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En la ruleta comercial de Trump, al final podría ganar la banca (y perder las empresas)

En la ruleta comercial de Trump, al final podría ganar la banca (y perder las empresas)
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Se han escrito ya ríos de tinta sobre la visionaria idoneidad o lo tremendamente equívoco de la guerra arancelaria emprendida por Trump contra China y parte del resto del mundo, y especialmente sobre sus potenciales efectos sobre la economía y sobre las empresas.

Pero conforme los meses van pasando, el debate va dejando el lado más ideológico y teórico, y va entrando más en el terreno de la (triste) realidad avalada por los datos que la economía estadounidense (y también las economías del resto del mundo) van arrojando. Y sí, los aranceles parece que están surtiendo efectos inesperados… ¿O tal vez eran precisamente los esperados?

Nadie negaba aquí la insostenibilidad de una deslocalización masiva y sin planificar

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A modo meramente introductorio para aquellos lectores que se aproximan a nuestras líneas por primera vez, les diré aquí que no estoy cuestionando en absoluto el hecho de que la globalización tal y como estaba planteada era insostenible. Efectivamente, como ya advertimos hace años, una mera deslocalización masiva ávida de costes salariales ínfimos, siendo totalmente anárquica y sin la menor planificación, no podía resultar en otra cosa más que en una crisis socioeconómica en las economías desarrolladas, con su inevitable derivada política y social.

Huelga decir lo que ya les hemos afirmado en otras ocasiones: la mejor solución para este complejo problema es que no hubiese llegado a ocurrir, impactando gravemente a nuestras socioeconomías. Ahora bien, cuando el daño ya está hecho, no es nuestro objetivo afirmar con indiferencia y autosuficiencia un ramplón “yo ya lo dije”, sino seguir analizando la realidad socioeconómica del momento, para tratar de encontrar la mejor solución posible para salir de la encrucijada. O al menos la solución “menos peor”, dado el caso, porque mucho me temo que, llegados a este punto, apenas hay probabilidad de encontrar o implementar una solución buena.

Como en todo conflicto, las primeras víctimas no tardaron en llegar

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Durante su campaña, Trump ya habló profusamente de aquel “The Orb” que simbolizaba el enemigo único de la globalización, y se podía entrever que iba a atacarlo sin piedad. Así ha sido, y los ataques han llegado a base de arancel va y arancel viene, en una espiral de agresiones mutuas en la que China tampoco se ha quedado de brazos cruzados, a pesar de ser evidentemente la parte más vulnerable en lo que a exportaciones se refiere. No hace falta recordar, que, cargada la escopeta arancelaria con multitud de perdigones, alguno desperdigado ha acabado por impactar en terceros países, habiendo asistido en su momento a espirales dialécticas en torno al acero incluso con su tradicional aliado europeo.

Pero dejándonos de meros debates conceptuales y teóricos, fuimos de los primeros medios en anticiparles la que podía estar cayéndoles a las empresas estadounidenses con esta guerra sin cuartel a base de arancel. Efectivamente, ya les analizamos cómo Ford fue uno de los primeros casos de impacto empresarial de los proyectiles arancelarios, y no se trata de ninguna empresa china (que obviamente también lo sentirán a pesar de la opacidad de sus cifras), sino que la damnificada es una emblemática empresa estadounidense. Era lógico que un gigante como Ford fuese de los primeros en sentir la dentellada, puesto que la guerra del acero fue una de las primeras contiendas de este conflicto y el sector automovilístico es uno de sus principales consumidores.

Pero el reguero de sangre se fue haciendo arroyo, y fue ganando caudal a pesar de las justificaciones de algunos sectores de que esas cifras tan negativas de Ford eran debidas a la ineficiencia de una empresa mal gestionada, que sólo trataba de tapar sus propias vergüenzas al calor de la guerra comercial culpabilizando a Trump. A las malas cifras de Ford se sumaron en poco tiempo los anuncios de despidos también de su prima-hermana GM, y fue muy airada la pataleta de Trump cuando saltó la noticia. Se van disipando los argumentos de que lo de Ford era sólo porque es un caso excepcionalmente mal gestionado, y todo apunta a que es el sector del automóvil al completo el que está sufriendo en sus propias carnes el encarnizado conflicto arancelario.

