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Los tratados de libre comercio de Trump y Johnson son castillos en el aire: tampoco son la solución al desastre del Brexit

Los tratados de libre comercio de Trump y Johnson son castillos en el aire: tampoco son la solución al desastre del Brexit
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El enigma electoral se ha resuelto finalmente hace unos días. Boris Johnson se ha alzado con una aplastante victoria que aleja toda sombra de duda sobre el fatuo destino del Reino Unido, y deja meridianamente clara la hoja de ruta de un Brexit que va a ser sí o sí, o requetesí, y a cualquier precio. Un precio que para unos arroja cuantiosos beneficios particulares, mientras que para el conjunto del país que va a pagar ese precio va además a arrojar muy probablemente abultadas pérdidas socioeconómicas.

Tras el día "B" de la sentencia del "B"rexit, ya no tiene sentido centrarse una vez más en las cuantiosas mentiras populistas vertidas en la campaña; unas mentiras que enarbolaban unos supuestos beneficios socioeconómicos por dejar Europa que no son ni castillos, si no que son directamente chabolas en el aire. Pero lo que verdaderamente toca ahora es pasar a analizar qué va a ocurrir a partir de este punto, y entonces sí que entraremos en las consecuencias de la nueva ronda de falsedades divulgadas intencionadamente, porque lo que sí es cierto es que, aparte de falsas, las consecuencias del Brexit serán severas, y además pueden llegar a partir de ahora en un breve plazo de tiempo, a la vista de la nueva distribución del poder político en Londres.

Ahora Trump y Johnson vuelven a enarbolar la esperanza irreal de que el Brexit va a ser todo un rotundo éxito, y que sus tratados de libre comercio van a reemplazar al comercio con la UE. Eso estaría fenomenal, sólo que hay un pequeño problema: las cifras no encajan ni de lejos, y lo que es peor, no encajan ni en los escenarios más desaforada e intencionadamente optimistas.

Realmente la elección estaba muy (pero que muy) difícil, por no decir imposible

Tras La Nueva Ola De Mentiras Del Brexit En La Campana Electoral Su Sentencia Es Inevitable 2

Realmente, en el dictado de esta sentencia electoral, el pueblo británico se ha visto forzado a elegir entre Guatemala o Guatepeor (mis disculpas a nuestros queridos guatelmaltecos, pero es un dicho local sin acritud), y algunos confesaban que les entraban ganas incluso de votar a Mr Bean: ya puestos a llorar, que al menos fuese de la risa. Porque no sólo muchos ya veían que Jeremy Corbyn no tenía el más mínimo carisma ni sex-appeal político: es que además las políticas socioeconómicas que prometía les ponían los pelos de punta a buena parte de los siempre (hasta el Brexit) muy financieros británicos. Las ideas socioeconómicas de Corbyn realmente despertaban muy pocas simpatías en las islas, lo que ha hecho que incluso muchos le hayan votado estrictamente por el pavor que justificadamente muchos ciudadanos sienten ante el sí o sí del Brexit de Johnson: si no hubiese sido por esa polarización, muy probablemente Corbyn habría cosechado un resultado todavía peor (y el que ha obtenido ha sido ya un auténtico desastre). Por otro lado, ¡De Johnson qué se puede decir! El hombre habla elocuentemente por sí mismo en (casi) cualquiera de sus apariciones.

Y el tema es que de Corbyn no sólo era mayormente radical su agenda política, lo que ha llevado a figuras de la talla de Bernard-Henri Lévy a decir abiertamente que Corbyn era tan temible como el propio Brexit: también era igualmente radical su agenda socioeconómica. Porque, sin entrar a juzgar otras intenciones de futuro como son las encaminadas a refundar el capitalismo según hemos reclamado desde aquí, Corbyn ha llegado a prometer en campaña iniciativas con más sabor a rancio rancísimo que olor a frescos vientos de futuro.

