Nuestros políticos no tienen mucha prisa por parar el trasvase fiscal de las multinacionales desde España hacia otros países

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La fiscalidad intra-europea ha venido siendo objeto de un agrio debate entre los socios de la Unión, al menos desde que el trasvase fiscal se ha convertido en una práctica de la que las multinacionales han empezado a abusar insosteniblemente, tensionando no sólo las cuentas fiscales de los estados “donantes”, sino concediendo a la vez onerosos réditos a aquellos países “receptores”.

Pero no crean que todo en este tema ha de juzgarse estrictamente por esta visión bipolar de dos grupos enfrentados porque, lejos de lo que podría pensarse a priori, resulta que hay países como España, a la que se supone que estas asimetrías fiscales le perjudican gravemente, que insólitamente ha tenido que ser amenazada por Bruselas para que las acabe aplicando, para beneficio de sus propias cuentas fiscales como España S.A.

El eterno debate europeo sobre las asimetrías fiscales intra-europeas

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Efectivamente, este debate ya no es ni un debate en torno a la libre competencia de las empresas en igualdad de oportunidades, independientemente de dónde radiquen su domicilio social dentro de Europa: eso sería ya tema más bien de la unión fiscal. Pero sin restar ni un ápice de importancia a que esa equidad sea igualmente muy importante, es que el tema de hoy es todavía más lacerante desde el prisma de la justicia más europeísta, al tratarse simple y llanamente de que los impuestos, que por actividad nacional le corresponde recaudar a un país, no puedan ser recaudados por otro. Pero lo que para unos países es reclamar justicia empresarial, para otros estados, que ya han configurado sus balanzas fiscales contando con los beneficios de esas asimetrías intra-europeas, el tema resulta en casi existencial. Desde aquí no es la primera vez que les escribimos sobre este tema, y siempre lo hemos tratado de hacer desde un prisma de objetividad, por el cual ni siquiera hemos querido entrar en el eterno debate sobre si “fiscalidad alta o fiscalidad baja”. Ése es un tema que desde aquí dejamos en manos de políticos con capacidad ejecutiva, y de economistas con ganas de ahondar en un debate ya más trillado que un campo de trigo, y en el que desde aquí poco más podemos aportar, además de no resultarnos atractivo. Una de las veces que en el pasado ya abordamos este asunto específicamente fue en concreto acerca de la tributación asimétrica de las grandes tecnológicas, que más que asimetría, lo cierto es que lo suyo es ese trasvase fiscal en toda regla que les exponía antes.

Algunos de esos análisis precedentes, y que enlazamos aquí a modo de antecedentes para los lectores menos habituales, son por ejemplo “¿Por qué las tecnológicas pagan tan pocos impuestos en España y qué se puede hacer para remediarlo?”, o cuando analizamos el porqué de que no fuese aceptable la respuesta de Apple a la multa multimillonaria impuesta por Bruselas, o algo similar con respecto a la posterior y también multimillonaria multa a Google y las consecuencias que podría acabar trayendo según analizamos también puntualmente. Y europeísmos o debates sobre fiscalidades aparte, lo cierto es que en estas líneas siempre hemos tratado de acercarnos a este tema desde la citada objetividad, dejando buenas muestras de ello por el camino. Así, aquí tanto hemos alabado figuras como la de la valiente Comisaria Europea de la Competencia, Margrethe Vestager, analizando sus directrices en defensa del consumidor europeo y su nuevo concepto de la Competencia 4.0, como también en otras ocasiones hemos criticado las decisiones de Bruselas con respecto a las todopoderosas GAFA (grandes tecnológicas estadounidenses: Google, Apple, Facebook, Amazon).

