
Durante los últimos veinte años, y especialmente, en el lustro comprendido entre los años 2002 y 2007, tras la crisis motivada como consecuencia del estallido de la burbuja de las empresas conocidas como “.com”, grandes y pequeños ahorradores veían en los mercados financieros una vía para obtener ganancias de carácter recurrente, ignorando el riesgo de iliquidez en un paradigma socio-económico en el que los activos multiplicaban su valor, y era inpensable que su precio bajase. En un entorno de evolución de precios positiva, facilidad de acceso a la financiación y con una tasa de paro cercana a lo que se denomina técnicamente como “pleno empleo”. Era imposible pensar que el cambio de ciclo estuviese cercano.
Todo fue bien hasta el verano del año 2007, hasta entonces, la inversión mediante productos financieros complejos, proporcionaba apetitosas ganancias, a los que inversores de distintas tipologías, que invertían con el aval de que dichos instrumentos (Fondos de Inversión, Sociedades de Inversión de Capital Variable (SICAV), Hedge Funds, opciones, titulizaciones, etcétera) alcanzaron en los años previos incrementos de precios en algunos casos superiores al cien por cien. Todo esto auspiciado en un entorno económico de “excesiva confianza” llevaba a apalancarse, y a olvidarse de la importancia de la liquidez en las inversiones tan valorada en épocas pasadas. ¿Por qué valorar la liquidez?