Entre ellas había propuestas que, ciertamente, debían ser calificadas como poco de profundamente inquietantes. Así, podemos citar por ejemplo cómo Corbyn abogaba por multiplicar casi sin control (y sin casi) el gasto público (algo en común en cierto grado con Johnson, por cierto) hasta llevarlo a niveles desconocidos para toda una generación. Corbyn también había llegado a prometer nacionalizar British Telecom y otras "utilities" de servicios a los ciudadanos, así como un compromiso para traspasar el 10% de esas empresas a sus trabajadores. Y Corbyn hace semejante promesa redistributiva "por las bravas", sin apenas especificar siquiera en base a qué ecuación se haría la reasignación, ni si sería mínimamente razonable al hacerla a lo largo de un plazo de tiempo dilatado, en base a productividad u otros parámetros que promuevan la eficiencia, y sufragada mediante algún tipo viable de ampliación progresiva de capital. (Casi) nada de nada: puro titular y promesa de café para todos.

Igualmente, Corbyn también había prometido acumular un stock de vivienda pública masivo, sobre el que poco más se sabe, ni acerca de su muy importante financiación, ni de cómo se gestionaría para que no rompa el mercado inmobiliario, o acerca de cómo sus beneficios de distribuirían de forma justa entre los ciudadanos y en base a qué criterios (algo más) detallados. De nuevo, Corbyn parecía limitarse más bien a zarandear las ramas de un cafetal, y a animar a los ciudadanos a votarle trayendo su taza de café, para que se la rellenasen diligentemente. Pero Corbyn sí que había manifestado públicamente sus intenciones acerca de cómo financiar "a grosso modo" todo ese desorbitado gasto público en un plano más general: obviamente, no podía ser de otra forma mas que subiendo de manera muy importante los impuestos, y más concretamente a las empresas y al 5% más rico del país. Acerca de cómo apuntalar el crecimiento económico en semejante contexto por supuesto no dijo ni una sola palabra, pero inevitablemente sus proyecciones económicas iban a fallar más que una "escopeta de feria".

Los cálculos exactos acerca de cómo puede salir de esas partidas fiscales semejante lluvia de miles de millones no se sabe bien si no los ha mostrado para evitar la certeza de una estampida empresarial y de capitales todavía mayor que la del Brexit, o si es que ni siquieran los habían calculado. Este último extremo tampoco sería de extrañar, dada la irresponsable costumbre de priorizar objetivos frente a viabilidades por parte de los ciertos sectores adalides del populismo económico más visceral y felizmente ocurrente.

Pero el veredicto ha llegado, y con él llegará el daño socioeconómico, severo o insoportable dependiendo de la implementación final

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Finalmente, el eterno culebrón del Brexit ya ha alcanzado los colmillos de la letal cobra que serpenteaba amenazante desde hace trimestres. El veneno socioeconómico está a punto de ser inoculado en forma de ralentización económica, pérdida de poder adquisitivo, descenso del comercio y las exportaciones, y finalmente desempleo para todos. Sí, esto se traducirá en última instancia muy probablemente en mayor paro en las islas británicas (tan sólo pendiente de descubrir su grado), con el evidente riesgo de inestabilidad social, y de que acaben surgiendo "rescatadores" nacionales de último recurso, que ganarán adeptos a base de azuzar con discursos políticos como los basados en la xenofobia y las mentiras populistas, que ya en campaña del Brexit han hecho acto de presencia en recurrentes ocasiones, calando hondo en unos cuántos electores. Y que conste que Europa también puede y debe sacar alguna auto-crítica constructiva de todo este lamentable asunto, puesto que el Brexit, aunque sea una "metida de gambón" de titularidad británica, supone uno de los mayores errores cometidos en la historia y en el conjunto de la Unión Europea, como bien decía recientemente Donald Tusk en esta interesantísima entrevista.

