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La Neurociencia entra en su siguiente nivel: llega el Neurocapitalismo. Y sí, entraña sus (grandes) riesgos

La Neurociencia entra en su siguiente nivel: llega el Neurocapitalismo. Y sí, entraña sus (grandes) riesgos
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Es un hecho que el capitalismo más sostenible debería ser un modelo en permanente evolución, para así poder adaptarse forma contínua a un futuro siempre cambiante.

De la misma manera, la Neurociencia también está actualmente en contínua evolución, pero en este caso las causas es porque es un nuevo y fascinante campo científico en el que se desconoce infinitamente más de lo que se sabe, motivo por el que, cada cierto tiempo, asistimos a un replanteamiento radical de sus premisas más fundamentales.

Y finalmente, de la combinación capitalismo y neurociencia, surge el que posiblemente vaya a ser nuestro sistema socioeconómico del futuro: el Neurocapitalismo. Un futuro que ya es en parte presente, y al cual urge que empecemos a darle forma para que no acabe siendo el Salvaje Neuroeste.

La Neurociencia: ese campo de investigación más profundo que una fosa abisal

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Desde luego, el tema del Neurocapitalismo es apasionante donde los haya, especialmente para un autor como el que suscribe, que les escribe recurrentemente sobre socioeconomía, sobre tecnología, y que además tiene un artículo de investigación publicado sobre Neurociencia. Personalmente, no podría encontrar un tema que combine mejor tres de mis pasiones como son las anteriores.

Pero lo cierto es que hemos de afrontar este tema con la debida modestia, porque más allá de autores modestos, entre los que he de incluirme, en el mundo de la Neurociencia hay auténticos "cracks" españoles que han logrando gran relevancia a nivel mundial, y que un servidor sigue con admiración desde que iniciaran su andadura hace ya algunos años. Una de esas grandes mentes brillantes de primera línea es el neurocientífico español Rafael Yuste.

Sigo la carrera y el trabajo de esta estrella de la ciencia y la técnica desde que fuera nombrado responsable del macro-proyecto Brain Activity Map Project (BAM) allá por 2013, que ha venido combinando con sus responsabilidades como catedrático de la Universidad de Columbia (EEUU). Este ambicioso proyecto fue calificado en su momento por los medios especializados como el proyecto de Neurociencia más ambicioso e importante de la Historia, y pretendía principalmente mapear por primera vez la actividad de todos los circuitos neuronales de un cerebro humano. En él se involucraron diversas agencias y organismos federales estadounidenses, entre ellos, y muy significativamente, el propio Departamento de Defensa de Estados Unidos (DARPA).

Europa tampoco quiso quedarse atrás en la carrera por conquistar el cerebro humano, e igualmente lanzó un ambicioso proyecto milmillonario que denominó Human Brain Project (HBP), encabezado por el no menos relevante Henry Markram, y que mayormente competía en objetivos últimos y campo de batalla con el citado BAM de EEUU, que fue uno de los proyectos estrella de la administración Obama. Por la parte Europea, el HBP resultó ser una apuesta decidida que tuvo su continuidad, evolucionando hacia los mismísimos objetivos Horizonte 2020 de la Comisión Europea que definen las prioridades máximas de Bruselas, e incluso entrando en los famosos proyectos CORDIS de innovación "made in Europe", con la consiguiente nueva vía de financiación posterior que ello supuso.

El hecho es que los resultados de ambos proyectos, a pesar de la continuidad que han tenido hasta 2020 y de las apuestas decididas que respaldaban estas iniciativas, han dejado ciertamente un sabor bastante agridulce. Por la parte más agria ha estado el relativo fracaso frente a los objetivos iniciales más ambiciosos, y que realmente no han sido conseguidos en toda la potencialidad que muchos quisieron ver al inicio de estos proyectos. Pero hay una parte muy muy dulce, y es que en el camino recorrido la humanidad ha aprendido mucho sobre Neurociencia, y actualmente estamos ya en un estadio infinitamente más avanzado que hace unos años. Y es que hay que saber mantener el optimismo más constructivo en un campo que es de (gran) futuro, y saber ver que esto ha podido ser tan sólo el principio de una larga carrera, y que lo más probable es que nos quede mucho más camino por recorrer que el ya recorrido: a ello apuntarían las todavía muy escasas aplicaciones prácticas que están explotando los avances logrados con tecnologías directamente aplicables a nuestro día a día.

