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La exuberancia irracional del mercado

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En 1995 se le otorgó el premio Nobel de Economía a Robert Lucas por desarrollar y aplicar la hipótesis de las expectativas racionales. Siguiendo la corriente de la escuela de Chicago en la cual los mercados se regulan automáticamente, la tesis de Lucas desmentía la propuesta keynesiana según la cual las expectativas son un factor exógeno generado por mecanismos que están fuera del funcionamiento económico. Los keynesianos aseguraban que las expectativas eran adaptativas y cambiantes según la psicología del entorno. De ahí que aseguraran que había que estar alerta.

Sin embargo, desde mediados de los 70, los economistas de Chicago comenzaron a culpar a estas expectativas adaptativas del incremento de los precios dado que incorporaban el error de la inflación pasada. Si la inflación era del 10% no había por qué esperar que bajara en el futuro por tanto los reajustes salariales partían desde ese piso. Los racionalistas negaron que los errores de los agentes fueran sistemáticos, como pregonaban los keynesianos, sino más bien aleatorios, lo que permitía que en el promedio se anularan. Para ello, había que abandonar el lastre de la información pasada y sólo pensar en la información futura. Como una ironía del destino, el mismo año que Lucas ganó el Nobel se dió inicio a la mayor de las burbujas de la historia: las acciones comenzaron a subir y de tanto pensar en el futuro nadie miró los precios pasados. Así fue como el Dow Jones escaló desde los 2.000 a los 14.500 puntos en poco más de una década.

Pero un economista de Yale estaba atento a estas variaciones de precios. En marzo del año 2000 y poco antes que la burbuja tecnológica tuviera su, ahora, leve pinchazo, publicaba su libro Irrational Exuberance, Exuberancia Irracional. En él, Robert Shiller expresaba:

"El boom del precio de la vivienda que está teniendo lugar en grandes áreas de Estados Unidos y del mundo no tiene ninguna base en los fundamentos reales de la economía"

Shiller argumentaba que los precios se había disparado como una burbuja desde mediados de los años 90 mientras el crecimiento de la población había sido constante y gradual. Y dado que la madera, hormigón, acero y mano de obra es la materia prima de las casas, su demanda había aumentado y los precios se reproducían al alza. La ley de la oferta y la demanda es muy clara en este aspecto. Shiller detectó que los altos costos de la construcción no eran acordes a las tendencias de largo plazo.

Este autor se adelantó varios años al estallido de la burbuja inmobiliaria y el éxito de su libro dió inicio al índice Shiller, que hoy sirve de referencia a todas las evaluadoras hipotecarias. Este auténtico gurú conocido como detector de burbujas tiene una buena respuesta para encarar el origen del problema:

"En los años 60 y 70 no había un espíritu de tanta especulación, las personas vivían en una economía menos capitalista y no eran cebados para creer que su bienestar dependía de la propiedad. Todo eso cambió en los 90. Y eso ha sido muy peligroso".

Los precios de las propiedades se han desplomado un 50% en los Estados Unidos. Muchos de los deudores tienen una deuda hipotecaria que es el doble del valor actual de la propiedad. ¿Qué sentido tiene pagar?, se preguntan muchos. Alguien debe resolver este grave problema. Por algo Nouriel Roubini ha asegurado que los índices bursátiles pueden caer, un 20% a 30% en los próximos dos años. Y por eso también el Fondo Monetario Internacional está encargándose de inyectar gigantescas cantidades de liquidez (anoche ofreció 100 mil millones de dólares) a los países que se vean maltratados por la crisis. Es la única manera de evitar que la recesión se transforme en depresión y los expertos en depresiones y crisis lo saben. El error de Greenspan está saliendo caro. Y la tesis de las expectativas racionales, también.

Imagen | tsc traveler

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