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Vestager pone a las tecnológicas patas arriba: anuncia el advenimiento de la Competencia 4.0 y de los nuevos derechos del consumidor

Vestager pone a las tecnológicas patas arriba: anuncia el advenimiento de la Competencia 4.0 y de los nuevos derechos del consumidor
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Europa tendrá sus muchos defectos, pero también muchas otras veces ejerce su rol como superpotencia mundial, e incluso llegando a hacer alarde de un liderazgo y de una capacidad de visión y anticipación digna de elogio, para bien de los ciudadanos europeos.

Así ha sido no sólo en ese tema de las energías renovables, en las que ahora Europa es líder y vende su tecnología innovadora por todo el mundo, sino que también lo fue en cómo desde Europa supieron anticiparse y ser los primeros en empezar a poner coto a los desmanes de las tecnológicas.

Vestager es esa gran líder europea a la que debemos agradecer su determinación y esfuerzo al no dudar en enfrentarse a los excesos y los intereses de las grandes “techies” estadounidenses, que campaban a sus anchas especialmente por Europa. Y ahora Vestager vuelve a ejercer de dirigente de primer nivel en pos de los derechos de los consumidores europeos, y los ha puesto tanto a ellos como a su nuevo concepto de “Competencia 4.0” como prioridad máxima de sus políticas.

Tal vez en Europa a veces pinchemos en competitividad, pero en competencia hemos demostrado ser ahora líderes mundiales e ir por delante

Los Derechos Del Consumidor Y La Competencia 4 0 Son Las Prioridades De Una Vestager Que Ha Puesto A Las Tecnologicas Patas Arriba 2

Pues sí, puede que en Europa a veces se sepulte bajo toneladas de regulaciones locales, autonómicas, nacionales y europeas a millones de sufridas empresas, que sólo tratan de desarrollar su actividad intentando (en la mayoría de los casos) cumplir con la ley. No seré yo el que les diga que a veces eso es misión imposible, dada la maraña legislativa existente en esa tan regulada Europa. Y eso por no hablar ya del caso concreto de una España donde, además, se añade la “capa” de legislación autonómica, que ha roto y fragmentado en la práctica el mercado nacional. Ahora ello supone que, para vender lo mismo que antes, en el mercado español haya que cumplir literalmente con 17 legislaciones autonómicas distintas y muchas veces dispares (y alguna incluso disparatada), a cada cual más profusa y con ganas de hacerse notar ante los sufridos ciudadanos. Y es que en este país todavía demasiados ciudadanos no ven que a veces dividir no sólo nos resta poder y capacidad como mercado, sino que puede resultar incluso en todo un calvario muy real en la calle, en el que es imposible desarrollar una actividad empresarial, o incluso simplemente vivir en paz (y sin recaudatorias multas arbitrarias por infracciones de lo más insospechadas).

Pero otras veces asistimos a poder ver que Europa ejerce de faro del mundo. En ocasiones el Viejo Continente toma el testigo del liderazgo mundial como superpotencia que es, y contribuye con sus políticas y con su innovación al progreso real del mundo, y en especial al de los ciudadanos europeos y sus valores y libertades. Así ha sido por ejemplo en ese sector de las energías renovables, en el cual Europa fue pionera, desarrolló antes que nadie una tecnología puntera y rompedoramente innovadora, y ahora es capaz de estar en la vanguardia mundial y venderla por todos los países, generando millones de empleos e ingresos en el Viejo Continente. Las Smart Cities son otro caso de éxito europeo (y ya no tanto español a día de hoy). Y lo mismo podemos decir en lo que a la protección de los derechos y libertades de los ciudadanos se refiere, en especial en la nueva era de esa Europa 4.0 emergida tras la disruptiva transformación digital a la que se ven abocados sí o sí todos los países del mundo. Con el ritmo actual de progreso tecnológico exponencial, esto ya es reinventarse adaptándose al futuro que viene, o morir. Los más habituales de estas líneas ya saben que desde aquí hemos analizado y elogiado diversas iniciativas, políticas, y visiones europeas en este sentido. Entre ellas está por ejemplo el irreductible compromiso de las autoridades europeas para con el respeto a la privacidad de los europeos, algo demostrado fehacientemente con la legislación europea GDPR, y que es algo crucial en esa era del dato en la que se mercadea con nosotros como si fuésemos carne al peso.