Pero esto ineludiblemente eran pasos que, milllones mediante (¡Sic!) la neurociencia tenía que dar sí o sí, y era casi imposibl, ante un reto tan ambicioso y colosal, cosechar fulgurantes éxitos a la primera de cambios. A buen seguro que la Humanidad no inventó tampoco la rueda o la electricidad en la primera intentona. No se equivoquen, la ciencia y el progreso científico (y el socioeconómico) no son un sprint como a muchos ultra-competitivos y a los dirigentes cortoplacistas les gustaría: el progreso en general es una carrera de (mucho) fondo, en la cual hay que pasar inevitablemente una o varias "pájaras" antes de lograr la medalla. Nadie dijo que el progreso fuese rápido ni fácil, y menos cuando hay necesidad de financiación a espuertas de por medio. Tiempo al tiempo, euros dosificados al cientifico, y sinapsis a las neuronas.

De la Neurociencia más científica a alumbrar la idea del Neurocapitalismo más económico

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Como demostración de todo ese futuro que decíamos que la Neurociencia tiene por delante, debemos introducir en este punto uno de sus nuevos campos de aplicación, o más bien, lo que es todo un sistema socioeconómico de futuro que muy probablemente dominará nuestras socioeconomías de aquí a unos años vista. Bienvenidos a la era del Neurocapitalismo, en la cual la materia prima ya no será ni los recursos naturales, ni la información, ni los datos, sino sus propias conexiones neuronales, y por ende, su mente. Estas reflexiones más sistémicas son fruto de esos posos que han dejado programas de investigación neurocientífica como los anteriores, que han ayudado a crear un tejido socioeconómico en torno a la Neurociencia, y en el que han proliferado tecnologías, startups e ideas (incluso filosóficas) de todo tipo. Sin ir más lejos, nuestras reflexiones de hoy sobre el Neurocapitalismo tienen su origen en un interesante artículo del ya mencionado Rafael Yuste, en el que expone sus interesantes puntos de vista al respecto.

El gran peligro es que ese Neurocapitalismo se malogre de alguna de las muchas maneras posibles, entre las cuales la propaganda constituye un primigenio y sombrío precedente que, si bien ramplona y muy rudimentariamente, al final, de una manera u otra, ha sido la primera en manipular conexiones neuronales para inocular en los individuos sus propios intereses creados. Si no actuamos desde ya, el Neurocapitalismo puede ser más de lo mismo, pero potenciado en miles de órdenes de magnitud por una tecnología cada vez más intrusiva en nuestros cerebros, y metalmente más poderosa.

El principal concepto que se ve seriamente amenazado por el Neurocapitalismo en caso de no actuar a tiempo es la privacidad y el derecho a la intimidad de los ciudadanos, una de las prioridades de la Unión Europea, por cierto, pero a la vez un concepto que se está difuminando peligrosamente en otras superpotencias (en las que haya llegado a existir en algún momento, porque en otras ni se le conoce ni se le espera). El gran salto adelante en lo que a privacidad se refiere es que, hoy en día, en la era de las redes sociales, la forma de mantener nuestra privacidad y nuestras ideas personales a salvo del escrutinio público es simplemente callar en las plataformas online (los que sean capaces de hacerlo).

Con el Neurocapitalismo esta posibilidad es arrancada de cuajo de nuestro portfolio de armas de defensa ante la intrusión en nuestra intimidad. Y es que, en un futuro donde la conexión a internet ya no va a ser a través de un smartphone, sino a través de dispositivos alámbricos o inalámbricos que midan contínuamente e interpreten nuestra actividad cerebral, entonces ya ni nuestras ideas serán nuestras, sino que su difusión vendrá determinada por la tecnología neurocientífica que utilicemos y por su respeto a la privacidad. Las grandes tecnológicas están ya inmersas en una carrera contrarreloj por ser la primera empresa en desarrollar y liderar este tipo de sinápticamente intrusivos dispositivos, con inversiones multimillonarias por parte de Facebook, Microsoft, (se rumorea también) Google, o el Neuralink de Elon Musk entre otros. Ahora uno sigue siendo dueño de sus ideas si no las escribe en Facebook o Twitter, pero en un futuro uno sólo sera dueño de sus ideas si no las piensa, lo cual es una incongruencia imposible por la propia naturaleza neurosináptica de una idea.

