Ahora la carrera espacial de EEUU tiene dinero de sus millonarios como Musk y Bezos, pero China quiere llegar antes a Marte (y tal vez por motivos muy distintos)

Ahora la carrera espacial de EEUU tiene dinero de sus millonarios como Musk y Bezos, pero China quiere llegar antes a Marte (y tal vez por motivos muy distintos)
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Realmente vivimos una nueva época dorada en la investigación espacial, con una nueva carrera orbital y extra-orbital que sólo es comparable a los tiempos dorados de la misión a la luna. Eran los tiempos de aquel épico Neil Armstrong pronunciando aquello de “un pequeño paso para un hombre, un gran paso para la humanidad”.

Y ahora llegan nuevos hitos por los cuales la humanidad ha dado nuevos pasos espaciales con los vuelos tanto del SpaceX en su día, como ahora de la VSS Unity de Branson, o del New Shepard en el que viajó Bezos. Aunque en estos casos ningún humano haya acabado de dar ningún paso sobre la superficie de otro cuerpo celeste, igualmente los logros son también importantes, no sólo por lo conseguido, sino también por la forma en que se ha conseguido y por el objetivo final.

Pero hay ahí afuera otros jugadores muy interesados en la carrera espacial, y además parecen estarlo por motivos muy distintos. China ha dejado muy claro que quiere llegar a Marte, y además que quiere ser la primera superpotencia en hacerlo. El porqué de su carrera espacial es un misterio del espacio profundo, pero no por desconocido, sino porque parece adentrarse en la profundidad del escabroso contexto de los inicios de la carrera espacial allá por mediados del siglo XX.

Desde los Terraplanistas a aquello de que “el hombre nunca llegó a la Luna”: nos inocule lo que nos inocule la propaganda más cruda, la carrera espacial sigue su curso

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Desde que el hombre es hombre, la competencia entre individuos ha sido la otra cara de la misma moneda de la competencia entre países o incluso superpotencias. Bajo el aparentar liderazgo y superioridad indiscutible, subyacen los mismos instintos ultra-competitivos, que sólo han sido superados por contados hitos del trabajo en equipo a nivel internacional, como fue la encomiable Estación Espacial Internacional. Que por cierto, con la ayuda de ciertas aplicaciones de Android pueden ustedes observar ustedes a simple vista en el cielo varias veces a lo largo del día (se ve pequeña, eso sí). Pero tras la ultra-competitividad muchas veces subyacen, ya no instintos más bien primitivos, sino estrategias medidas y urdidas en consejos de estado, que pretenden hacer de la conquista del espacio una forma de conquista intelectual de hechos consumados.

Es una forma como otra cualquiera de desmoralizar al oponente demostrándole a toda su población tu superioridad científica y nacional, a fin de que claudiquen e incluso como buenos vasallos te asuman como nuevo máster del Universo. Estados Unidos mismo lleva décadas poniéndolo en práctica, y Reino Unido lo mismo con esa leyenda negra con la que tanto difamó como genocida al Imperio Español, al tiempo que ensalzaba la conquista del Oeste anglosajona, que no era sino otra dimensión más terráquea de conquista espacial. Propagandas tóxicas aparte, la realidad incontestable es que en la Norteamérica WASP (White AngloSaxon Protestant) sólo quedan contados cuatro indios aborígenes mayormente recluidos en vergonzosas reservas, mientras que en casi toda América Latina hubo incluso un mestizaje masivo entre colonos españoles y autóctonos, del cual su color de piel mulato es el mejor testigo.

Pero volviendo al espacio sideral, no se tomen a broma esta tesis de la competitividad como motor de éxitos, pues éstas y no otras fueron principalmente las motivaciones reales de aquello que se dio en llamar carrera espacial a mediados del siglo XX, pero que en el fondo fue toda una escalada de demostración (exo)geoestratégica con tintes cuasi-militares disfrazados de ciencia. Entonces tanto los EEUU como la extinta URSS (la hoy Rusia de Putin) competían por demostrar al mundo que dominaban arriba el espacio, ambos con la intención imperialista de justificar así su dominio abajo en la Tierra. Así fue como se consiguieron grandes logros espaciales, como fue escuchar el ladrido de esa perrita Laika que acabaría muriendo de inanición perdida y sin retorno en el sistema solar, como aquel Yuri Gagarin que con aquel Sputnik se jugó la vida por ser el primero en llegar donde sólo llegó Laika antes (pero esta vez con billete de vuelta), o como aquel citado Neil Armstrong, que fue ya el que más lejos llegó de todos, hasta una Luna que pisó con sus propios pies alucinando con el alunizaje.

