepto esencial en 2012. No será por falta de capacidad de anticipación por lo que nos critiquen. Así, en plena faceta socioeconómica, Kucharski afirma que acabar con la pandemia sería sanitariamente tan sencillo como confinarnos a todos hasta que el virus muriese, al no tener ya nuevos huéspedes a los que contagiarse y donde reproducirse. Pero bien sabemos que eso no es posible, pues todos moriríamos de inanición.

En la ecuación socioeconómica pandemia-economía entra inevitablemente el balance entre combatir la pandemia y preservar la economía que nos da de comer a todos: un balance del que ya les dijimos que acabarían teniendo que afrontar nuestros políticos, como bien dice también ahora Kucharski en la entrevista enlazada antes. Y también es un tema, el socioeconómico, por el que igualmente urgíamos a principios de Marzo a tomar medidas preventivas contundentes cuanto antes, para minimizar el posterior impacto socioeconómico (aparte de, por supuesto, para reducir el enorme coste vital). Y por cierto, que Kucharski apela a la innovación, se entiende que con un especial protagonismo de la ciencia y los expertos (pero de los que de verdad existen), y propone recurrir a esa innovación como forma de no rematar la economía con sucesivos confinamientos, que podrían ser inevitables entretanto no llegue la vacuna. Y es que el riesgo al que apunta es que esa solución podría dilatarse más de lo que algunos esperan (o de lo que van vendiendo con las elecciones a la vuelta de la esquina).

En este punto, hablando de innovación, la gran innovación que le encantaría ver a un servidor por ciertos lares, como mejor forma de evitar males mayores, sería la capacidad de anticipación, la toma de medidas competentes antes de que sea demasiado tarde, y el realismo tanto para las cifras económicas reales como para las previsiones que están por venir. Y en España en concreto además sería más que vital contar con la coordinación de unas mismas políticas (efectivas) para todo el territorio nacional. Esto último resulta especialmente importante, a fin de que el esfuerzo de unos no se vea ofuscado por el malhacer de otros, y también para que los ciudadanos sepan a qué atenerse allá por donde pisan. Si uno hace un viaje en coche de tres horas que pase por varias comunidades, en cada una aplican unas medidas y obligaciones diferentes: ni aunque queramos podemos cumplir con lo establecido. Y en políticas de auténtica seguridad nacional en el sentido más vital del término, por pedir que no quede, aunque de nuevo ya llegan muy tarde, y especialmente en ese tema esencial de esos rastreadores que habrían sido la clave para minimizar la segunda ola, y que en ciudades como Nueva York tan buenos resultados les han dado. Pero ahora mismo lo más acuciante es esa siniestra “Vuelta al cole”, en la que otra vez cada comunidad hace la guerra por su cuenta, y que muy probablemente nos va a traer nuevos y tremendos desastres. De hecho, hay países que la suspendieron “cautelarmente”, y otros incluso decidieron que este año el curso sea virtual. Porque no lo duden, aparte del riesgo inasumible que supone este punto, y de cómo otros países que lo intentaron tuvieron que dar marcha atrás rápidamente (¡Ay, que no aprendemos ni de los errores ajenos!), al igual que las residencias de ancianos la pasada primavera, como ya advertimos en su momento, ahora colegios y padres nos veremos solos en la pandemia. Al tiempo.