Pero por mucho que algunos puedan pensar, lo cierto es que, a pesar de que los años van pasando en la Vieja Europa, sin embargo en este debate las posiciones siguen bastante encontradas. Lejos de irse aproximando puntos de vista en el objetivo de la unión fiscal a conseguir como única salida de futuro para la Unión Europea, en la que sus ciudadanos afirman contundentemente que quieren más Europa (incluso después de las tensiones traídas con debacle del Coronavirus), la realidad es que los avances en este plano han sido más bien escasos (por no decir prácticamente inexistentes). De hecho, y precisamente sobre el tema de las “deslocalizaciones” de tributación entre países de la Unión, ha sido hace tan sólo unas semanas cuando hemos visto un golpe a las corrientes de Bruselas que tratan de conseguir cierta justicia fiscal: aquí las hay de cal y las hay de arena. Ahora ha sido tumbado el proyecto que lideraban países perjudicados como Francia, Italia o España, dando la victoria en esta nueva batalla fiscal a los países que mayormente se benefician como Luxemburgo, Irlanda o Malta.

Como ven, aquí queda guerra fiscal para rato, y desde estas líneas les insisto en que no vamos a entrar a juzgar si debería ganar la baja fiscalidad o la alta, y nos vamos a limitar exponer que en una Europa justa y unida debemos garantizar unas mismas reglas del juego para todos. Porque lo cierto es que la competencia fiscal puede resultar una idea inicialmente atractiva (en teoría), al permitir que los propios países europeos compitan fiscalmente unos con otros, lo que suponen algunos sólo sería para beneficio de los contribuyentes. Pero lo cierto es que en la práctica sólo está haciendo que unos países cronifiquen sus mejorables fiscalidades y desequilibrios, mientras que otros disfrutan de ingresos que no les corresponden realmente por su generación allende sus fronteras. Además, estos últimos a la vez retuercen sin miramiento la legislación europea para conseguir sus objetivos atractores de impuestos, aprovechándose del mercado único y de la libre circulación de capitales sólo para lo que les interesa en este caso: llevársela blanca a costa de los mercados nacionales de otros países. Y eso no es unión como tal, sino más bien sentar las bases para la desunión. No es la primera vez que les exponemos que, verdaderamente, la unión fiscal es una de las salidas naturales a la actual concepción de la Unión Europea y del Euro, sea cual fuere el modelo fiscal que finalmente prevalezca. Y de hecho probablemente sea la única salida, o al menos la que tiene cierto futuro garantizado con Europa como superpotencia, con voz y voto más unificado sobre el tablero mundial. Las otras opciones suponen seguir siendo una amalgama de países demasiado heterogéneos como para ponerse de acuerdo fácilmente sin airados debates, que se eternizan retrasando decisiones ejecutivas (en el tema de hoy: al menos en los siempre cruciales temas fiscales y de dinero).

El caso de España es paradigmático, y no sólo por el perjuicio fiscal que sufre, sino porque a nivel nacional no se entiende que haya intereses paradójicamente contrapuestos en la práctica

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España es uno de esos países del mundo (y evidentemente aún los hay peores, pero ya son mayormente “repúblicas bananeras”) en los que, para juzgar la realidad y a los políticos de cualquier color, lo último que debe hacerse es guiarse por lo que dicen los Telediarios y la prensa “mainstream”. Ahí es precisamente donde abundan los cotos de caza privados, y donde proliferan los titulares sesgados y las declaraciones rimbombantes, que luego se quedan en nada más allá de un mero eslogan electoralista. Sin dejar de insistirles en que es en medios como el que leen donde la verdad, o al menos el análisis independiente en su defecto, están al alcance del lector sin más sesgos que los personales de cada autor (inevitablemente siempre los hay), hay que decir sin tapujos que en los medios masivos es donde la neo-censura hinca el diente sin piedad e impone sus discursos únicos. Y es que, en esos medios que cuentan con cientos de miles de lectores o telespectadores, es donde a los neo-censores les merece la pena desenmascararse a fin de conseguir “colocar” el producto social de su imagen (empaquetado con un lazo muy aparente, pero atado sobre una caja vacía). Y como deferencia, haremos una merecida salvedad con el valiente pero “mainstream” Vallés, que a ver lo que consigue durar a pesar de rebatir a cualquier color, y además hacerlo siempre de forma muy profesional y con los datos más objetivos en la mano.