Pero todos estos logros pueden quedar empequeñecidos ahora. Y no lo decimos sólo por Marte, sino más bien por cómo ese emblemático campo de la carrera espacial, en el que parece que los EEUU fueron los que en su momento pusieron la banderita más lejana, ahora es precisamente de nuevo un importante campo de batalla. Pero ahora lo es ya en esa guerra ciber-social tan fehacientemente demostrada como muy real. Y es que, por increíble que parezca, por más datos que haya y explicaciones coherentes, obviamente siempre hay suspicaces sistemáticos, que son inflados a base de propaganda ensanchando su alcance y poder de destrucción. Como en todo campo de batalla propagandístico, en la carrera espacial también esta lacra trata de inocularnos su veneno, haciendo cundir la desconfianza en nuestra ciencia, y de paso tratando de que retrocedamos retrógradamente en el tiempo desde la posición privilegiada a donde la ciencia ha conseguido llevarnos, con tanto esfuerzo y dedicación. Desde luego que la (des)carrera espacial sigue en pleno apogeo hoy en día, pero lamentablemente los que siguen compitiendo no lo hacen ya tanto por ser los primeros en construir (aunque fuese competitivamente), sino que ahora buena parte del liderazgo se ejerce siendo los que más destruyen al oponente y el alcance socioeconómico de su ciencia. La ciencia es uno de los pilares de carga del imbatible progreso occidental, y como en progreso realmente somos imbatibles y no hemos podido ser derrotados, pues parece que la competición ha degenerado en dinamitar tanto los pilares como los muros de carga que sustentan el edificio de nuestro bienestar.

Porque está muy bien mantener y criar ese espíritu crítico que desde aquí tanto nos esforzamos por cultivar (en ustedes y en nosotros mismos), pero una cosa es tener espíritu crítico, y otra muy distinta es pasar a tener una suspicacia patológica que ve conspiraciones espaciales hasta en el vuelo de una mosca. Y para potenciar el poder destructivo, esas suspicacias las aderezan con potenciador para el ego, algo especialmente efectivo en una autorreferente época en la que todos somos jueces, todos sabemos más que los astronautas, todos aspiramos a rebatir a los científicos de la NASA, y todos somos especialistas en trigonometría esférica. Todo ello ha hecho por ejemplo que una parte no despreciable (sólo en número) de nuestra población haya caído presa de corrientes ideológicas inconcebibles como puede ser el insólito Terraplanismo. Es algo que ya les analizamos con mayor nivel de detalle en nuestro artículo sobre tecnología satelital y la posición de España en este innovador campo de futuro.

Pero con el Terraplanismo no era suficiente escarnio para avergonzarnos, y demostrarnos por las bravas hasta dónde puede llegar la capacidad de ir marcha atrás de siempre demasiados seres humanos. Alimentados desde foros y redes que presentan sospechosas similitudes y modus-operandi calcados, y persiguiendo igualmente echar por tierra todo el conocimiento y la carrera espacial como proyección del progreso socioeconómico, además de creer que la Tierra es plana, parte de los Terraplanistas se unen a otros en otras “conspinaoias”. Y tal vez esos otros ya no sean Terraplanistas, pero el hecho es que presentan síntomas y perfiles psicológicos muy similares, y entre ellos hay también un nutrido grupete de astronautas improvisados que parecen saberlo todo sobre la luna y el espacio, y que niegan por la mayor que los estadounidenses llegasen en su día a la Luna. Como ya les expuse en el post de los satélites respecto al Terraplanismo, todas esas suspicaces elucubraciones de este nuevo tipo de especie humana suelen tener una muy buena respuesta, que muchas veces han dado los propios científicos de la Nasa, de la ESA, o incluso los propios astronautas. Pero como quien oye llover: siempre ha sido más fácil elucubrar y pensar mal por uno mismo, que aprender de los que saben. Como les decía, cosas de los egos más infundados.

