En los últimos meses, la gran noticia económica parecía ser que la inflación por fin se había calmado. España entró en 2026 con los precios creciendo menos que en los peores momentos de la crisis inflacionaria, pero también con los hogares sin recuperar el poder adquisitivo que habían perdido por el camino.
Ese ajuste, del que hemos hablado en el medio (explicando que la inflación moderada sigue sin compensar sueldos) se ha vuelto a interrumpir… con un nuevo riesgo. Esta semanas, la guerra en Irán amenaza con encarecer otra vez la energía y devolver presión al bolsillo de las familias.
La inflación se había frenado
Ese es el verdadero punto de partida. Según apunta El País, el IPC de enero de 2026 estaba 18,4 puntos por encima del de enero de 2021. La inflación subyacente acumulaba un aumento parecido.
Mientras tanto, los salarios avanzaron, pero no lo suficiente como para compensar por completo ese salto de precios: entre enero de 2021 y enero de 2024 crecieron un 12,3%, a lo que luego se sumó la subida salarial pactada en convenio en 2025.
El resultado es bastante claro: la inflación se moderó, pero la pérdida acumulada de poder adquisitivo no ha desaparecido.
Además, el problema no afecta por igual a todos los sectores (como es lógico), pero sí que presiona notablemente aquellos más básicos, como la comida, que pesa más que antes, la energía, que sigue siendo un foco de vulnerabilidad, y la vivienda. Así, muchos hogares son, hoy, más sensibles a cualquier nuevo repunte de precios que hace cuatro o cinco años.
El nuevo susto vuelve a entrar por la energía
La guerra con Irán reabre, en concreto, la puerta del coste energético, como ya ocurrió en Ucrania, impulsando el petróleo por encima de los 119 dólares por barril y ha devuelto a los mercados el miedo a un repunte inflacionario en Europa. Los analistas citados por la agencia advierten de que, si los precios energéticos se mantienen altos, el impacto podría añadir hasta un punto porcentual a la inflación en economías como la eurozona.
Ese temor no es solo financiero. Europa sigue siendo especialmente vulnerable a los shocks energéticos, y España, aunque haya reducido parte de su exposición en comparación con crisis anteriores, no está blindada frente a un encarecimiento del petróleo, del gas o del transporte.
En paralelo, el empeoramiento del clima económico (es decir, la confianza inversora de la eurozona) afectará sobre la energía, suministros y expectativas de crecimiento.
No se espera otro 2022, por ahora
Frente a la guerra rusa en Ucrania, el contexto de partida es distinto y la inflación venía claramente más moderada. De hecho, Eurostat situó la inflación de la eurozona en el 1,7 % en enero de 2026, y su estimación preliminar de febrero la colocó en el 1,9 %: el shock llega en un entorno de desinflación, no de precios ya completamente desbocados.
Sin embargo, esto no significa que el impacto vaya a ser pequeño, sino más bien que se espera un repunte más limitado, pero que puede afectar profundamente a las economías domésticas que no se han recuperado.
La nota especial de Funcas sobre el conflicto en Irán y la economía española es bastante útil para sostener esa idea. El centro de estudios calcula que, si el encarecimiento energético persiste durante unos meses, el IPC español podría situarse ligeramente por encima del 3 % hacia el verano, antes de moderarse más adelante.
En pocas palabras, no sería un aumento de la inflación como la de 2022, pero sí un golpe suficientemente relevante como para volver a erosionar renta real y enfriar algo el crecimiento.
Peligro: la cesta básica
El gran problema es que este nuevo susto no cae sobre un terreno neutral. Los alimentos acumulan años de subidas: repostar o pagar suministros sigue pesando mucho más que antes y la vivienda se ha convertido en uno de los principales agujeros de renta para una parte creciente de la población.
Entre 2021 y 2026, los alimentos se han encarecido un 26,8%, con repuntes todavía mayores en algunos productos básicos. De este modo, aquellas personas que ya dedicaban una parte alta de sus ingresos a gastos esenciales son todavía más vulnerables que antes.
Cuando la inflación golpea de nuevo por la energía, no se queda en la gasolina o en la factura: acaba filtrándose también al transporte, a los costes empresariales y, con el tiempo, a la cesta de la compra.
En resumen, esa es la diferencia entre un repunte de precios en una economía saneada y un repunte en una economía doméstica ya fatigada. Por eso, la clave del debate no está solo en si la inflación vuelve al 3 % o en cuánto tiempo dura el shock energético, sino en que España encara este episodio con una parte de sus familias todavía más pobres, en términos reales, que antes de la gran sacudida inflacionaria de 2021 y 2022.
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