Otra cosa es que ciertas psicologías sean incapaces de asumir la realidad de los hechos, y se limiten a decir que “Vallés no me convence” cuando sus intervenciones no admiten juicio de valor posible, sino que se limitan a una mera exposición de los hechos más objetivos y fácilmente contrastables. No hay peor sordo que el que no quiere oir, ni peor voto que el secuestrado y que se enroca que el socioeconómicamente tan dañino “yo llevaba razón y los míos siempre han sido los buenos”. Es la “lógica del partido de fúbol” llevada a la política, por la que lo único que les importa es ganar al oponente y marcarle otro gol, por mucho que sea con un árbitro que pita peor que un claxon afónico. Y no se equivoquen, que un servidor está convencido de que este perfil de votante “secuestrado” tan dañino existe a la izquierda y a la derecha, pero está infinitamente más concentrado en los extremos extremísimos, hacia los que casualmente la dañina y tóxica propaganda siempre trata de polarizarnos, azuzándonos con el miedo al otro extremo para sembrar el enfrentamiento más visceral (y hasta violento). En el fondo a la propaganda le da mayormente igual si consigue sus objetivos mediante las izquierdas o las derechas, de eso ya se encargará más adelante: ahora tan sólo aspiran a imponer un triste “pelele”, cuanto más radical mejor, que luego se limite a seguir sus dictados. Eso es Historia, y bastante reciente, por cierto.

Por favor, no seré yo el que les trate de imponer mis juicios subjetivos sobre sus propia subjetividad, pero sí que les ruego encarecidamente que conserven su espíritu crítico sano, y lo ejerzan tanto contra oponentes ideológicos, como también contra sus propios bandos políticos. No hay peor salud que la de una democracia poblada de acólitos de una misma corriente ideológica de la que no son capaces de abstenerse, o incluso de renunciar a ella cuando sus máximos dirigentes caen en la degeneración política. Si ustedes los siguen defendiendo “contra viento y marea”, tan sólo están cavando la tumba de la propia democracia y de nuestro régimen de libertades como tal (lo cual casi siempre acaba incluyendo la tumba de buena parte de los ciudadanos). Ningún político va a optar voluntariamente por una regeneración que no entienden, a la vista de cómo han cometido poco antes sus tropelías, y tan sólo simulan rectificar cuando sienten el dolor del correspondiente castigo electoral de las encuestas en sus propias carnes. En otros países como los centroeuropeos, los votantes fuerzan “por las bravas” esa regeneración y purga sin dudarlo ni un instante, y de hecho, como resultado, allí tienen políticos de una indudable mejor calidad que los españoles (aunque también es cierto que el político perfecto no existe en ningún lado).

Volviendo al sonrrojante tema de hoy, y valorando la situación de obvia extracción fiscal que sufre España S.A. cuando negocio hecho aquí tributa en terceros países europeos, ¿Qué suponen ustedes que deberían hacer nuestros políticos en pos del bien nacional? Pues obviamente, reclamar y denunciar ante Bruselas esa injusticia fiscal. Sin poder descartar que puede que sea más por alineamiento público ante otros países europeos que por propia conveniencia personal, igual esa reclamación se ha podido hacer, pero la segunda parte es que, si Bruselas finalmente ha dictaminado a favor de los países dañados por el trasvase fiscal, es de suponer que éstos deberían optar rápidamente por aplicar el nuevo marco europeo vigente. Las directivas europeas incluían herramientas legislativas para permitir a los estados damnificados garantizar que beneficios derivados de activos intangibles, como la propiedad intelectual, y que sean extraídos por terceros estados miembros, deban ser imponibles en el estado que los origina. Además, la directiva europea también incluye medidas para paliar las denominadas “asimetrías invertidas”, o las explotadas por dónde fijan las multinacionales su residencia fiscal, más allá de su domicilio social o su sede operativa. Son diferentes nombres de derecho mercantil para diferentes facetas de una misma empresa, pero que luego tienen sus muchas repercusiones a la hora de tributar, especialmente cuando son explotadas en su favor por esas multinacionales que no quieren tributar como debieran según la legislación vigente en cada país.