No es sólo el sector automovilístico el que está pagando los platos rotos…

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Pero cuando parecía que el impacto de los proyectiles arancelarios estaba confinado a un sector en particular, llegan las cifras globales. Ya no hay lugar a dudas, y la realidad de los datos muestra cómo las empresas estadounidenses están soportando una importante carga económica extra, que obviamente en algún momento acabará repercutiéndose al consumidor final: es decir, al ciudadano de la emblemática y sufrida calle de Main Street.

Como pueden leer en esta noticia, las cifras de recaudación gubernamental en concepto de aranceles muestran muy claramente la realidad: la guerra arancelaria está siendo muy rentable para el gobierno federal (al menos en el corto plazo). De hecho, la recaudación por este concepto asciende en Octubre de 2018 en términos interanuales un 104% respecto al mismo periodo de 2017, alcanzado los 6.200 millones de dólares sólo en este mes. Con ello, se sitúa en máximos históricos nunca vistos desde la creación de las políticas arancelarias estadounidenses allá por 1913 (en valor nominal tras descontar el efecto de la inflación), cuando la financiación estatal era principalmente por esta vía. No se puede decir otra cosa: la guerra arancelaria ha supuesto en la práctica una nueva forma de fiscalizar los beneficios de las empresas.

Con la deuda estadounidense en máximos históricos (e histéricos), un saldo recaudatorio positivo no viene nada mal…

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Resulta obvio que la guerra arancelaria pretendía librar una airada contienda comercial con la exportadora China, pero no es menos obvio que las finanzas estadounidenses pasan por un complicado momento debido a su abultada (para algunos incluso insostenible) deuda. De hecho, desde estas líneas ya les analizamos cómo la otra gran apuesta del presidente Trump de acometer unas rebajas fiscales masivas podría aumentar de forma importante la deuda estadounidense, puesto que podría ser que la merma de ingresos no se viese compensada por las expectativas de reactivación económica y la consiguiente recaudación: ello podría acabar implicando más déficit y… como no, más deuda.

Así que no vamos a afirmar desde estas líneas lo que no sabemos, ni vamos a buscar oscuras intenciones en una guerra arancelaria que se supone que tenía como único y justo objetivo un comercio más sostenible para EEUU. Pero lo cierto es que esos aranceles blandidos a diestro y siniestro han supuesto un suculento trasvase de fondos del sector empresarial a las arcas públicas, en un momento en el que los números gubernamentales siguen sin cuadrar. No hace falta decir que este problema de deuda al presidente Trump le viene mayormente heredado de administraciones anteriores: el sobreendeudamiento estadounidense viene de largo. Pero no es menos cierto que, como decíamos, sus rebajas fiscales han podido agravar (y mucho) la situación.

Pero… ¿Era la fiesta de “Aranceles para todos” la mejor forma de atajar el problema?

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Desde luego, con los aranceles ha pasado lo que tenía que pasar en unas economías inevitablemente entrelazadas por la globalización, y en la que los sectores, las industrias, las fábricas y los empleos dependen en una u otra medida de materias primas, proveedores, fabricantes y hasta inversores y empleadores foráneos. Siempre dijimos que una guerra arancelaria en un entorno de globalización masiva podría tener consecuencias imprevisibles, dada la complejidad de la maraña de relaciones comerciales y financieras establecidas a lo largo de décadas de progresiva globalización. Pero, ¿Había otra manera de devolver a la globalización a la senda de la sostenibilidad para las economías desarrolladas?

Pues es ésta y no otra la pregunta del millón en todo este asunto. Y la respuesta más visceral es que no, que no había otra forma de atajar la situación mas que atacar al oponente económico donde más le duele para doblegarlo, con la esperanza de que el daño infligido al otro fuese mucho mayor que el propio. Pero resulta obvio que con una satanización del comercio internacional, en el que todos participamos, somos también todos los que vamos a acabar perdiendo.

La solución ideal debería haber sido otra, y no la más visceral y belicosa que ya tiñó la campaña electoral hace un par de años. Efectivamente, con diplomacia (y dólares), Occidente ya fue consiguiendo progresivamente cierto aperturismo económico en la hasta entonces hermética China. Tras décadas de ostracismo económico y extrema pobreza de arrozales, desde que Deng Xiaoping emprendiese su política aperturista con aquellas primigenias zonas de experimentación económica, el gigante comunista empezó a abrazar el capitalismo más estatalizado, hasta convertir hoy por hoy a ciudades como Shenzhen en cuna tecnológica rivalizando con el mismísimo Silicon Valley.