Como ven, la capacidad de control absoluto de nuestras mentes que puede traer consigo el Neurocapitalismo es literalmente inasumible, y se hace ineludible empezar a regular de alguna manera este campo antes de que sea demasiado tarde, y todos formemos ya parte de The Matrix sin escapatoria sináptica posible (salvo tomando la pastilla roja). Pero la privacidad de los ciudadanos es tan sólo uno de los múltiples aspectos tan inquietantes que un Neurocapitalismo del Salvaje Oeste pondría en nuestras (anti)vidas. Hay otros muchos más puntos interesantes a tener en cuenta, y buena parte de esos puntos vienen de la arena económica y de sus posibilidades para instaurarse de alguna manera como sistema socioeconómico dominante.

Pero la diferencia más inquietante del panorama actual está en los dirigentes mundiales

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Para que se hagan una idea de hasta dónde puede ser neuróticamente intrusivo el Neurocapitalismo en nuestras mentes y en nuestros actos como agentes socioeconómicos, nos vamos a remontar a los años 50 del siglo XX, cuando la Neurociencia básicamente no existía como tal, pero donde el Biohacking (un interesante e inquietante concepto del que ya les venimos hablando desde hace años) y la manipulación masiva ya empezaban a "hacer sus pinitos" con intenciones económicas. Así, fue muy famoso el caso de aquella experiencia de publicidad subliminal con anuncios de palomitas y de una famosa bebida, que insertaban sugerentes fotogramas en las salas de cine durante fracciones de segundo que la mente consciente no visualizaba, pero que podrían influir poderosamente en el subconsciente que sí que las percibía: en la pausa de la proyección (antes las había a menudo), muchos de los espectadores se dirigían a la barra del bar y pedían palomitas y la bebida que casualmente se había insertado imperceptiblemente en la película como publicidad subliminal, aumentando así los ingresos de la sala de cine.

Aquella siniestra experiencia primigenia del Neurocapitalismo alertó enormemente a los dirigentes y autoridades del momento, que no vieron con buenos ojos que se siguiese utilizando este tipo de publicidad subliminal, al menos tan abiertamente (cualquier anuncio de la Televisión de hoy en día sigue teniendo muchas otras formas -menos intrusivas- de publicidad subliminal). Si bien es cierto que este debate sigue abierto a día de hoy, y que se sigen haciendo incluso experimentos al respecto, no es menos cierto que se sabe que la publicidad subliminal existe y puede influirnos poderosamente, si bien es bastante difícil conseguir que sea totalmente efectiva... hasta que llegó la Neurociencia.

En aquel momento, la cosa funcionó durante un tiempo, y se instauró en el sector de la publicidad y del maketing una especie de código deontológico de facto por el que nadie recurría a la forma más manipuladora de estas técnicas emergentes. Pero ahora el riesgo salta de nuevo a la palestra con todas las nuevas posibilidades que abre la Neurociencia en este campo, y que además pueden pasar mayormente desapercibidas con mucha mayor facilidad que en una barra de bar de cine abarrotada de clientes pidiendo casualmente todos la misma bebida.

Pero es que ya no es sólo lo mucho más que pueden llegar a permitir en este sentido los avances de la Neurociencia, lo más inquietante del asunto es que, allí donde las autoridades y dirigentes del siglo XX se alarmaron y trataron de proteger a sus ciudadanos, hoy, salvo con la honrosa excepción de Europa, lo que predomina mayormente en otras superpotencias es un gran interés por desarrollar la tecnología sin apenas límites, y explorando hasta sus últimas consecuencias y capacidades, indisolublemente aparejadas con la posibilidad de una futura hiper-vigilancia extrema de ultimísima generación. Y ese cambio (des)cualitativo en los dirigentes del mundo de hoy es lo que verdaderamente debería producirnos a todos un profundo desasosiego, además de una honda e insondable preocupación por que se regule adecuadamente la Neurociencia desde sus albores actuales.