Pues bien, esto no ha sido exactamente así ni de lejos, y países como España se han tomado incomprensiblemente su tiempo para aplicar estas y otras directivas. Al final, incluso habiendo ya dictaminado Bruselas contundentemente a favor de los países dañados fiscalmente para evitar la elusión fiscal relativa a las asimetrías híbridas, encima después ha tenido que ser la misma Bruselas la que ahora se haya tenido que lanzar a perseguir a un país como España para que legisle localmente y aplique dichas directrices. Lo nunca visto. Bruselas amenazándote con consecuencias tan serias como llevar al gobierno español ante el mismísimo Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) si no aplicas unas directivas que, “para más INRI”, son directivas que han sacado de exprofeso para protegerte como país y que te benefician de todas todas. Ay, ¡Qué sería de nosotros ya si no tuviésemos a Europa ahí vigilante para cortar de raíz los despropósitos locales de nuestros políticos! Y ya van unas cuántas de las que Europa nos ha salvado como economía (y como democracia), como para luego no ser europeísta.

Desde luego, ¡Qué quieren que les diga!, el asunto habrá tenido sus tiempos, se habrán cruzado varias convocatorias electorales en el camino de España, etc. etc. Pero lo cierto es que a los políticos españoles les debería haber faltado el tiempo para trasponer estas directivas: perdemos mucho dinero con cada mes que no se aplican. Y además en este país ya ha quedado patente que, cuando nuestros políticos quieren hacer algo rápidamente, bien que se recurre a cuantos atajos legislativos hagan falta para conseguir titulares lo más rápidamente posible. Será cuestión de prioridades, y tener más recursos esenciales para sostener nuestro sistema de bienestar no debe ser parte de ellas, ni tampoco realmente lo sea lograr poner coto a los intereses de las multinacionales dominantes en el mundo y a sus prácticas más dañinas. Los hechos consumados demuestran que aquí esto no es ni mucho menos tan prioritario para los políticos nacionales como otros asuntos infinitamente más mediáticos y más “vendibles” en los medios (“medios”, nunca mejor dicho). ¡Como si en la lamentable situación actual de España S.A. (y lo que nos espera) nos sobrase el dinero! Y que conste que aquí no hablo en concreto ni de unos ni de otros, ni de los de entremedias, ni de los más al uno o los de más al otro: aquí simplemente hablo del conjunto final ante la ciudadanía, del cual todos son en cierta medida obra y parte.

Para ahondar en los motivos por los que esto está siendo así, al entrar pues a partir de este punto ya en el terreno de lo desconocido y de la mera suposición, no les voy aquí a dar unas opiniones personales sin más valor que las suyas propias, en un debate que ya se torna evidentemente en subjetivo. Mi subjetividad aquí mayormente no aporta, y prefiero que sean ustedes mismos los que busquen sus propias respuestas, especialmente si son de los que no sienten miedo a lo que se puedan encontrar tras ciertas preguntas, por muy inquisitivas que éstas puedan llegar a ser. Así, llegados a este punto, hoy me limitaré a exponerles algunas de esas preguntas que a un servidor se le antojan muy oportunas (y hasta cierto punto ciertamente inquietantes):

¿Por qué España se une a la Europa que defiende la lucha contra el trasvase fiscal cuando debe mostrar sus cartas públicamente ante sus socios europeos, pero sin embargo luego a la hora de trasponer ciertas directivas resultantes de ése y otros alineamientos en su casa no muestran la más mínima prisa en hacerlo para beneficio de los propios españoles?

