Cuando se habla de I+D+I (Investigación, Desarrollo e Innovación), enseguida nos colocamos una bata blanca en la cabeza. Esa Santísima Trinidad, que todo el mundo invoca como la solución a la crisis, como catalizadora de un salto en la productividad empresarial, y por ende, como una garantía de competitividad, esta asociada a la Ciencia y Tecnología. Y si apuramos más, a la búsqueda de nuevos inventos, de nuevas soluciones técnicas a grandes problemas, etc. Todo ello huele a laboratorio, a centro tecnológico…
Esta claro que me parece algo necesario, imprescindible, diría yo. Sobre todo si se logra que el esfuerzo parta de las propias empresas, de la propia sociedad civil, y si se evita que se acabe convirtiendo en la v. 2.0 de la teta pública (la v. 1.0 es la Formación Continua), el maná publico para determinadas organizaciones empresariales, para hábiles supervivientes de la moqueta y el pasilleo. Nada que objetar, por tanto, a que las empresas interioricen esta concepción del I+D+I (aunque en un próximo post haré algunos matices más). Pero creo que no basta, que es necesario algo más.
No se si poder calificarla como I+D+I complementaria o alternativa. Pero sin duda, ese algo existe, y nos jugamos una buena parte de nuestras opciones competitivas en interiorizar su necesidad, en sistematizar sla producción de la misma. ¿De qué hablo?


Decía hace un par de días mi compañero Onésimo que 

El científico español