El mercado laboral de la construcción arrastra un déficit que se gestó hace más de una década. Cuando el sector intentó reactivarse tras la crisis financiera, las empresas constructoras redujeron el eslabón formativo a pie de obra. "Cuando la construcción volvió a arrancar, las empresas ya no querían peones, querían albañiles expertos", señala Ángel Flores, albañil retirado, en ABC. De esta forma, se debilitó la figura del aprendiz que maduraba junto al oficial. "No han aprendido los peones, porque los peones tienen que entrar para poder enseñarlos", lamenta.
La inversión de las rentas. El resultado de esta sequía de talento es un mercado que ha incrementado notablemente los salarios por una pura cuestión de escasez. "Hoy en día está muy bien pagado. Hoy un buen oficial de la construcción puede ganar más que muchos que están en una oficina o tienen ciertas carreras", apunta el jubilado. Una revalorización que contrasta con el desplome salarial de los años aciagos de 2011 y 2012, cuando los profesionales aceptaban fuertes rebajas diarias por cotizar y asegurar la supervivencia. Eso sí, la falta de efectivos ha obligado a difuminar las categorías: si antes existía una alta especialización (tabicadores, enfoscadores, alicatadores), la carencia obliga hoy a unificar funciones en una figura polivalente.
El 'efecto cicatriz'. Este testimonio refleja fielmente lo que los macroeconomistas denominan 'efecto cicatriz' (el daño permanente en la formación de capital humano tras una recesión severa). Según los registros de la Encuesta de Población Activa (EPA) publicados por el INE, la proporción de menores de 30 años en el sector ha caído en vertical, pasando de representar casi el 25% antes de la caída de Lehman Brothers a suponer apenas el 9% en la actualidad. Los jóvenes priorizan una mayor calidad de vida, aunque las jornadas actuales (de ocho a cuatro) distan mucho de los extenuantes sábados de la época del 'boom del ladrillo'.
La magnitud del problema. Esto es, la economía española está intentando levantar sus infraestructuras con una plantilla que se jubila sin piezas de repuesto. La Confederación Nacional de la Construcción (CNC) advierte en sus informes sectoriales de que la industria necesita incorporar nada menos que 700.000 trabajadores a corto y medio plazo para poder mantener el ritmo de ejecución de las obras. Una cifra que supera con creces el volumen de parados registrados en el sector y que certifica una asimetría total entre la formación disponible y las necesidades reales.
El cuello de botella de los fondos. La paradoja es que este vacío coincide con un momento de máxima inyección de liquidez pública. La llegada de los fondos europeos NextGenerationEU, auditados por el Ministerio de Hacienda, destina miles de millones de euros precisamente a la rehabilitación energética de viviendas y a las infraestructuras civiles. Sin embargo, las licitaciones corren un serio riesgo de retraso o deserción simplemente porque las empresas adjudicatarias no disponen de los profesionales físicos para ejecutar el presupuesto adjudicado.
El reloj demográfico. El cerco se estrecha sobre un sector que, en su día, intentó sobrevivir a su propia burbuja financiera prescindiendo de la formación de sus bases y exigiendo experiencia inmediata. Ahora, con una demanda sostenida y unos sueldos que han recuperado su pulso frente al estancamiento de otras ramas, la construcción se enfrenta a una carrera contrarreloj. Queda por ver si la industrialización modular o las nuevas campañas de Formación Profesional Dual llegarán a tiempo antes de que la generación de Ángel Flores termine de apagar la hormigonera por completo.
Imagen | Genérica de un trabajador en una obra. Yury Kim (vía Pexels)
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