Juan acaba de terminar cuarto de Teología en el Seminario de Getafe y, según recoge ABC a partir de su entrevista en Telemadrid, su jornada arranca mucho antes de que la capital despierte. La rutina se apuntala en la capilla con la eucaristía a las siete de la mañana, seguida de un desayuno de pie y una salida en grupo a las ocho y diez. El destino de la expedición es la Universidad Eclesiástica San Dámaso, junto a la Almudena, donde los alumnos reciben una carga maciza de historia y filosofía hasta pasadas las dos de la tarde.
El regreso al Cerro de los Ángeles devuelve la actividad al recinto, donde la convivencia se suelda a las inercias físicas. El balón de fútbol rueda por las pistas después de comer, en un rato imprescindible para descoser la tensión académica antes de volver a la silla. La tarde avanza sobre un inventario invariable: tres horas de estudio sobre los textos, un balón de fútbol, sesenta minutos de silencio absoluto en la capilla y ninguna improvisación. Usted seguramente imaginaba un retiro lánguido de contemplación apartada del siglo. No se deje llevar por las estampas antiguas, porque esto funciona como un engranaje milimétrico que termina a las diez y media de la noche con las últimas oraciones.
1.066 seminaristas en España son 1.066 camas hechas al alba repartidas por los 57 centros formativos del país. Todo ese mapa de residencias y aulas, según recoge la estadística oficial de la Conferencia Episcopal Española para este curso, se sostiene hoy sobre 201 ingresos recientes, 58 nuevos presbíteros ordenados y un volumen total de aspirantes que estabiliza por segundo año consecutivo la caída incesante sufrida durante la década anterior, manteniendo el pulso de una institución donde la edad media de los futuros sacerdotes se mueve en la horquilla de los veinticinco a los treinta años. La cifra tiene cuerpo.
La rutina del seminario —madrugones, clases densas, estudio reglado y silencio vespertino— dibuja un día a día tan meticuloso como exigente, sostenido por una vocación que no siempre se ve pero que explica cada paso. Y es ahí donde encaja la motivación íntima de Juan, que introduce sus palabras con una claridad que ilumina el trasfondo de todo este itinerario: "Pues en mi caso comienza porque me fijé en las personas, en los sacerdotes, que tenían algo especial, tenían una luz en la mirada y sobre todo una alegría de vivir que yo dije, ostras, yo también quiero eso para mí".
Imagen | Telemadrid
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