Y eso por no hablar de posibles e inquietantes aplicaciones de la explotación de esos datos, y que alcanzan su máximo exponente en la intención de influenciarnos dirigidamente en nuestra forma de pensar, como si fuésemos robots programados, como ya analizáramos en el artículo “Cómo Facebook, Google y otras tecnológicas cambian nuestras ideas y pensamiento crítico”. Y por cierto, todo sea dicho de paso, desde aquí fuimos de los primeros medios en alertarles hace casi cuatro años de la importancia de los datos en nuestras socioeconomías como nueva materia prima, y de reclamar la necesidad de regularlos: algo que por fin nos congratulamos al ver que era hecho por Europa. Otro caso de éxito de Europa a la hora de ser capaz de visionar el futuro que viene, es la iniciativa de regular la Inteligencia Artificial en la que de nuevo fuimos pioneros a nivel mundial, y que trazó un camino que a partir de entonces no pocos líderes mundiales se plantearon seguir tras los pasos de Europa.

Y ahora, tras todo lo anterior, Europa todavía va un paso más allá en los límites infranqueables que entiende debe poner a los “corralitos” que (casi) siempre tratan de crear ciertos sectores empresariales, y Europa vuelve a demostrar ahora su determinación y su compromiso con la defensa de los derechos de los ciudadanos y de la salud de los mercados de cara al futuro, especialmente en lo que se refiere al ubicuo futuro tecnológico. Así, destaca por méritos propios cómo Vestager ahora ha declarado abiertamente cuáles van a ser las líneas maestras desde su posición de todopoderosa comisaria europea de la competencia para los años venideros. Lo visto hasta ahora en los titulares de los últimos años era tan sólo un demostrativo preámbulo, y ahora la danesa afirma sin tapujos que "Las plataformas digitales deben ser más responsables, transparentes y rendir cuentas".

Además, un punto especialmente incongruente en cómo algunos dirigentes han sido tan inconcebiblemente permisivos con ciertas prácticas del mundo online, es que en el mundo físico las regulaciones equivalentes no permiten ni de lejos cometer las mismas vulneraciones de derechos y del mercado que las que se toleran a las GAFA (y en general a todas las grandes tecnológicas). Es pues todo un incomprensible agravio comparativo frente a ese mundo del “Brick&Mortar”, en el que no pocas empresas ya tenían suficientes problemas para sobrevivir frente a la emergente y disruptiva competencia de esas grandes tecnológicas que, al final, están extendiéndose por todos los sectores y comiéndose muchos mercados sectoriales. Y aquí Vestager ha estado de nuevo inspirada, y ha afirmado que su principal meta es “garantizar que las reglas que se han acordado y se aplican para el mundo offline sirvan también en el mundo online". Se le saltan a uno las lágrimas. Y no lo vean como una inexistente animadversión hacia las tecnológicas (es todo lo contrario), sino que es una mera cuestión de justicia de mercado y de igualdad de oportunidades empresariales.

Porque es que además, y cortando de raíz las acusaciones que seguro llegarán y que tratan de tacharla de proteccionista (cuando realmente es totalmente pro-mercado), al ser preguntada por las diferencias en cómo esta legislación europea puede afectar a empresas extranjeras o europeas, Vestager ha sido de nuevo salomónica. Literalmente, lo que ha dicho la comisaria es que “Es muy importante que seamos neutrales sobre la procedencia geográfica de las compañías y dejemos claro que lo que cuenta es su comportamiento en el mercado". De hecho, algunas de sus políticas están impactando fuertemente también a empresas dominantes europeas (que obviamente también las hay), como por ejemplo a la holandesa Booking. Pues va a ser que Vestager no va contra EEUU como dice Trump, ni contra China y Rusia como proclamarán ciertos sectores. Vestager no va contra nadie en concreto, sino que simplemente va a favor de los ciudadanos y de los mercados europeos, mal que les pese a esos intereses locales o foráneos que no dudan en cargar contra ella, porque en el fondo saben que les perjudica en sus planes al poner coto a sus prácticas más censurables y pseudo-monopolísticas.