Por último, entre los puntos del matemático-epidemiólogo que me gustaría destacar está su afirmación de la enorme paradoja en la que cae la opinión pública ante las pandemias. Si los epidemiólogos ponen de relieve algún riesgo concreto, y gracias a ello o por los motivos que fuere éste logra ser mitigado y la epidemia no se propaga finalmente, pues entonces se tacha a los científicos de alarmistas. Entonces surgen elucubraciones y teorías “conspiranoicas” sobre los intereses farmacéuticos u otros, y en definitiva se acaba matando al mensajero a pesar de que el mensaje llegó y con él se pudo evitar la guerra. Para mayor incoherencia, si la pandemia acaba materializándose, entonces se culpabiliza a los científicos de no haberla previsto pandemia en todos sus aspectos particularizados, y de no haber ayudado a tomar medidas. Vamos, que en conjunto se trata del infantil “cuento de que viene el lobo”, que no viene y no viene entre jocosos comentarios de los del pueblo, hasta que viene de verdad y entonces nos devora a todos. Sólo que incluso en el cuento al final se es consciente de que los cazadores nos habrían salvado del lobo, y en la realidad pandémica se les culpa de no haber evitado que el depredador canino atacase, incluso a pesar de que se les quitase la escopeta. Pues menos mal que tenemos epidemiólogos (de los de “sin contaminar” por los intereses políticos, eso sí), porque si no a saber cómo estaríamos ahora mismo con el maldito Coronavirus. Entonces sí que no iba a haber ningún negacionista de la pandemia, pero sería porque, con la propagación masiva que habríamos sufrido (sí, todavía más), lo más probable es que sin mascarilla y gritando a tos batiente en las manifestaciones ya no quedaría ni uno vivo.

Y el realismo económico en la era de la pandemia es doblemente necesario: el que no lo practique acabará chocando con la realidad de la calle

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Una vez que la pandemia biológica acabe remitiendo definitivamente, el resultado final de la transformación de nuestro mundo tal y como lo conocemos hoy es que habrá ido evolucionando (todavía más severamente) hacia a otro mundo post-pandemia. Entonces nuestro mundo será pues un nuevo mundo redistribuido, y en el cual una de las divisiones más visibles será entre países desarrollados y ya no desarrollados, principalmente dependiendo de la gestión del desastre que hayan hecho los dirigentes de cada nación (o de lo que quede de ella). El Coronavirus no sólo se nos ha llevado a muchos seres queridos, no sólo ha transformado nuestras vidas, no sólo ha descalabrado nuestras economías, y no sólo va a llevarnos a un estado convulso social y socioeconómicamente. Por si todo esto no fuera poco, el hecho es que ya a día de hoy se puede apreciar perfectamente cómo el Coronavirus está dividiendo dicotómicamente nuestro mundo, y que no son unas meras transformaciones transitorias, sino que han llegado para quedarse durante bastante tiempo.

Y no es ya que el Coronavirus vaya a segmentar a nivel internacional los países y sus economías, sino que además el Coronavirus también está segmentando internamente las socioeconomías, con un marcado sesgo intra-societario. Así, uno de los datos que más sorprende a los expertos y analistas es cómo el Coronavirus presenta una tasa de incidencia sensiblemente superior entre las clases con rentas más modestas y en los barrios de trabajadores. Hay para ello varias posibles explicaciones muy lógicas, como la mayor densidad de población, un uso más generalizado del transporte público, mayor precariedad laboral que hace que proponerle al jefe medidas de contención te ponga en riesgo de encontrarte en la calle, o un menor nivel educativo medio que podría implicar una menor concienciación y una menor adopción de medidas de prevención personales. Sea por lo que sea, el hecho objetivo está ahí, y así el Coronavirus está devastando con mayor intensidad a las clases menos favorecidas, abriendo una nueva brecha social y dividiendo también nuestras sociedades a nivel interno.