Y aún así, al salir al espacio nos vamos a encontrar siempre muchos fenómenos para los que la ciencia todavía no tiene ninguna explicación, puesto que hasta ese momento no se ha enfrentado a ellos, y porque además, como los sabios, la ciencia desconoce mucho más de lo que conoce. No se puede aspirar a que la ciencia tenga respuesta para todo, y esta nueva especie humana (y la propaganda que la ha creado) instrumentalizan ramplonamente cualquier pregunta sin respuesta para cultivar la desconfianza extrema en la ciencia. Y van inoculando de paso la negación de los logros conseguidos hasta el momento por las agencias espaciales de Occidente. Cualquier día nos dicen que el fuego es brujería, que es lo que debían de pensar los chamanes del Homo Erectus que lo descubrió (hablando de suspicacias y elucubraciones extremistas, para las del heteropatriarcado: “Erectus” es sólo porque fue el primero de nuestros ancestros que caminó erguido).

Desde aquellas agencias espaciales gubernamentales a la actual concepción de la carrera espacial estadounidense hay un gran salto, dado por el sector privado

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Lo cierto es que, en el mundo occidental, realmente pocos parecen preocuparse mucho por si llegará otra superpotencia antes a Marte, y no importa demasiado si la que pondrá su banderita patria será China, Europa, Rusia, o los propios EEUU. Porque ahora mismo, en el lado del capitalismo, muchos viven ciegamente instalados en la confianza de que ya llevan unas décadas siendo el sistema socioeconómico superviviente y hegemónico, y así no ven mayormente amenazada su posición (hasta la llegada de la pandemia y la guerra ciber-social). El tema es que no han sentido durante muchos años la necesidad de esforzarse por competir en una carrera por la reputación y por el liderazgo científico que han considerado ya ganada, durmiéndose literalmente en los laureles.

Pero al igual que la carrera espacial URSS-USA de mediados y finales del siglo XX, esta nueva carrera espacial marciana, desde la concepción de algunos, es casi toda una auténtica marcianada en toda regla. Seguir anclados en la guerra de las galaxias de George Lucas, en vez de cooperar internacionalmente, ahorrar costes que pasarían a ser compartidos, y los ahorros utilizarlos para llegar con nuevas misiones todavía más lejos y mejor en el sistema solar, es algo sólo digno de Darth Vader. Aunque también hay que decir que dormir con tu enemigo, al igual que cooperar con el lado oscuro, tiene más peligro que comerse con los bigotes “churruscados” la carne directamente de un pincho moruno ensartado en una espada láser.

En cualquier caso, personalmente, si bien el buenismo extremo de los Jedi siempre me resultó un poco cursi (la verdad, me provocaba ataques de diabetes), he de decir que lo de Darth Vader y el imperio del lado oscuro suponía (y supone) para toda la galaxia un futuro más negro que los ángeles de Machín. Y aquí si lo digo hasta para el espacio profundo, y también para el sub-mundo cuántico: el lado oscuro todo lo puede acabar destruyendo a cualquier escala. Otra cosa es quién es aquí el lado oscuro y quién el claro, o si de noche todos los gatos son pardos y los Jedi sólo son el clásico cuento de niños para hacerte creer que eres de ”los buenos” y así justificarlo absolutamente todo.

Branson y Bezos: lucha de egos entre millonarios, pero hay mucho más detrás de la carrera espacial 2.0 (y no es la hilarante Nasa española)

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Desde luego ha quedado para todos patente cómo lo de Branson y Bezos con el espacio ha sido una de esas competiciones de “a ver quién es el primero”, de las cuales por cierto un servidor se esfuerza en su educación que renieguen sus hijos: yo soy más bien de superarse a uno mismo que de superar hiper-competitivamente a los demás. Y en esa competición, en el último momento y casi por sorpresa, se adelantó un Branson que luego se alzó con el triunfo de pasar a los anales de la Historia como el primer turista espacial. Pero esto tampoco es nada nuevo ni tan siquiera en el espacio, y carreras y empeños por ser el primero y constar como tal para la posteridad es un tipo de victorioso hito reafirmante del que algún otro como Elon Musk también es asiduo.

Y por cierto, que ahora a esa carrera espacial, y en competencia directa con Musk, también se ha apuntado la propia Boeing. Les hago notar aquí también que esto ya no es un simple “pique” entre millonarios que ya están de vuelta de todo, sino que empiezan a participar también conglomerados empresariales, que ya son organizaciones sin un único dueño y sin su culto personalista. Aparte de quedar demostrado que la iniciativa privada capitalista también es capaz de lograr grandes logros espaciales, que hasta ahora se creían sólo aptos para agencias gubernamentales y la inversión pública, esto también demuestra que algunas mentes empresariales privilegiadas ven mucho futuro (y negocio) en el turismo espacial.

