En enero, SpaceX, la compañía aeroespacial estadounidense fundada por Elon Musk en 2002, presentó ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos una solicitud que parecía sacada de una novela de ciencia ficción.
Incluso para los más escépticos podría parecer una extravagante idea más de su controvertido fundador: el poder desplegar hasta un millón de centros de datos en órbita terrestre.
Pero no, esta vez, esta idea algo “marciana” responde a una necesidad creciente que nos afecta prácticamente a todos. Y es que, el desarrollo sin fin de la inteligencia artificial está disparando tanto el consumo energético como un recurso tan vital como es el agua, indispensable para refrigerar los servidores y que estos funcionen correctamente.
Pero entonces, ¿cómo ayudaría llevar tantos centros de datos al espacio? SpaceX lo tiene claro. Se podría aprovechar la energía solar, constante e inabarcable, y a su vez depender menos de las infraestructuras ubicadas en diferentes puntos del planeta. Esto ayudaría a que la IA continúe utilizándose cada vez más y también, como no, evolucionando.
Aunque ojo, esta ventaja es relativa. La ausencia de aire implica que la disipación térmica no puede realizarse mediante convección, como ocurre en la Tierra, sino únicamente por radiación, un proceso mucho menos eficiente.
En definitiva, todo esto es una tarea titánica. Sobre todo, porque hay una serie de obstáculos tecnológicos difícilmente superables… o no.
Ya ha habido algunos en órbita
En los últimos meses, grandes compañías tecnológicas ya han puesto sobre la mesa una cuestión hasta hace poco tiempo impensable: que la computación orbital puede ser una alternativa a largo plazo.
De hecho, el fundador de Amazon Jeff Bezos ya anticipó que el futuro de la infraestructura digital podría desplazarse fuera del planeta. Mientras que Google trabaja en el desarrollo de satélites capaces de procesar datos directamente en el espacio.
El avance más concreto llegó en noviembre, cuando la startup estadounidense Starcloud lanzó un satélite equipado con una GPU Nvidia H100, uno de los chips más avanzados del mercado.
Fue realmente la primera prueba real de computación de alto rendimiento en órbita. El objetivo de la empresa es escalar este modelo y alcanzar centros de datos espaciales comparables a los terrestres antes de 2030.
El reto de disipar el calor en el vacío
La gestión térmica es uno de los principales obstáculos. En una órbita constantemente iluminada, los equipos no solo generan calor por su actividad, sino que también absorben radiación solar de forma continua. Esto puede elevar la temperatura de los sistemas por encima de los 80 grados, un nivel que es a todas luces incompatible con un funcionamiento estable a largo plazo.
Para resolverlo, es necesario recurrir a grandes superficies radiativas capaces de expulsar el calor al espacio. Pero claro, esto implica aumentar el tamaño de los satélites y complica tanto su diseño como su lanzamiento.
Y es que, aunque existen tecnologías basadas en circuitos de refrigeración y radiadores externos, su aplicación a gran escala sigue siendo limitada.
Radiación espacial y degradación de los sistemas
Otro desafío crítico es la exposición a la radiación. Fuera de la atmósfera terrestre, los dispositivos electrónicos están sometidos a partículas de alta energía que pueden alterar de forma crítica su funcionamiento.
¿Y qué puede ocurrir? errores en los datos, degradación progresiva de los componentes y, en algunos casos, daños irreversibles en los chips. Esto no ocurre en la Tierra, donde la magnetosfera actúa como escudo natural. En órbita la protección es mucho menor.
En declaraciones recogidas por el portal especializado en tecnología MIT Technology Review, Chen Su, responsable de marketing de IA en el edge de Nvidia, argumenta que “los sistemas Nvidia son inherentemente comerciales listos para usar, con resiliencia a la radiación lograda a nivel de sistema”.
Pero aun así, la protección no depende solo del hardware. Sino también de software de detección de errores y sistemas de blindaje adicionales.
Mantenimiento, fallos y vida útil en órbita
La operativa de estos centros plantea otro problema relevante: ¿cómo llevar a cabo el tan importante mantenimiento? A diferencia de los centros terrestres, donde las intervenciones son constantes, en el espacio cualquier reparación es compleja y costosa.
Los sistemas deben diseñarse con altos niveles de redundancia, capacidad de reconfiguración y componentes de respaldo. Incluso así, el riesgo de fallos críticos sigue siendo elevado, especialmente durante episodios de actividad solar intensa, capaces de dañar completamente la electrónica.
Además, la sustitución de equipos plantea dudas logísticas y económicas. El envío de robots o misiones tripuladas para mantenimiento a gran escala no es viable en el corto plazo.
Saturación orbital y riesgo de colisiones
El despliegue masivo de infraestructuras también tiene implicaciones para la sostenibilidad espacial. La órbita terrestre baja ya está densamente poblada, con miles de satélites en funcionamiento.
El aumento del tráfico incrementa el riesgo de colisiones, que pueden generar fragmentos peligrosos y desencadenar un efecto en cadena. Según expertos citados por el artículo de MIT Technology Review, existe un límite físico al número de satélites que pueden operar de forma segura en determinadas órbitas.
A esto se suma el problema de las reentradas. La renovación constante de satélites podría aumentar significativamente la cantidad de residuos que regresan a la atmósfera, con posibles efectos sobre la capa de ozono y el equilibrio térmico del planeta.
¿Cómo montar los centros de datos?
El último gran obstáculo es el despliegue físico de estas infraestructuras. SpaceX confía en su cohete Starship, capaz de transportar cargas mucho mayores que el Falcon 9, para reducir el coste por lanzamiento.
Sin embargo, incluso con esta tecnología, un centro de datos orbital de gran tamaño no puede enviarse en una sola pieza. Será necesario ensamblarlo en órbita, lo que requiere sistemas robóticos avanzados que todavía están en fase experimental.
La realidad parece indicar que, a corto plazo, la única solución será optar por soluciones más modestas e ir escalando. Parece que no queda otra.
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