El cambio mundial traído por el Coronavirus está siendo radical. Alguien ha puesto en marcha la coctelera, y la separación de fases de la nueva mezcla puede ser totalmente distinta a la inicial, empezando por quién será el nuevo líder hegemónico del mundo si es que esto también acaba cambiando. Y desde la cúspide socioeconómica del planeta, hasta la base más base, todas las capas intermedias van a ser susceptibles de intercambiarse con una relativa movilidad. Aquí podrá haber países desarrollados que dejen ya de serlo en el sentido más pleno de la palabra, países en desarrollo que tomen cierto liderazgo, potenciales nuevos líderes mundiales que no dudarían en imponer su propio sistema y regalarnos su inexistencia de libertades, países en vías de desarrollo que pasarán al furgón de cola, países cuyo buen desempeño pandémico les permita escalar puestos, etc. Cada cual tendrá lo suyo, y a todos nos juzgará el Coronavirus regalándonos un futuro o des-futuro acorde a la altura de la gestión que nos dispensen nuestros políticos nacionales (y en algún afortunado caso como el español, también contando con generosas contribuciones por parte de nuestros hermanos europeos). Les recomiendo encarecidamente ver el gráfico del enlace anterior, y prestar especial atención a las coincidencias entre los líderes en gestión sanitaria, y los líderes en minimizar el impacto económico (y fíjense en el furgón de cola). Y sí, ese gráfico muestra inequívocamente el futuro que viene para cada uno, y como ven ya es palpable a día de hoy en las cifras (y en la calle).

No lo duden, aparte de que, en los gráficos, los analistas internacionales aprecian perfectamente cómo aquellos países con una mejor gestión sanitaria disfrutan luego de una situación económica menos deteriorada, a ello luego hay que añadir si la gestión económica resulta buena, o si, al igual que la sanitaria, puede acabar resultando ser un desastre. Esto último redundaría en doble daño económico. Yo entiendo que, entre los políticos, ocurre como con las personas: los hay más y menos humanos, y en el caso particular de este gremio, además los hay con mayor y menos vocación de servidor público y de compromiso con el bien común. Esto es inevitable. Así que, para aquellos que al menos sean capaces de entender la aristotélica pregunta de ¿Qué debe ser la ética para un político?, y para aquellos que de esto último anden escasos, me permitiré sugerirles que, para mejorar sus capacidades personales, con cada ciudadano que vean en las estadísticas, con cada persona que se crucen por la calle, con cada persona de su entorno familiar y de amistades, que visualicen qué puede ser de su futuro. Y que lo hagan sopesando especialmente el caso de que no adopten las políticas correctas, y opten por prácticas que sólo llevan a la destrucción socioeconómica a futuro.

Más allá de uno mismo, está todo nuestro entorno, y ahí habrá a buen seguro padecimientos, sufrimientos extremos, fallecimientos, platos vacíos, bebés llorando sin pediatra, desempleados sin futuro, lloros desconsolados sin esperanza, noches de desesperación en vela, etc. etc. etc. Sí, para la práctica totalidad de los ciudadanos, incluidos múltiples familiares y amigos de los políticos, todo eso es lo que trae esa destrucción socioeconómica a la que ya han asistido en otros países, y evitarla sólo está en última instancia en su mano. Igual que el sabio Aristóteles establecía lo vital de la ética para la política ya hace más de 2300 años, establecemos ahora aquí (salvando las distancias con uno de los grandes de la filosofía) lo esencial de la buena gestión para la pandemia. Y lo hacemos además constructivamente para que se aplique de ahora en adelante, con lo que ya ganaríamos mucho.

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¿Qué mensaje nos habrá tocado en España al levantar la tapa del yogur? Aquí no vale el “sigue buscando”, más que nada porque no lo hay en un futuro pandémico que no admite ningún tipo de “patada hacia adelante” de esas que tanto les privan a nuestros políticos. Inevitablemente, nuestro mundo se está ya dividiendo entre (relativos) ganadores y (grandes) perdedores; o más bien entre tremendamente afortunados con buenos gestores, y eternos sufridores. Estén ojo vírico avizor, porque cada país deberá juzgar por si mismo su propia realidad nacional tan sólo dentro de unos pocos meses. Y mucho me temo que, como siempre en esa economía tan real, la única “prueba del algodón que no engaña" será juzgar la realidad de la calle, si conservamos tres comidas al día, y si podemos satisfacer todas nuestras necesidades socioeconómicas y hacerlo comparando con el antes de la pandemia. Cada cual que ponga su granito de arena en la balanza, y el plato que más pese hará que nos inclinemos, bien hacia el progreso, bien hacia el abismo.

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