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¿Reformas fiscales?

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Lo mejor de los blogs, del mundillo 2.0, de la conversación que dirían los del Manifiesto Cluetrain, es, para mi, conocer gente. O al menos conocer lo que esa gente piensa. Personas, profesionales, que difícilmente tendrían una columna, un estrado, desde el que comunicarse. Y si hablamos de blogs económicos, uno de los posts más recurrentes suele ser el de los planteamientos de reformas fiscales.

Tiene su lógica especialmente en la España del siglo XXI. Teniendo en cuenta la fuerte presencia de lo público en el PIB, el traspaso de la política monetaria al Banco Central Europeo, y la concepción social de que el Estado debe hacer algo siempre, si o si, la importancia de la política fiscal esta más que clara. Dicha política comprende una doble faceta, ingresos y gastos, pero suele ser la primera la que es más objeto de atención.

En este sentido, me parece muy interesante el modelo propuesto por Alucinado en El mundo visto por un profesional de las Inversiones. En él, se decanta por un a reducción de los impuestos directos, y un incremento de los indirectos (aunque en estos, más bien lo que se busca es un mayor discriminación según la naturaleza de los bienes). Del mismo participan también en Fresh Family Office. Creo que los tiros apuntan por ahí, y que va ser necesaria una reforma global teniendo en cuenta el sistema público de pensiones, insostenible a mi juicio a largo plazo.

Pero no es de eso de lo que quería hablaros. Mi idea iba por otros derroteros ajenos a los grandes cambios. Me refiero a esa diarrea continua de pequeños, pero relevantes, cambios, del ahora si, ahora no, del ponme o quítame esa exención, esa deducción, o esa retención. Creo que aquellos que llevéis una década haciendo vuestro IRPF, por ejemplo, sabréis de lo que os hablo. O deberíais.

Y es que entiendo que el marco fiscal, que las normas impositivas, deben ser flexibles si aceptamos el papel interventor del Estado en la Economía (que prefiero no entrar a discutir aquí). Pero tanto cambio produce importantes problemas, y es que eso dificulta a familias y a empresas tomar decisiones financieras a medio y largo plazo. Y mi escasa experiencia me dicta que ese tipo de medidas son las mejores, por no decir las únicas, que pueden lograr para las mismas una mayor seguridad y autonomía financiera en el futuro. Claro que igual se pretende que no la tengan (perdón, se me ha escapado).

No es de recibo que cada tres por cuatro se cuestione la fiscalidad de los planes de pensiones, incluso revisándolos a la baja. No es admisible que determinados productos financieros a largo plazo estén exentos de retención y al año siguiente no. No se puede estar toqueteando constantemente determinadas normas de valoración, contables y fiscales. Eso desanima a los ahorradores españoles, dificulta la atracción de inversores extranjeros. Cierto es que en ocasiones se trata de solucionar con normas transitorias, pero ni es así en todos los caso ni en los que ocurre deja de crear un reguero de discrecionalidad y de difícil control fiscal. Claro que igual es lo que se quiere. Uy, otra vez se me ha escapado.

Por eso me atrevo a lanzar (una más) propuesta. O mejor dicho, una antipropuesta. Un Pacto Fiscal, no se si a través de una Ley Orgánica, previa o no reforma constitucional, que garantizas una cierta estabilidad fiscal, al menos unos principios que no se pudiesen estar cuestionando un día si y otro también, y que todos sepamos a que estamos jugando. Que se respeten los derechos de aquellos que han tomado una serie de decisiones conforme a un marco fiscal. El que sea.

¿Querrán eso de verdad?

Más información | El mundo visto por un profesional de las inversiones, Fresh Family Office
Imagen | Rodrigo Uribe

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