Pero al fin y al cabo es Reino Unido (y no otros) quien apuesta por volver a la época de las catacumbas y las líneas socioeconómicas al estilo Maginot, en la cual la argamasa de Europa ya pierde en territorio británico su capacidad de catalizador aglutinante, y pasará a ser (todavía con más intensidad) el enemigo único al que cargar todas las culpas de los errores de gestión locales. Se corre el muy probable riesgo de que los políticos británicos alimenten oportunistamente el odio contra Bruselas hasta límites cuasi-bélicos, contra los franceses, contra los alemanes, y contra cualquier otro país europeo cuyas acciones sean susceptibles de poder ser utilizadas para eclipsar errores de bulto propios, algo que puede acabar siendo muy apetecible por otro lado, en un escenario de desastre socioeconómico como es que se les avecina en las islas británicas. No hay mejor recurso político con la especie humana que señalar con el dedo a siniestros poderes fácticos extranjeros, atizando con un palo el avispero incontrolable de los sentimientos más nacionalistas. Así hemos estado enfrascados en guerras contínuas en el Viejo Continente durante tantos siglos, y así quieren algunos que acabemos de nuevo ahora, al siniestro grito de ¡Viva la muerte (de otros)! Y eso por no hablar de que esos mismos sentimientos nacionalistas amenazan con hacer saltar por los aires incluso al propio Reino (des)Unido.

Pero no podemos cerrar este artículo sin llamar la atención sobre cómo, una vez más, en la última campaña electoral del Brexit en Gran Bretaña, de nuevo las mentiras socioeconómicas más crudas y vergonzantes han hecho acto de presencia. Una vez que desde el referendum del Brexit ya había quedado demostrado el daño que éste iba a suponer para los ciudadanos británicos, en su afán por destruir Europa, la propaganda ha pasado a prometer mieles con las que dejen de escocer las futuras heridas. Muy significativamente, el primero en participar de esta nueva forma de dar una esperanza que azuzase la continuidad del sentimiento "Brexiteer" fue Donald Trump, que no sólo nos envió al tóxico Steve Bannon a Europa para catalizar nuestra auto-destrucción, sino que además demostró querer acabar de socavar los cimientos más europeístas en territorio insular británico prometiendo efectistas tratados comerciales "de consolación" a Londres. Trump llegó incluso a invitar a su campaña presidencial de 2016 al extremista Nigel Farage (algo que podría volver a repetirse en las elecciones de 2020), y hace tan sólo unas horas Trump ha vuelto a insuflar esperanzas a los británicos con la esperanza espectral del "bálsamo del tigre" en forma de tratado de libre comercio EEUU-GB. El objetivo no era (y no es) otro sino que estas promesas les permitiesen a la británicos seguir aferrándose a la ilusa idea de que con el Brexit les va a ir fenomenal de la muerte. En esta misma línea, los Brexiteers han recrudecido su propaganda económica, uniendo a la promesa de un tratado de libre comercio con EEUU, otros con Australia o Nueva Zelanda.

Desde estas líneas siempre hemos censurado que: ¡Como si fuese tan fácil conquistar nuevos mercados! Algo especialmente cierto en mercados desarrollados ya maduros como los tan banalmente propuestos, y que ya están abastecidos por todo tipo de productores nacionales y otros importadores, siendo allí todavía más difícil hacerse un (gran) hueco (muy) rápidamente. Parece que unos cuantos ilusos "Brexiteers" piensan que, para lograr unos volúmenes de exportación tan relevantes como los que actualmente tiene Reino Unido con Europa, les bastaría con firmar tres o cuatro tratadillos y ya está. Pues no, para empezar, es prácticamente imposible que esos nuevos volúmenes (ni en sus proyecciones más optimistas) puedan reemplazar a los europeos; pero es que además un mero tratado es sólo el principio del principio: con ese tratado en la mano, luego hay que empezar a vender a espuertas. Y puede ser que Gran Bretaña pudiera conseguir algo así en algún futuro a (muy) largo plazo, pero ni se va a cubrir ni de lejos el volumen de las exportaciones de todos los sectores británicos que en la actualidad dependen vitalmente de Europa, ni el nivel de exportación que marca la supervivencia de las pocas industrias afortunadas que se hagan un nuevo hueco va a llegar ni en el corto ni en el medio plazo.