¿Cómo en algo así de beneficioso para nuestros intereses nacionales ha tenido que ser la propia Bruselas la que se haya levantado en armas y nos obligue ya “por las bravas”, bajo amenaza de llevarnos ante los mismísimos tribunales europeos?

¿No les parece “el novamás” que Europa por fin legisle en favor de las economías que sufren las políticas extractivas de otros países, y que además luego tenga que amenazar a los propios países supuestamente beneficiados para que apliquen esas nuevas medidas europeas?

¿No sería algo obvia y fácilmente “subsanable” que en España ciertas cosas ya no se acabasen haciendo sólo una vez que Europa haya decidido meter a nuestros políticos "en vereda"?

Pues todo apunta a que, más allá de las palabras biensonantes y de las promesas vanas, con el irreductible atajo de falsos personajes en el que ha degenerado buena parte del teatrillo de nuestra política nacional, lo cierto es que la única vía actualmente abierta para poder llegar a conocer bien a quienes nos dirigen, o a los que pretenden hacerlo en un futuro, es no juzgar nunca a los políticos por lo que dicen, sino por lo que hacen. Y es que ya lo decía el grandísimo Cervantes en esa obra histórica y épica que narraba las andanzas de un rocambolesco caballero como Don Quijote: “Obras son amores, que no buenas razones”. Ante esa muestra de sabiduría centenaria, no puedo sino decirles que lo nuestro de hoy en día seguramente no es cosa del presente rabioso, sino que en realidad esta lacra social que padecemos viene de largo, y muy probablemente tiene mucho que ver con ciertas naturalezas humanas, que abundan especialmente por estas latitudes. Así que aprendan de la Historia pasada para juzgar el presente, y sólo así podremos construir un futuro (de verdad) para todos.

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Mi abuela decía que “Cuando las cosas no se entienden, es que hay algo que no se sabe”. Pues bien, aquí no se entiende nada de nada, así que por favor, que o bien nos lo expliquen (cri cri, cri cri), o bien que se aguanten con la sombra de la duda que ellos mismos han proyectado, porque al final lo cierto es que la realidad supera muchas veces a la ficción (incluso a la proyectada). No duden de que nuestros políticos (casi todos) son capaces de superar esa ficción y mucho más ante nuestros atónitos ojos, mientras optan como destructiva solución mágica por regalar gafas de color rosa para todos los ciudadanos. Menos mal que no todos los ciudadanos somos así tan de “globos y elefantes rosas”, porque lo que verdaderamente ocurre aquí es que la política española vive inmersa en una terrible dinámica, por la que a la gente con ética a la par que competente jamás se le ocurriría ni remotamente meterse en política: sólo es buscarse un auténtico montón de problemas. Y claro, luego así nos va, con la democracia secuestrada por un atajo de políticos de todos los colores a cada cual “más mejorable”. La política española debe regenerarse, y para hacerlo nuestros políticos necesitan sentir en sus propias carnes el dolor de su mala praxis, especialmente cuando éste sea infligido por su propia base de votantes más fieles: ¡Eso sí que es “jarabe democrático” del bueno y del de verdad! Hagan buen uso de sus libertades democráticas porque es que, en esas otras superpotencias que los colaboracionistas vendedores de feria pretenden "colocarnos" como ideales, lo cierto es que no cuentan ni con esa opción de regeneración mediante unos votos que no computan, ni tampoco sus ciudadanos tienen las más mínimas libertades democráticas ni derechos humanos. Disfruten de su democracia y ejérzanla, pues de ello depende a la larga la propia salud del sistema, y también nuestro triunfo frente a las mentiras propagandísticas que inoculan otros para que nos autodestruyamos.

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