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Burj Dubai, ¿la Babilonia del siglo XXI?

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Cada época tiene sus símbolos, y la nuestra, atiborrada de consumismo excesivo, desaforado e hiperbólico, no puede quedar al margen. La inauguración del Burj Dubai, el edificio más alto del mundo a partir de hoy, es el más claro testimonio de una época que quiso traspasar todo límite, incluyendo los propios límites de la arquitectura. En todo caso, no será en vano: sus 160 pisos y sus 828 metros de altura serán el faro que mostrarán el auténtico despilfarro de una era plena de vacío que sucumbió atrapada en el endeudamiento de un consumo sin freno.

A pocas semanas que el Emirato solicitara una prórroga de seis meses en el pago de una de sus cuotas por 4 mil millones de dólares (la deuda de Dubai supera los 100.000 millones de dólares), abrió las puertas el edificio más lujoso del mundo ideado en pleno boom de la burbuja inmobiliaria, justo el día en que el Sheikh Mohammed, celebra el cuarto aniversario de su mandato. Mohammed también fue subyugado por la locura adrenalínica de los rascacielos. Todo comenzó el año 2004, cuando a razón de 3 pisos diarios en algunas etapas, la constructura de Chicago SOM (Skidmore, Owings, Merrill), la surcoreana SEC (Samsung Engineering Construction), el grupo belga Besix junto a la emiratí Arabtec, emplearon a 12.000 trabajadores en su gran mayoría provenientes de la India y Pakistán, para encumbrar al cielo la moderna mole de asfalto y acero. Era la época dorada de la industria inmobiliaria, y que en Dubai batía todos los records, con 30.000 grúas (la cuarta parte del total mundial) levantó cientos de castillos en la arena, e islas artificiales y con canchas de sky en el desierto.

En su apogeo, los departamentos del Burj se vendían a 18.000 dólares el metro cuadrado (3 millones de dólares en promedio), pero hoy no superan los 5.000 dólares el metro cuadrado. Así de fuerte ha sido el desplome de esta ciudad cosmopolita que quiso convertirse en el centro del mundo, con un hotel Armani con estrellas para iluminar a toda la galaxia. Y así de lento también será el retorno de los 2.000 millones de dólares invertidos en esa mole que devoró 250.000 toneladas de hormigón, 32.000 toneladas de acero y 10 mil toneladas de vidrio.

El gigantesco obelisco se aprecia a 50 kilómetros de distancia y entre sus artilugios técnicos figuran los ascesores dobles que se desplazan a 9 metros por segundo y el reciclaje del agua, que permitirá reutilizar los 55 millones de litros de agua condensada que producirá anualmente el sistema de aire acondicionado, para el riego de las once hectáreas de parques que rodean el edificio. El color verde resultará muy apropiado para camuflar la infinita soledad de una torre de Babel ejemplificadora de los afanes de un consumismo ilimitado. A fin de cuentas, será el gran símbolo de una época.

En El Blog Salmón | El esquema ponzi que atrapó a Dubai, La locura adrenalínica de las burbujas financieras

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