Y aquí Neurociencia e Inteligencia Artificial tan sólo son dos caras, sintética y biológica, de un mismo problema, en el que confluyen ambas tecnologías y se abren nuevas posibilidades mutuamente, con la posibilidad cierta de que pueda acabar Inteligencia Artificial manipulando y dirigiendo autónoma y masivamente inteligencia humana. Imaginen cómo serán esas abisales posiblidades que habrán sondado en las propias empresas más disruptoras tecnológicamente, que hasta ellas mismas están en muchos casos demandando la esencial regulación y delimitación ética y tecnológica de éstas y otras tecnologías. Como ya les analizamos en su día, y como les decíamos antes, tan sólo Europa (casi) en solitario está mostrando gran determinación por abordar estos temas tan ineludibles y tan existenciales para el ser humano como tal (con la honrosa excepción de un visionario Chile que ya está apostando por definir y legislar los Neuroderechos de sus ciudadanos). Y es que, si se deja aquí que se imponga la "ley de la jungla", aunque eso haría las delicias de populistas y autócratas, ese extremo es algo que muy probablemente nos podría llevar a acabar viendo humanos utilizados como robots, antes incluso que ver robots actuando plenamente como humanos. Y curiosamente ha sido la China comunista la que, en su particular apuesta por la Neurociencia, ha hecho un potente mix de la misma con esta Inteligencia Artificial cuya confluencia les ponía aquí de relieve. Una apuesta que, según Yuste, triplica al programa estadounidense análogo.

Así que no, como ven, Neurocapitalismo no es que nuestras neuronas vayan a comunicarse con billetes en vez de mediante sinapsis, sino más bien que nuestras conexiones neuronales van a ser un codiciado tesoro en forma de materia prima que será monetizado, y por el que pujarán no pocas empresas por todos los medios: unos medios que inevitablemente deben ser regulados. En los actuales tiempos tan convulsos en el mundo, en realidad sólo acabamos de empezar a ver las consecuencias de la manipulación de la mente humana al calor de las redes sociales, y ya empieza a haber mucha gente que tiene sumo cuidado con lo que opina en internet. Al menos, por el momento, sus pensamientos siguen siendo suyos y sólo suyos.

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Ahora el Neurocapitalismo amenaza con privarnos también de esa parcela de intimidad, que es el último reducto de nuestra libertad, y el riesgo cierto es que puede no acabar habiendo ya espacio ni tan siquiera para la privacidad mental. Ni George Orwell imaginó en su visionaria obra 1984 que nuestro futuro podría llegar a ser así de inquietantemente distópico. Cualquier día veremos en el aberrante mundo de Black Mirror cómo la ciencia-ficción tan sólo nos ha acabado reflejando una vez más un oscuro mundo real, pero oscuro de verdad: de nosotros (y de nuestros dirigentes) depende que no lo acabe siendo. Pero tal vez para entonces, los implantes neuronales nos permitan no ser siquiera conscientes nuestra neurodictatorial situación: la dictadura neurocientífica sería perfecta como dictadura, que no como sistema de derechos y libertades. Tal vez el concepto de ser humano como ser libre empiece a estar obsoleto en algunas censurables mentes, y los únicos humanos que tengan opciones de sobrevivir en esta distopía sean los que se puedan adaptar a llevar una vida sólo digna de un robot autómata. ¡Quién tuviera la suerte de ser un ser sintético sin deseos de libertad ni anhelos que provoquen la ira y la represión del sistema! ¿Pastilla roja o pastilla azul? Que cada Neo o Trinity tome su propia decisión.

Imágenes | Pixabay TheDigitalArtist | Pixabay ColiN00B | Pixabay PublicDomainPictures | Pixabay johnhain | Pixabay PublicDomainPictures

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