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El Nobel del cambio climático se sincera y cuenta por qué se hacen las cosas mal con la tasa del carbono

El Nobel del cambio climático se sincera y cuenta por qué se hacen las cosas mal con la tasa del carbono
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En el siempre encendido debate sobre el cambio climático, a menudo los datos y argumentos se limitan a la evolución de la meteorología y el clima. Son habituales las espirales dialécticas, que además escalan vertiginosamente, en la que unos acusan vehementemente a otros de “calentólogos” y otros a unos de destruir el planeta.

Pero hay una parte del debate que rara vez se aborda, siendo además una de las más interesante. Habiendo países que han apostado decididamente desde el principio por reducir sus emisiones de gases efecto invernadero, y que ya cuentan con dilatada experiencia de campo en las políticas que han puesto en marcha para ello, es momento de evaluar cómo se han implementado las políticas anti-cambio climático y, sobre todo, si están obteniendo buenos resultados.

De los gases efecto invernadero al cambio climático

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No vamos a profundizar apenas en un tema ya tan manido como es el del cambio climático. Aparte de ser un debate ya muy manido para los estándares habituales de estas líneas, el caso es que aun así ya lo hemos abordado en ocasiones anteriores específicas sobre este tema, o desde un plano más general como es el de la economía circular o el de la “emergente cultura del ¿Se puede reparar?”. Y simplemente por hacerles una reseña al "estado del arte" en este eterno debate, incluso en el "petrofílico" EEUU, una de las cosas de las que más se habla últimamente es del famoso" New Green Deal" que aspira a revertir el carbonífero panorama nacional.

Tratando además de ser objetivos, dentro de una ligera subjetividad que a veces nos permitimos, igualmente hemos analizado cómo la conversión masiva de la economía a un mundo sin (o con mucho menos) petróleo, lo cual también tendría sus grandes dificultades para todos. No piensen que cambiar masivamente de modelo energético es tarea fácil: tal vez ni siquiera sea viable, al menos en los plazos en los que lo necesitamos acometer.

El tema del cambio climático y la “economía petrolizada” es una cuestión realmente compleja, y sería un error quedarse en la superficie con los argumentos más inmediatos. Al entrar en profundidad, aflora una extensa gama de grises, con la cual se toma conciencia de que, para nuestra desgracia, no hay solución buena. El caso es que nos vemos abocados a elegir la solución que sea “menos peor”, y, a juzgar por la evolución de los acontecimientos, una de las alternativas parece llevar a un fin seguro en algún momento del futuro, así que habrá que plantearse si el otro camino resulta más alentador.

¿Cómo se ha luchado hasta ahora contra el cambio climático? ¿Se ha tenido éxito?

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Y ese “ver si resulta más alentador” pasa inevitablemente por evaluar lo que se ha hecho, y para qué ha servido. Empezaremos por analizar el “qué” se ha hecho hasta el momento en los países más avanzados en la lucha contra lo que en algunos países no dudan en calificar como “la catástrofe del clima".

Recientemente, el New York Times publicó un interesante artículo en el cual entrevistaba a una de las voces más reputadas en el campo de la lucha contra el cambio climático. Es ni más ni menos que el premio Nobel William Nordhaus, un economista norteamericano de la Universidad de Yale al que se le dio el reputado reconocimiento precisamente por su contribución en la integración del cambio climático en el análisis macroeconómico del largo plazo.

Como pueden comprobar, su premio Nobel no es uno cualquiera, sino todo lo contrario: parece ser la persona idónea a la que escuchar en el tema de hoy. Y vamos a ver de la mano del artículo del NYT y de este señor ese "qué" que les decía antes. Y que conste que no sólo las tesis de este experto climático son hechas a título personal y profesional, Norhaus ha visto cómo su trabajo ha sido reconocido por instituciones y gobiernos de todo el mundo, habiendo incluso sido sus tesis incluso tenidas en cuenta en diversos informes de Naciones Unidas sobre el cambio climático y la amenaza global que supone para todo el planeta.

Las posibles implementaciones que se han adoptado hasta el momento en políticas anti-cambio climático se pueden agrupar principalmente en dos grupos. Por un lado están las políticas basadas en un tope anual de emisiones para cada país. En paralelo a este límite, se crea un mercado de compra-venta de derechos de emisión para dar a los que sobrepasen su límite la opción de comprar en el mercado los derechos sobrantes de otros países que hayan emitido menos de lo que podían.

De esta manera, se pretendía cumplir con un máximo de emisiones global, pero al mismo tiempo no limitar por decreto un máximo cuya superación implicase dejar de emitir CO2 radicalmente, dañando al tejido productivo de forma directa (la posibilidad indirecta sería que esos derechos sean tan caros que la actividad se dañe igualmente). Además, algunos sectores sociales veían en este mercado de derechos una forma justa de equilibrar desarrollo y conservación del medio ambiente entre países desarrollados y países en vías de desarrollo.