Pero el último jugador en apuntarse a la carrera, o que más bien lo llevaba planeando de forma menos publicista (imagino que hasta que estaban en condiciones de hacer el efectista anuncio), ha sido China. El gigante asiático desde luego que tiene opciones de poder optar a ello y ganar la carrera espacial marciana, pero además hay que ir en este análisis un poco más allá, y ver que puede que su modelo hiper-estatalista y represivamente autocrático sea más adecuado para que una colonia marciana sobreviva con éxito. Ésa será una micro-sociedad donde todos deberán colaborar “a la voz de Ar” y por las buenas o por las malas: la vida de toda la colonia dependerá de todos y cada uno de sus individuos, pues todos tendrán una función imprescindible para la vida de los demás. Donde los recursos humanos escasean al extremo, todo individuo se vuelve imprescindible, hasta tal vez el punto de necesitar que deje de actuar como individuo.

Además, cualquiera puede muy fácilmente poner en grave riesgo la vida de todos los demás (por ejemplo, tan sólo abriendo una simple esclusa). Es que allí nos encontraremos con un entorno muy distinto al terráqueo, y tal vez totalmente inapropiado como para que en Marte se pueda reproducir con éxito (al menos en sus inicios) la misma fórmula socioeconómica del capitalismo. Ésa es la actual fórmula de éxito que nos ha llevado a alcanzar las cotas de bienestar alcanzadas a base de progreso, heterogeneidad, diversidad dispersa geográficamente, y también un entorno planetario que favorece las condiciones de vida humana, incluso bajo el individualismo (casi) total más propio del sistema capitalista.

El individualismo más propio del capitalismo puede ser una fórmula de fracaso en Marte, y aunque se puede presuponer que lo mismo habría pasado en la Estación Espacial Internacional, en este último caso sólo ocurriría un una mínima fracción que en Marte. Efectivamente, la comparativa sólo puede hacerse con la salvedad de que hasta Marte será imposible de mantener una línea de transporte con recambios y aprovisionamiento de víveres. Así, una colonia del planeta rojo deberá ser a la fuerza totalmente auto-suficiente fuera de la Tierra. Poco (si no nada) de las premisas fundacionales capitalistas (salvo la ciencia) pueden servir para sobrevivir en una colonia marciana, que 100% seguro estará ubicada en medio de un paraje inhóspito al extremo, y cuyos miembros humanos estarán recluidos permanentemente entre cuatro paredes, dependiendo vitalmente unos de otros, y sabiendo que al otro lado de la esclusa sólo aguarda la muerte en cuanto se acabe el oxígeno del traje espacial. Ahí sólo cabe teóricamente el colectivismo como sistema socioeconómico de pura y dura supervivencia como grupo gregario, al menos de entre los sistemas conocidos, que bien se puede inventar uno de nuevo cuño tras la experiencia colonial extraterrestre.

Pero eso no quita que las motivaciones chinas también puedan llegar a estar muy lejos de una filantrópica carrera espacial en pos del bien de la humanidad. Como todo régimen imperialista terráqueo, lo que a buen seguro puede estar buscando China en la carrera espacial marciana estará más bien relacionado con tener un titular para azuzar el nacionalismo patrio. De esta manera, China podrá seguir tratando de demostrar la viabilidad de su modelo a ojos de una ciudadanía china que así se tragará mejor el peaje de no tener ninguna libertad individual. Y de paso así intentará persuadirnos también a otras ciudadanías de su capacidad definitiva para liderar el mundo y desbancar a los EEUU, tratando por fin de demostrar que la ciencia china no es de cohetes de todo a cien.

Competición aquí hay y mucha, pero cada corredor parece correr hacia la misma meta, aunque por motivos muy distintos

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Así, mientras unos van al espacio y pretenden ir a Marte a base de dinero privado y con los beneficios empresariales por bandera, otros lo hacen para poder enarbolar su roja bandera más alto que los demás. Distintos modelos, distintos medios, y aunque misma meta, distintos objetivos finales para con el tablero geoestratégico mundial. Y en ese tablero estamos todos lo queramos o no, y además todos nos jugamos en la carrera espacial marciana mucho más que el color de la bandera que ondee en el lejano planeta a miles y miles de kilómetros de distancia: igual lo que nos estamos jugando es qué bandera ondeará en la Tierra una vez que el Imperio estelar extienda sus dominios. Si se trata del lado oscuro o del claro, los ciudadanos libres lo tenemos mucho más claro, pero eso en realidad depende de quién acabe escribiendo la Historia (y la propaganda), que según quién la gane pasa a ser tan sólo una simple historieta.

