Luis Alberto tiene décadas de oficio y tres años de suelo español. Es albañil —lo era ya en Honduras— y hoy trabaja de lunes a sábado en una obra donde gana unos 90 euros al día, lo que le deja alrededor de 1.400 euros al mes. La cifra tiene muesca: él mismo asegura que en su país no llegaría a los 400 euros, una diferencia que explica en buena medida su decisión de emigrar. Esto es lo que sabemos. Lo que no sabemos es cuánto cuesta vivir en Honduras en relación a lo que se gana, ni cuántos trabajadores como Luis Alberto han cruzado el Atlántico para hacer el trabajo que la construcción española necesita cubrir. El testimonio de Luis Alberto en El Español
El contexto macro lo pone un dato que ya hemos contado aquí: la Confederación Nacional de la Construcción calcula que España necesita 700.000 trabajadores para cubrir las necesidades de mano de obra del sector. La CNC cifra en 700.000 los nuevos trabajadores necesarios Mientras tanto, más del 65% de los albañiles tiene más de 45 años, según BBVA Research a partir de la EPA. BBVA Research sobre el envejecimiento de los albañiles Es la misma combinación que describe José, el albañil de 64 años que le pidieron inglés para poner ladrillos: una plantilla que encanece, un relevo que no llega y una patronal que clama por brazos mientras pone filtros que parecen diseñados para espantar a quien queda. Lo que nadie dice en esos informes es quién está poniendo hoy esos brazos. La respuesta, cada vez más, tiene acento latinoamericano.
Luis Alberto no llegó a España como oficial. Llegó como llegan muchos inmigrantes al sector: como ayudante, ganando 50 o 55 euros al día, independientemente de los años de oficio acumulados en su país. «Te conocen en tu país, que eres el albañil, pero aquí no», explica. La imagen es útil: es como llegar a un partido de fútbol profesional con el bagaje de toda una carrera en otra liga y que te hagan empezar desde el filial, demostrando lo que ya sabías hacer, pero con otro reglamento y otro idioma —porque hasta las herramientas tienen nombres distintos. «Las herramientas son mucho más cómodas, estamos hablando de materiales que en Honduras no se manejan, pero aquí en estos países sí», apunta. Cada jornada es, además, un ejercicio de traducción simultánea: aprender el vocabulario de la obra española mientras se gana la confianza del encargado. El Español recoge el testimonio de Luis Alberto sobre sus comienzos
Con el paso de los meses, el trabajo habló por él. «Van viendo lo que vas haciendo en la evolución de tu trabajo, que lo vas haciendo bien, que ya te tienen confianza... te va subiendo hasta ganar 80 o 90 euros». Hoy, un albañil experimentado puede alcanzar ese salario diario, aunque insiste en que el reconocimiento no es automático: depende del esfuerzo y de demostrar profesionalidad cada día. «Sobre todo es mostrar un buen trabajo... que vean que tu trabajo es bueno». La progresión salarial, de 55 a 90 euros diarios, se produce después de demostrar su valía. No está mal para un sector que, como denunciamos aquí, registra 113 horas de absentismo por asalariado al año (CNC, 2025) y donde las empresas denuncian que encontrar empleo sigue pasando por el contacto personal. «Todo está en contactos, pero así se consigue trabajo, sí se consigue», reconoce Luis Alberto. El Español recoge su evolución de 50-55 a 80-90 euros diarios
Pero el dinero es solo la mitad de la historia. La otra mitad la cuenta la distancia: «Lo más difícil para todo inmigrante es dejar a su familia. Son muchos kilómetros de distancia y es difícil el día a día». Luis Alberto trabaja seis días a la semana y reconoce que la ausencia de sus seres queridos pesa especialmente. «Estando aquí solo y la verdad es tremendo, es muy duro y difícil». La justificación —si es que hacer falta— está en el motivo que le llevó a emigrar: buscar mejores oportunidades para él y su familia. La Prensa recoge el testimonio de Luis Alberto sobre su familia y su emigración Es la economía del sacrificio traducida a su expresión más literal: alguien cruza un océano, aprende otro idioma de oficio, empieza desde abajo y se pasa seis días a la semana levantando paredes para buscar un futuro mejor para los suyos. El sector que entra en lo que la patronal ya llama crisis estructural descansa, en buena parte, sobre espaldas como la suya. La pregunta que queda sobre la mesa es si un modelo que depende de la disposición de personas como Luis Alberto a pagar el coste emocional de la distancia es un modelo sostenible o un parche temporal sobre una herida que nadie quiere curar de raíz.
Imagen | Life Of Pix (vía Pexels)
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