Pero, se pongan como se pongan, este primer grupo de medidas anti-cambio climático obviamente se basa de alguna manera en fiscalizar y penalizar económicamente las emisiones de gases efecto invernadero de forma directa. El otro gran grupo diferenciado de políticas anti-cambio climático se basa exactamente en lo contrario. Con este segundo grupo se pretende igualmente desincentivar las emisiones de CO2, pero en vez de hacerlo imponiendo un peaje directo a las emisiones, tratan de hacerlo dando premiando a los que menos contaminen.

Así por ejemplo, políticas que se enmarcarían en esta "fiscalización positiva", serían ofrecer a empresas y hogares un bono de descuento en terceros servicios universales para aquellos que contribuyan más a revertir el cambio climático. El objetivo que se persigue es el mismo, y aunque no se crea un mercado regulador entre los países más contaminantes y los menos, lo cierto es que el objetivo principal a perseguir debe ser reducir unas emisiones que dañan el planeta, y que acabarán por dañar el tejido socioeconómico en un grado severo en los plazos más largos.

Las políticas anti-cambio climático ya tienen experiencia de campo, pero no alientan mucho a la esperanza

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Pues bien, vaya por delante que Nordhaus ha afirmado contundentemente que la política de la tasa del carbono "ha sido un fracaso catastrófico en Unión Europea". Un fracaso doblemente doloroso (tanto para el clima como para los que se preocupan por él), especialmente cuando la Unión Europea era la superpotencia estandarte por excelencia en la lucha contra el cambio climático.

Pero más allá del mero análisis superficial, entremos un poco más en detalle, y analicemos por qué la tasa de carbono europea ha sido un sonoro fracaso incluso por boca de voces claramente anti-cambio climático como Nordhaus. Como bien resumía el NYT, el gran error de diseño de la tasa de carbono implementada en Europa es que se basa en las estimaciones a futuro de las emisiones de carbono de cada país.

Efectivamente, ese futuro casi siempre impredecible, se pretendía medir temerariamente en dinero contante y sonante, y con importantes implicaciones para el tejido productivo y para las socioeconomías europeas. En Europa lo que ocurrió es que esas estimaciones fueron bastante inexactas, con lo que toda la política pro-clima y el mercado de derechos de emisión fue arrastrado al fracaso.

Lo que pasó en Europa exactamente es que, en el momento en el que arrancó el nuevo sistema, la proyección de las emisiones de carbono europeas eran bastante altas, pero tras unos años éstas han caído considerablemente. Como consecuencia, el mercado de derechos de emisión se desplomó, y cayó desde el entorno de los 30$ o 40$ por tonelada al orden de las unidades de dólar. El resultado es que comprar derechos para seguir contaminando ha resultado ser tan barato, que no ha tenido ningún efecto sobre los grandes contaminantes del viejo continente.

Igualmente, por el otro lado de la balanza, si el mercado de derechos de emisión se hubiese disparado por el motivo que fuere, las empresas europeas se estarían enfrentando a un terrible problema económico, por el cual tal vez deberían dejar literalmente de producir para no incurrir en pérdidas. Y esto supone un daño económico innecesario, que habría acabado teniendo un alto impacto en los niveles de producción y de empleo, pudiendo haber llegado a empobrecer al continente, sin más límite que el que hubiese alcanzado un precio del derecho de emisión que podíá haberse disparado.

Pero, aparte del modelo europeo, hay otra variante de entre las fiscalizadoras que ponen un impuesto a las emisiones de carbono. Es la opción fiscal más directa y más obvia, y se basa en poner un impuesto directo a las emisiones, sin crear mercado ni permitir la compra-venta de derechos, y evitando la osada predicción a futuro de las emisiones que iba a tener cada país. Esta opción tiene otros problemas, derivado se su propio carácter fijo e inflexible. El impuesto directo con el que se penalizarían las emisiones en este caso estaría totalmente desligado de ningún tipo de objetivo de emisiones global, que precisamente debería ser uno de los factores de diseño más primordiales.

Recuerden que el objetivo no es forzar por decreto a emitir cuanto menos CO2 mejor, dañando gratuitamente nuestra socioeconomía más allá de lo estrictamente necesario. El objetivo no es otro sino conseguir tener unas emisiones que, si bien pueden seguir siendo vertidas a la atmósfera, lo hagan en una medida que sea sostenible para el planeta, y no desencadenen el temido efecto invernadero más allá de los límites sostenibles para el clima y los ecosistemas. Por este motivo la tasa directa y fija sobre las emisiones de carbono tampoco es una buena opción.

Pero hay que reconocer que el fracaso europeo supone mucho más que unos millones de toneladas de CO2 de más en la atmósfera: supone un duro golpe para la esperanza de poder revertir la auto-destructiva tendencia que desde ciertos sectores se sigue negando, negando y "requetenegando". Rebaten airadamente que estemos acabando con el clima y con el planeta: al menos mayormente ya no niegan un cambio climático que ya es innegable, sino que ahora simplemente aducen que el cambio climático no es debido a las emisiones de gases de efecto invernadero. Pues será pues casualidad que esté ocurriendo precisamente ese efecto sobre el clima sobre el que los científicos nos venían advirtiendo desde hace lustros.