Así, en el mundo capitalista, la competición es otra muy distinta, y es uno de esos clásicos duelos entre millonarios, que no es la primera vez que ocurre en la Historia ni mucho menos. Son cosas que ocurren entre personas que nadan en millones, se aburren ya con su vida hiper-surtida de productos, servicios y experiencias, y se centran en batallitas que a ojos de otros más necesitados pueden resultar hasta pueriles, pero que para ellos pueden llegar a suponer la sal de la vida (que llevan). Tampoco es la primera vez que la Humanidad logra nuevas cotas de progreso e innovación gracias a uno de estos “piques” entre egos, así que no caigamos tampoco en juzgarlos resentidamente porque nosotros no nos lo podamos permitir. En vez de ver lo pueril (que lo es), quedémonos con que la humanidad ha desarrollado nueva tecnología puntera que nos llevará al espacio.

Huelga decir que todos acabaremos haciendo turismo espacial en algún momento (o nuestros descendientes, más bien), al igual que todos hemos acabado teniendo un coche, un ordenador, un teléfono móvil, y tantas y tantas cosas que en principio sólo se podían permitir los más ricos, y que ahora son bienes básicos. El capitalismo es así, y eso es algo netamente bueno que tiene. Pero bueno, realmente aquí lo único que puede acabar evitando ahora mismo que sus descendientes vayan de paseo por el espacio por un módico precio es que las socioeconomías terráqueas acaben sucumbiendo bajo la pesada losa del cambio climático. Caso en el que tal vez no lleguen ni a tiempo los más ricos, al menos para escapar de un planeta que nos estamos cargando para pasar a vivir en colonias espaciales. Igual esos millonarios resulta que no están compitiendo tanto como tratando de asegurarse un Plan B para sí mismos y para los suyos, en caso de que el Plan A terráqueo se venga abajo. Quién sabe, pero lo que es seguro es que en el espacio, como en la Tierra, siempre habrá clases, y con los acelerados pasos climáticos sólo unos pocos podrían permitirse a tiempo un pasaje espacial rumbo a un nuevo mundo.

Desde luego me viene a la mente muchas veces aquella épica frase de Stephen Hawking, que venía a decir que la razón por la cual la humanidad no ha contactado con vida extraterrestre es porque toda vida inteligente está abocada a la auto-destrucción. Así que supongo que lo de “vida inteligente” simplemente es algo que hay que coger con pinzas porque, en esas situaciones donde hay un interés a conseguir por todos los medios, o una opinión errónea en la que perseverar para no hacer jamás auto-crítica, la inteligencia humana acaba siendo superada ampliamente por la de un berberecho salvaje. Y el que esté libre de culpa que tire la primera piedra, que aunque en el caso concreto de un servidor no sea precisamente por el tema de ese cambio climático que siempre hemos combatido desde aquí, todos somos tan humanamente imperfectos que nos convertimos en auto-extinguibles (y potencialmente auto-extinguidos): menos los que lleguen a Marte, que esos serán seguro los únicos que no tengan que padecer la auto-extinción terrestre, sino que tendrán que sobrevivir en un clima igualmente inhóspito, pero tal vez bajo un nuevo sistema socioeconómico que asegure allí su supervivencia y no la de los intereses creados.

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Pero sea como fuere, los que no tienen culpa de nada son ese berberecho salvaje que al menos sí que sabe cuidar de su casa por muy poco espíritu crítico que tenga, o cualquier otro animal que ni aspira a viajar a Marte para escaparse, ni ha hecho nada para que la Tierra que comparte con la especie humana se pueda acabar convirtiendo en un infierno. Somos los humanos los únicos terráqueos que tenemos lo que nos merecemos, y los que no miramos por nadie más que por nuestro propio ombligo, incluso al emprender una carrera espacial como la del duelo Bezos-Branson, el de Bezos-Musk, o el de China-EEUU. Y así ha ido avanzando a trompicones la humanidad, hasta que en una de esas el trompicón sea tan gordo que nos caigamos al vacío más estelar. Y por mucho que algunos deslumbrados lo crean al estilo “Encuentros en la Tercera Fase”, aquí lo más seguro es que no venga ninguna civilización superior a salvarnos de la desdicha que nosotros mismos nos hemos "autoregalado". Entonces estaremos totalmente solos, sí, en nuestra desgracia y también en nuestra estupidez tan (in)humanamente cortoplacista: una causa de muerte (natural) como otra cualquiera...

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