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Érase una vez un director de banco...

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Desde los años 90, momento en el que la banca personal y el apoyo de la palabra de cliente-banquero se pisoteó por la entrada a caballo en las nuevas tecnologías, los criterios de scoring, las decisiones de un software que evalúa si yo soy capaz de pagar un préstamo o no, o si merezco un diferencial superior en los tipos de interés de un depósito en función de la vinculación mía con la entidad financiera, la historia de los directores de banco, (o agentes comerciales de dinero hablando con propiedad) ha cambiado sustancialmente.

Érase un director de banco que tenía establecido un salario fijo con una parte en incentivos retribuida en base a unos hipotéticos beneficios de venta. Este director es el rey de su cartera de clientes, controlando a golpe de ratón la capacidad económica de los individuos y su poder de ahorro y gasto. Tiene tu conocimiento y tiene tu poder, hasta el punto que sabe a qué establecimientos te gusta ir a cenar, sabe cuánto pagas de teléfono, sabe qué coche tienes, sabe si eres un cornudo o si compras Viagra por internet. Es casi como un cura o sacerdote de cualquier religión, con la salvedad que su ética se sustenta en un bonus por objetivos y en unos incentivos por venta con el logo del euro en el fondo. Valores que se traducen en euros, ahí está la clave, es sólo dinero y no es nada personal, sólo venta.

¿Qué vende este angelito? Lo que sea, lo que le marquen las directrices y a todos aquellos que él sabe que van a picar como incautos, porque la secta financiera a la que él pertenece tiene una reglas comerciales específicas, idénticas para todos. No hay trampa ni cartón cuando la hipotética competencia se comporta de manera análoga y tampoco tiene que saber qué vende. Curioso, criticamos fuertemente a un comercial pesado o al que toma referencias previas pero en la banca todo es normal.

Los incautos clientes están a su merced, desnudos de secretos y limpios y puros en conocimientos económicos y financieros. El director tiene las mejores herramientas para no equivocarse y te conoce mejor de lo que piensas ¿Eres cliente de Movistar por ejemplo? Mejor, dado que quieres calidez en el servicio y estás dispuesto a palmar más dinero que otro cualquiera ¿llevas con el mismo seguro de coche 20 años? Eres un descuidado y ni siquiera te preocupa lo que pagas ¿No has tenido problemas nunca con la aseguradora? Quizá no hayas tenido nunca un siniestro. O mejor aún ¿pensionista con pasta? Sin problema, todas las vajillas, cuberterias y colchas del banco son para tí por un irrisorio porcentaje de interés en especie, por el bien del ajuar de tus nietos o para que ayudes a tu hijo a independizarse. El recurso moral de la necesidad es latente y cómo no, tú vas a picar, al igual que pican unos 20 millones de personas cada día.

¿Para qué quiere tu dinero? Para venderlo, para conseguir más dinero y para que la rueda no pare de girar. Porque le acaban de llegar una pareja de tortolitos con dos contratos temporales que se van a casar porque el churumbel viene en camino y NECESITAN comprar una vivienda. La extinta clase media de bien que tienen su origen en el pueblo, pasaron del carro tirado con mulos a un seiscientos sin darse ni siquiera cuenta y que le han inculcado que la vivienda en alquiler es nociva, desprestigia, resta ostentanción y esplendor. Se crea la necesidad, la utopía de la permanencia, la estabilidad y la asociación de hogar = vivienda en propiedad. Vivir de alquiler o no tener dos o tres VISAS en la cartera es de desharrapados, gente sin futuro y sin perspectivas de realización personal.

Y los que mandan en el banco lo saben, le interesa que estos valores consumistas no decaigan y los potencian todo lo que pueden porque tienen la mala costumbre de gustarle el dinero, de ganar más y conseguir más a costa de la ceguera de la masa social, la anestesia del circo actual y las nóminas vinculadas con la F1 o con los goles de Cristiano Ronaldo. No hay freno, hay consumo, hay dinero y la gran mayoría no toma decisiones racionales en su gasto o ahorro, se guía por impulsos, por la corriente mayoritaria y son el cebo perfecto para que la maquinaria no deje de engrasar.

Ahí entras en juego tú, tu vecino, el vecino del vecino y el rol que cada uno se ha asignado dentro de la sociedad que conformamos. Hoy en día, no podemos vivir sin entidades financieras, al igual que no podríamos vivir sin luz o sin agua corriente. Y no podemos prescindir de ello en ningún momento pero debemos tener claro que hay que frenar la ambición de los que nos rodean. Hoy en día, muchos culpáis al sistema financiero de la crisis actual, a los neoliberales, al la sociedad de consumo o a la falta de regulación. Por supuesto que tiene su culpa, pero aquí pasa como en los divorcios, esto no funciona por culpa de dos. Les hemos hecho el juego sucio y ahora, la máquina se ha parado.

La responsabilidad es de todos, cada uno con parte de culpa y cada uno con mayores ambiciones. Yo tengo ambición por ganar 5.000 euros al día, el ejecutivo del banco o el accionista quiere ganar 500.000 euros, al igual que el político quiere también su parte del pastel gestionando todos los recursos públicos que pueda detraer de la sociedad para ostentar el poder, a costa del dinero de terceros y si para ello tiene que enarbolar unas teorías socialistas, marxistas o neoliberales, esas cogerá porque para el político, el fin justifica los medios y el suyo es el poder y el subidón de adrenalina que le provoca dictar leyes a sus súbditos.

Tal y como vemos, la ambición no tiene límites y pasa como el chiste de la prostitución:

- ¿Usted se acostaría conmigo por 1 millón de euros?
– Mmmm, me lo tendría que pensar…
– Y ¿por 50 euros?
– Pero oiga ¿por quién me toma?
– No, no si eso ya ha quedado claro en la primera pregunta…

En El Blog Salmón | Los valores y la economía, La perversión ambiciosa de la socialdemocracia ¿realmente queremos este Estado?, Érase una vez el gasto público
Imagen | Nando Quintana

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