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¿Hacia el fin del trabajo?

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En 1995 el economista estadounidense Jeremy Rifkin publicó su obra El fin del trabajo (The end of work. The decline of the global labor force, and the dawn of the post-market era), una interesante propuesta que buscaba llamar la atención y proponer un debate sobre lo que estaba ocurriendo en el mercado del trabajo y cómo las nuevas tecnologias amenazaban con provocar un desempleo sin precedentes.

La obra de Rifkin se lanzó justo en el momento del despegue de la burbuja inmobiliaria y financiera. Y dado que tanto la industria inmobiliaria como la industria financiera absorbían grandes cantidades de mano de obra, el desempleo cayó en todo el mundo. El sobredimesionamiento del sector financiero, unido precariamente a la economía real por la vía de los flujos al sector inmobiliario, desató al principio la euforia y despúes el caos. La euforia movilizó grandes volúmenes de empleo, hormigón, acero, madera, cañerías y asfalto, llegando con agua potable y electricidad a lugares otrora desiertos. En ese contexto de abundante generación de empleo, la propuesta de Rifkin fue considerada ridícula: no calzaba con lo que estaba ocurriendo.

Ahora que sabemos lo que en verdad estaba ocurriendo, y caído el velo de la burbuja inmobiliaria y el velo de burbuja financiera, sería interesante considerar la propuesta de Rifkin de una manera des-ideologizada. Por Karl Marx sabemos que siempre el capitalismo crea sus propios gérmenes de auto-destrucción. El proceso de creación-destrucción y nueva creación está en la esencia del espíritu del capitalismo. Pero si este espíritu no toma en cuenta el humanismo, no debería ser un “ismo” fiable. Todos los “ismos” tienen la mala ocurrencia de ser no integradores: excluyen, segregan. En este aspecto el ser humano requiere participación, no exclusión.

El profundo desempleo que estamos viviendo a nivel mundial y que la OIT advierte que puede alcanzar a 239 millones de personas, es algo que no tiene precedentes. Es ilusorio pensar que tendrá una rápida salida. Esto amenaza con profundizar la crisis. Y la crisis no se revertirá hasta que el empleo comience a dar signos de vida. ¿Cómo podemos revertir al alza el tema del empleo? Es este un tema muy complicado y no se puede dejar su resolución al mercado. Para resolverlo habrá que crear un enorme consenso mundial.

La tendencia de la economía a secas ha sido la de reducir los puestos de trabajo. Las lineas de montaje tipo Taylor o Ford pensadas por Adam Smith en La riqueza de las naciones, cada vez son un objeto de nostalgia. Una fábrica en la que trabajaban 400 personas hoy requiere 8 empleados y 200 robot computarizados. En pocos años no requerirá ni un solo empleado. Sólo la visita ocasional del técnico que repare y mantenga los robots.

Los puestos de trabajo están desapareciendo en todo el mundo lo que anticipa una muy lenta recuperación frente a la actual crisis. Hasta China enfrenta este problema del reemplazo del trabajo humano por la automatización. En un informe sobre pérdidas de puestos de trabajo atribuídas a la tecnología para los años 1995-2004, gana Brasil con un 20% seguido de Japón por un 16% y China con un 15%. Estados Unidos tiene el 11%.

Jeremy Rifkin fue el autor de las 35 horas laborales, que en algunos países europeos comenzó el año 2000. Quizá las 35 horas no fue una buena idea porque no significó un incremento notorio del empleo y a la larga los trabajadores debian hacer en 35 horas lo mismo que hacían en 40. Hay que hacer una propuesta más audaz, que incluya el acceso a la educación y a la cultura en todos sus ámbitos. Hay que apostar por la invención de un mundo nuevo donde se valore el trabajo y la creatividad de todos.

Imagen | JulyYu

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