Los casos de implementaciones que sí que han tenido gran éxito, y de las cuales tenemos que aprender (y mucho)

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Pero no desesperen ni empiecen a mirarse las venas bajo el filo, para esperanza de todos hay lugares en donde sí que se han implantado políticas anti-cambio climático con mucho éxito. El problema pues no ha sido tanto el qué, sino más bien el cómo. Algo humanamente muy (pero que muy) comprensible, especialmente cuando nos estamos adentrando en un terreno socioeconómicamente inexplorado en el que podemos tener un objetivo claro, pero en el que sin duda tenemos mucho más que aprender que que enseñar.

Así que vamos a repasar los casos expuestos por el New York Times en el enlace anterior que sí que han tenido éxito. El modelo a imitar que emerge con más fuerza al preguntar a los expertos del sector es el implementado en el estado canadiense de la Columbia Británica. Allí se han alejado del modelo europeo de derechos de emisión, y también del impueto directo y fijo a las emisiones de carbono. Allí han apostado por un modelo híbrido, que a un tiempo desincentive las emisiones contaminates, pero que no dependa de estimaciones a futuro.

Lo que se ha puesto en marcha exactamente en este estado de norteamérica es elevar por defecto la factura eléctrica basada en emisiones contaminantes en 100$ anuales, pero al mismo tiempo establecer el incentivo de un descuento en el servicio de internet por el mismo importe. Lo que se persigue es tener un efecto neutro sobre la capacidad adquisitiva del consumidor, pero al mismo tiempo penalizar los bienes y productos producidos a costa de CO2, y favorecer a los considerados "limpios".

En la práctica supone un trasvase financiero de los sectores contaminantes a los no contaminantes, forzando a los primeros a reconvertirse a nuevas formas limpias de producir sus bienes y productos que les eviten el peaje climático. El "truco" de este sistema que se ha probado de éxito es establecer un sobrecoste a los contaminantes que sea a la vez asumible, pero les incentive a ir girando hacia una economía más limpia.

Adicionalmente, este modelo permite ir graduando la velocidad y cuantía de ese trasvase, y además hacia qué sectores quiere reconducirse en cada momento. Realmente este modelo parece que deja de estar basado en impredecibles especulaciones a futuro, pero aporta un útil grado de flexibilidad, que permite que los gobiernos tengan mayor capacidad de acción y reacción sobre los efectos finales de sus propias políticas.

Y a todo lo anterior hay que añadir otro factor si cabe más importante: no tiene coste político. Dado que no impacta en términos globales a la capacidad adquisitiva de los consumidores, éstos no van a castigar al político que implemente estas políticas. Esto es realmente es un factor clave para asegurar que las políticas se pongan en marcha, especialmente en países como Estados Unidos tradicionalmente tan opuestos a cualquier tipo de impuesto al carbono. El modelo de la Columbia Británica supone sin duda una versión muy dulce del impuesto.

Y ahora debemos finalizar concluyendo que lo que debemos hacer en Europa es reconocer que, si bien nuestro objetivo podía ser visionario en su momento con un cambio climático que se ha acabado demostrando que sí que iba a llegar, debemos ser igualmente capaces de hacer auto-crítica y reconocer que nos equivocamos totalmente con el método puesto en práctica para alcanzarlo. Léase la utilización de la primera persona del plural que estamos haciendo como un gesto de solidaridad como superpotencia europea de la que todos formamos parte, porque realmente desde estas líneas nunca hemos abogado por la implementación europea.

No obstante, el objetivo era el correcto, pero no nos ha evitado tener que hacer una necesaria catarsis. Algo que tampoco debe extrañar en exceso, puesto que lo malo de lanzarse a inventar un futuro que está por ver, es precisamente que éste tiene un carácter siempre impredecible, y hay muchas derivadas imprevistas que pueden tirar cualquier modelo abajo. Así nos ha pasado a los europeos, nos lanzamos a la piscina, y resulta que no había tanta agua como pensábamos. Como siempre que se inventa el futuro teniendo el objetivo adecuado, hay que demostrar resistencia al fracaso, fijarse en los otros que se han tirado con nosotros, corregir el tiro, y volverse a tirar de cabeza, pero esta vez tirarse donde el fondo es más profundo.

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No debemos olvidar que el fin último debe que como una de las superpotencias del planeta seamos capaces de poner coto a las emisiones de carbono, y reconvertir buena parte del tejido productivo y demás sectores penalizando con efectividad las energías sucias. Inevitablemente, para ello debemos aprender no sólo de nuestros propios errores, sino también de los aciertos de los demás. En este tema no estamos corriendo en una carrera a ganar en solitario: de forma ineludible ésta es una carrera en la que todas las socioeconomías formamos parte de un mismo y único equipo que, o bien consigue ser ganador, o bien será altamente probable que estamos corriendo la última carrera de la humanidad tal y como la conocemos.

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