Pero ahora va y llega la necesaria demostración con los datos en la mano de lo que ya fue nuestro análisis inicial en un plano más racional hace varios años. Aún asumiendo que esos tratados se llegasen a firmar en los términos que necesita tan vitalmente Reino Unido (lo cual ya es mucho asumir), las cifras no encajan ni en los sueños "Brexiteers" más húmedos. Según habrán podido leer en el enlace anterior, ha sido un reconocido panel de expertos independientes del Observatorio de la Política Comercial de Reino Unido (UK Trade Policy Observatory o UKTPO) el que, más allá de eslóganes fervorosos, ha cogido el lápiz y se ha puesto a hacer de verdad las cuentas del comercio internacional británico. Y como desde aquí ya sospechábamos "a grosso modo" desde hace tiempo, las cuentas no salen ni de lejos. Los datos son que esos enarbolados tratados de libre comercio, ni aun que se firmasen de la forma más favorable a Gran Bretaña, llegarían apenas a impulsar la economía británica en un famélico 0,4%. Sin embargo, este panel estima que la ruptura con Europa supondrá amputar a la economía británica sin apenas anestesia "al menos" un 1.8%.

Tengan en cuenta que, además, esta cifra de mínimos minimísimos lo es sólo para empezar, puesto que en este tipo de tsunamis económicos hay siempre cuantiosos efectos indirectos y de segunda ronda, y de tercera, y cuarta y etc etc etc... Con todo, los datos muestran que Reino Unido ha decidido pues sumergirse en una crisis comparable en magnitud como mínimo a la pasada y fatídica Gran Recesión. Casi nada. Pero aún hay más, y es que además, si algo tienen las crisis, es que se realimentan a sí mismas, y este complejo efecto macro-económico es literalmente incuantificable a priori. Vayan sumando más números rojos trimestre británico tras trimestre británico... Les dejo un sacapuntas para su lápiz rojo.

Pero nada, todo cabe sobre el papel de los pasquines de la propaganda más cruda: cuando la realidad se demuestre, me temo que el objetivo es que ya no haya escapatoria ni mental ni física. Y casualmente, una de las voces políticas que más reiteradamente ha denunciado en Gran Bretaña las injerencias políticas y socioeconómicas por parte de ciertas potencias extranjeras, ha sido víctima de un ataque cibernético minuciosamente diseñado y dirigido certeramente contra él, proveniente precisamente del país cuyas injerencias masivas denuncia. ¡Oh, casualidad! Es de esas cosas que acaban por confirmar lo ya evidente (sólo para algunos), y que sin embargo bien deberían quitarnos el sueño a todos.

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Ya no es que sean pocas las empresas británicas que se salvarán de la quema, sino es que a ver de qué viven en el mientras tanto, porque lo que está claro es que las mentiras del Brexit alimentan espíritus (poco críticos), pero serán incapaces de alimentar estómagos que rugirán en la que probablemente será noche británica más oscura de los tiempos del Imperio Británico. Ya les advertí hace tiempo que la propaganda a nivel internacional iba a tener uno de sus objetivos en lo económico, y es precisamente a base de propaganda socioeconómica despiadadamente inoculada con lo que están doblegando a Reino Unid. Y no sólo les está trayendo miseria política: en breve empezará a ser también terrible miseria socioeconómica.

Pero para cuando la mayoría de los británicos sean conscientes de ello (si es que en algún momento llegan a serlo), el daño ya estará hecho, será demasiado tarde, y muy probablemente entonces los submarinos de potencias enemigas extranjeras ya no se limiten a asomar la torreta en sus costas intimidatoriamente: es sólo entonces cuando los estrategas de esta guerra cibersocial nos revelarán cuál es la siguiente fase de su plan, muy probablemente tan pérfido como pérfida era la Pérfida Albión antes de sucumbir bajo su propia autodestrucción. O la fortaleza europea sube sus puentes levadizos (físicos, financieros y virtuales), o nuestros países irán cayendo uno tras otro, tal y como han caído ya otros antes...

Imágenes | Pixabay MabelAmber | Pixabay Alexas_Fotos | Pixabay geralt | Pixabay agnesliinnea

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