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El cerebro es un órgano muy sensible. Apenas tocas, rozas, un recuerdo, y enseguida salen en tromba multitud de historias, de pasajes, que creías olvidadas. Pues algo así me ha pasado con el post de ayer sobre las entrevistas de trabajo. Fue ver al bueno de Spud sentado ante sus entrevistadores y pasar por delante de mis ojos las múltiples entrevistas que he tenido.

Hoy quiero compartir con vosotros una entrevista especialmente significativa. Fue la primera con éxito. Y sin embargo he de reconocer que me acompaño la suerte. La suerte y quizás el entorno. A continuación la comento por si a algún neófito, a algún recién llegado a la carrera por un empleo, le puede ser de utilidad.

Entrevista en una región distinta a la de domicilio, para una gran empresa en un puesto comercial de nueva creación. Una pasada de kilómetros ida y vuelta, en coche y sin remunerar. Previo filtro vía curriculum de candidatos mayormente sin experiencia, o al menos sin experiencia reseñable. Dinámica de grupo, de la que hablaré en otro post. Despido con un ya os llamaremos y vuelta para casa. Nada más llegar, llamada al canto citándome para una entrevista con el psicólogo al día siguiente. Otra paliza ida y vuelta que me esperaba.

Llego a la entrevista ciertamente optimista. Buen currículum académico, buena sensación en la dinámica y llamada rápida. Esto esta chupado. Pero ay, que el tío aquel se pone a meterme el dedo en el ojo. Un yo no te veo, se enlazaba con un a mi no me parece, para dar paso a un apenas tienes experiencia, todo ello enmarcado en gestos de desaprobación y hastío. Dentro de mi latía un cabreo de la leche. Todo eso ya lo sabían antes de haberme citado, como sabían donde vivía y el esfuerzo que me suponía el desplazarme. ¿A cuento de que volver a citarme para decirme que no valía? He de reconocer que en mi latía un sentimiento de mala uva. Tuve que respirar con tranqulidad para rebatir con educación y firmeza cada objeción. Tuve que morderme los labios más de una vez. Y en una de esas lo vi claro.

Me estaba testando. El trabajo era un trabajo comercial y en el fondo me estaba poniendo a prueba como vendedor. Además lo hacía generándome frustración, lastimando mi ego. Quería conocer mi resistencia, sin estallar, a la presión que se ha de soportar en ese mundo. A partir de ahí lo tuve claro. Si no hubiesen visto algo en mi no me hubiesen llamado. Si no hubiesen creído que tenía algo noe starían conmigo perdiendo el tiempo (luego descubrí que no siempre se funciona así). A partir de ese momento la entrevista fue como la seda. El presionando y yo una sonrisa en los labios. Puro tenis, uno sacando y el otro restando.

Dos años después, coincidí con él en una reunión de la empresa. Entre café y café, le dije si seguían usando esas estrategias. Se sonrió y lo reconoció. Dijo que, en ocasiones, el generar ese estado de ansiedad, de presión, hace que salga el verdadero perfil, la verdadera forma de ser de alguien. En resumen, que se pierdan un poco los papeles y que se deje de actuar. O que se se actúe mejor, añadiría yo.

Conclusión: aunque para muchos es obvio, muchas de las preguntas que te hagan en una entrevista no tienen como fin obtener una respuesta, tanto como comprobar qué estado de ánimo generan en ti, cómo se revela tu verdadero yo en situaciones limite.

En El Blog Salmón | Cómo salir airoso de cinco objeciones en una entrevista de trabajo

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