Alan Donegan dejó de trabajar a los 40 años y su mujer, Katie, a los 35. Según relataron a la BBC, esta pareja del sur de Inglaterra se llevó durante una década el almuerzo de casa al trabajo, y solo con esa costumbre calculan que ahorraron 40.000 libras (unos 47.000 euros). "No era sufrimiento, era estrategia", resume él, que trabajó como jardinero antes de montar un negocio de formación; ella era actuaria (evaluadora de riesgos, en la jerga) en una empresa financiera.
El táper era la punta del iceberg de una frugalidad casi deportiva. Los Donegan no encendían la calefacción en invierno (tiraban de capas de ropa y bolsas de agua caliente), apenas pedían comida a domicilio, cargaban el móvil fuera de casa y hasta reaprovechaban cupones de descuento que otros tiraban. "Puedes decidir si es una locura o una genialidad, pero funcionó", zanja Alan. "Cada libra que invertíamos era un paso más cerca de la vida que queríamos", añade Katie. Cuando la bola de nieve alcanzó el millón de libras invertido, dejaron de trabajar.
La pareja es la cara amable de un fenómeno con siglas propias: el movimiento FIRE (Financial Independence, Retire Early: independencia financiera y jubilación temprana). Lo que hace quince años era una rareza de foros reúne hoy a casi un millón de miembros solo en el tablón principal de Reddit, y bancos y gestoras se han lanzado a publicar guías al respecto. La idea es fácil de enunciar y durísima de ejecutar: vivir muy por debajo de las posibilidades durante los años de trabajo para dejar de depender de una nómina cuanto antes. El calendario real, eso sí, va por otro lado: en Reino Unido la edad media de jubilación rondó el año pasado los 65,8 años en los hombres y los 64,7 en las mujeres.
Ya en el propio reportaje asomaban las cautelas. Sarah Coles, responsable de finanzas personales de la plataforma de inversión AJ Bell, advertía de que la filosofía FIRE es cada vez más difícil de sostener y de que "un camino equilibrado" hacia la jubilación "tiene que ser más matizado y realista".
No fue el sándwich
Aquí es donde la historia se retuerce. Incómodos con el foco puesto en el táper, los propios Donegan salieron a corregir a la BBC en su blog: "Los almuerzos ayudaron. No hicieron el trabajo pesado". El verdadero motor de su jubilación, explican, no fue apretarse el cinturón, sino un sistema bastante menos fotogénico: subir los ingresos de forma deliberada (llegaron a ganar seis cifras entre los dos), contener el gasto mientras la nómina crecía, invertir la diferencia y dejar que el interés compuesto trabajara durante años. "Hay un suelo para recortar gastos; no hay techo para aumentar ingresos", sentencian. En letra pequeña reconocen además tres atajos que no salen en la foto: no tienen hijos, arrancaron con pisos de inversión y vendieron su vivienda una vez alcanzada la independencia.
El número mágico
Detrás del relato hay una aritmética muy concreta, la llamada regla del 4%. Salida del Trinity Study y de los cálculos del asesor estadounidense William Bengen, sostiene que uno puede retirar un 4% de su cartera el primer año, ajustarlo luego por inflación, y no agotarla en tres décadas. Puesta del revés, arroja el famoso "número mágico": 25 veces el gasto anual. Quien gaste 30.000 euros al año necesitaría reunir 750.000 para vivir de las rentas, y el millón de libras de los Donegan cuadra con el guion para un gasto en torno a esas 40.000 libras al año.
El problema es que ni esa regla es sagrada. El propio Bengen lleva años reescribiéndola: del 4% de 1994 pasó al 4,5% en 2006 y su investigación más reciente eleva ese suelo (el llamado SAFEMAX, la tasa que habría sobrevivido incluso al peor momento para jubilarse) hasta el 4,7%, con retiradas de entre el 5,25% y el 5,5% en condiciones normales, según sus últimos cálculos. En el extremo opuesto, para horizontes de cuarenta o cincuenta años por delante, no faltan analistas que aconsejan bajar al 3-3,5% por prudencia, como recordamos desde El Blog Salmón. Esa cautela tiene nombre técnico: el riesgo de secuencia de rendimientos, esto es, que un mercado bajista en los primeros años de jubilación (cuando la cartera todavía está entera) hace mucho más daño que el mismo batacazo al final. Un par de puntos arriba o abajo en ese porcentaje mueven por cientos de miles de euros el capital que hace falta acumular.
Aquí las cuentas no salen igual
Trasladar la ecuación a España es donde el relato inspirador choca con la calculadora. La independencia financiera exige ahorrar entre el 50% y el 70% del sueldo; los hogares españoles ahorraron el 11,3% de su renta disponible en el primer trimestre de 2026, el nivel más bajo desde 2023, según el INE. El cuello de botella, como reconoce el propio caso británico, no está en el táper ni en la calefacción apagada, sino en el numerador: sin unos ingresos altos de partida, por mucho que se recorte, lo que queda para invertir es una miseria.
De ahí que el vehículo preferido del movimiento sean los fondos indexados (fondos que replican un índice bursátil a muy bajo coste), la vía por la que un ahorrador sin grandes conocimientos técnicos pone a trabajar esa diferencia con comisiones mínimas y, sobre todo, con la ventaja de poder traspasar de un fondo a otro sin pasar por Hacienda. El plan de pensiones, la alternativa clásica, juega con otras reglas: es un cajón que hasta hace nada no tenía llave (solo desde 2025 pueden rescatarse las aportaciones con más de diez años de antigüedad) y, cuando se abre, el dinero sale tributando como rendimiento del trabajo, al tipo marginal del IRPF, según recoge el Consejo General de Gestores Administrativos.
Imagen: The Donegans
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