Hace tres décadas, la sierra en la que se instaló este ganadero originario de Jódar (Jaén) albergaba a 45 pastores trabajando en equilibrio con el monte. Hoy, Juan Antonio y su hijo Miguel Ángel son los únicos que quedan al frente de un rebaño de 1.500 cabras. La asfixia no es solo demográfica, sino puramente financiera: para poder extraer algo de margen a la explotación, padre e hijo se ven obligados a madrugar para sembrar y empacar su propio forraje con el tractor. Si tuvieran que comprar esas alpacas a precio de mercado, los números, sencillamente, no darían.
"En cifras. El diagnóstico de este ganadero de cuarta generación apunta al corazón de la despensa: 'En España no se produce suficiente carne para el consumo que tenemos'. Y los datos, en gran medida, le dan la razón. Según los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, el censo caprino nacional acumula un descenso del 19,5% entre 2017 y 2022, aunque el último dato disponible (2024) muestra un repunte puntual del +2,9% interanual. La tendencia de fondo de la última década sigue siendo claramente descendente, lo que erosiona nuestra soberanía alimentaria y nos hace dependientes de importaciones..."
Entre líneas. El día a día de la explotación es una carrera de obstáculos burocráticos y logísticos. Juan Antonio denuncia que el precio de las vacunas se ha triplicado y que sufren escasez de atención clínica porque los veterinarios "prefieren dedicarse a los perros y a los gatos". A este cóctel de costes disparados se suma una normativa de protección animal que, desde la óptica del pastor, no pisa el terreno. Él no se opone a que haya lobos en la sierra (cree que hay espacio de sobra), pero exige que quienes legislan su protección asuman el coste de cercar las fincas y controlar a los depredadores.
Y ahora qué. Lo que cuenta este ganadero es síntoma de una hiperregulación que ahoga a las explotaciones familiares. Pese a no tener fines de semana libres ni conocer lo que son unas vacaciones, padre e hijo mantienen intacto su compromiso con los animales. La gran pregunta es qué ocurrirá con nuestras montañas y con la cesta de la compra cuando esta última generación decida, o se vea obligada a, apagar el tractor para siempre. El tiempo nos lo dirá.
Imagen | Darkside Photography (vía Pexels)
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