Pero aquel proceso de aperturismo progresivo se extendió literalmente a lo largo de varias décadas, durante las cuales las economías globales se fueron entrelazando, y estableciendo fuertes interdependencias unas de otras a nivel global. Aspirar a deshacer esta profunda interrelación en apenas un par de años era tarea suicidamente imposible, pero ¿Había tiempo para la diplomacia y para poner en práctica otro tipo de políticas más graduales y menos agresivas?

El problema es que al lobo de la globalización se le vieron las orejas tarde, mal y nunca. En un EEUU atenazado por la crisis económica, con zonas con altos niveles de exclusión social, con condados azotados por el desempleo agravado por la Gran Recesión, con una población que se abandonaba a la ilusión de los paraísos artificiales con la terrible crisis de opiáceos… mucho me temo que tiempo, lo que se dice tiempo, tal vez lo hubiese en un universo donde nunca deja de discurrir, pero lo que está claro es que no se medía en segundos, sino en víctimas (y en muchos casos mortales).

El no haberse puesto antes solucionar el problema nos hizo quedarnos sin tiempo antes de empezar

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¿Y sin tiempo qué otra opción podía haber? En la estrategia militar, cuando no se dispone de margen temporal para una contienda larga y extensa en el tiempo, se suele optar por una acción relámpago que, con contundencia, inflija al enemigo un daño máximo en el menor tiempo posible, al fin de atemorizarle y, finalmente, doblegarle. Así, parece que la visceral táctica de Trump tiene realmente tintes bélicos, y no se puede descartar que esté más planificada que desde la simple y habitual visceralidad de sus actitudes más mediáticas (y mayormente tuiteras).

De nuevo, no vamos a afirmarles desde estas líneas lo que no sabemos ni podemos llegar a saber. Pero “la prueba del algodón” vendrá en cómo Trump afronte la era de la post-globalización. Una vez que ha sentido el dolor de la guerra arancelaria en sus propias empresas, una vez que ha China ha estado vitalmente amenazada y necesitada de una solución, una vez que la senda de la (relativa) normalidad puede estar volviendo a las relaciones EEUU-China, habrá que ver cómo va Trump evolucionando sus políticas. A pesar de la agradable noticia de unos aranceles rentables para sus cuentas públicas, si Trump opta por volver a apostar de nuevo por el comercio internacional una vez que ha sido “reencaminado” hacia una senda más sostenible para todos, su estrategia más militar se habrá probado cierta (y exitosa).

Por el contrario, si la espiral comercial de agresión mutua es retomada por iniciativa del presidente, lo que se probará cierta es la visceralidad de su guerra comercial, cuya imprevisibilidad en los plazos más largos se tornará en la certeza del paso del “aranceles para todos” al “daño para todos”… incluidas unas empresas patrias para las que se ha encontrado una nueva forma de fiscalizar por un lado, mientras se les regalan rebajas fiscales por otro (aunque realmente ahora mismo haya una importante diferencia en importes entre ambas). Y como les decía, lo que es seguro es que los que acabarán pagando la cuenta serán los consumidores y ciudadanos.

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El culebrón de la socioeconomía es siempre apasionante, y en el próximo capítulo se desvelará ya si en este asalto al convoy, con tintes del lejano oeste, hay compinches en la diligencia que entregan sus pertenencias disimuladamente, sabedores de que el que recauda está de su lado y posteriormente se las va a devolver. Sería de esperar que, además, se les devolviese lo suyo junto con los beneficios tangibles del simulacro ante los forasteros, cuyo botín era el verdadero objetivo de toda la pantomima.

Las otras opciones para el desenlace son que el atraco fuese real y visceral aunque lo sufriesen todos los viajeros. O que el atraco fuese planificadamente institucional al son de "la banca siempre gana". O que no hubiese ningún asalto y que todo fuese sólo un mal sueño que ha pasado. Perdonen por el spoiler, pero las series son así: nunca se sabe que va a ocurrir finalmente, hasta que los guionistas quieren desvelar el último capítulo. Y casi siempre nos acaban sorprendiendo, o dejándonos con la duda como entradilla a la siguiente temporada. Y aquí, la segunda temporada sería un segundo mandato de Trump al que ya veremos si llega... Tal vez esta serie tenga una primera y única temporada, y nos deje con la incógnita para la posteridad...

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