Vestager también ha mostrado no sólo el lado que más le corresponde en base a su Comisaría, sino que ha dejado meridianamente claro que sus acciones definitorias de la nueva Competencia 4.0 sólo son consecuencia de valores mucho más intrínsecos y profundos, y que entran de lleno en los pilares más fundamentales arraigados en las raíces del gran árbol europeo. En este sentido, en el enlace anterior habrán leído cómo Vestager ha afirmado que, en referencia a las reglas del mercado digital, "No puede ser que lo decidan regímenes autocráticos o los consejos de administración de las empresas. Es el momento de que nuestra democracia se ponga al día y decida cómo queremos gobernar esta revolución digital". No sé a ustedes, pero a un servidor de nuevo se le saltan las lágrimas. Luego algunos me hacen la crítica personal (en este caso acertada y generalmente constructiva) de que soy europeísta, pero no sé qué esperan que haga ante este tipo de declaraciones de valores regulatorios y empresariales. Pues simplemente sólo se puede uno quitar el sombrero, aplaudir, y tratar de poner un humilde granito de arena en divulgarlos para beneficio de los europeos y de cualquier otro país al que se le pueda concienciar desde aquí.

Y como colofón final a lo esperanzador de todo lo anterior, por nuestra parte sólo matizar que, en el caso de esta mujer, ya pueden jurar que este tipo de declaraciones no son sólo un mero postureo “de cara al gallinero”, para quedar bien en los medios ante la ciudadanía. La realidad es que, nadie mejor que Vestager ejemplifica que lo que dice lo pone en práctica, y además lo hace luchando contra viento y marea. De esta manera y con esta declaración de intenciones (que serán acciones), aquellas tecnológicas con un “modus operandi” más censurable, ya pueden ir empezando a pensar en replantearse ciertas prácticas (al menos en suelo europeo).

La tecnología es el futuro, pero de cómo le demos forma depende que éste sea un paraíso o de bienestar o un infierno de Dante

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Efectivamente, desde estas líneas siempre hemos sido unos auténticos tecno-entusiastas, pero ello no implica que debamos caer en ser unos tecno-desaforados. La tecnología, y en especial la de los últimos decenios, ha sido el gran motor del progreso y del bienestar de las actuales sociedades humanas. Pero ello no implica que la tecnología deba considerarse buena per sé: de hecho no lo es, puesto que sólo es un mero instrumento, y su bondad o su maldad tan sólo depende del que la usa en su favor. Así por ejemplo, el descubrimiento del mundo atómico fue todo un gran hito en el progreso de la humanidad y de nuestra ciencia, pero sin embargo la bomba atómica no ha tenido porqué traer al mundo nada precisamente bueno. Es por ello por lo que desde aquí siempre hemos defendido que hay que promocionar con determinación la innovación y el progreso tecnológico, pero a la vez hay que ir regulando cómo queremos que transforme nuestras socioeconomías a mejor. Es una tarea ímproba, especialmente porque en ella hay que tener una buena dosis de anticipación ante un futuro siempre imprevisible, pero al menos Europa intentarlo lo intenta, otra cosa es que alguna vez se falle, como inevitable peaje cuando desde Bruselas se lanzan a ser los primeros en algo a nivel mundial.

Así, en concreto en el mundo de la tecnología, hace ya casi una década que les advertimos desde estas líneas que tras las (entonces) incipientes redes sociales podía estarse escondiendo una auténtico Gran Hermano, al más crudo estilo del 1984 de Orwell. Y de hecho así ha sido en incontables casos, con casos lacerantes como las campañas de injerencias masivas vía Facebook en medio de procesos electorales, el escándalo de esa infame campaña pro-Brexit plagada de mentiras, propaganda y dinero ruso al calor de Facebook y Cambridge Analytica, o más recientemente el protagonismo en la toma al asalto del Capitolio de los EEUU por una turbamulta de lo más variopinta, exaltada en la mayoría de los casos por propaganda ciber-social y por posts sociales de los propios radicales. Y ya no les voy a contar nada del papel que “ejecutan” las redes sociales en países represivos y sin regímenes de libertades, donde son una herramienta más a disposición del poder para hiper-vigilar y hostigar a sus sufridos ciudadanos.

Desde aquí siempre hemos reclamado que nuestros dirigentes deben poner coto y centrar el tiro del sector tecnológico que, como todo sector empresarial, al final mira por sus propios intereses incluso aunque sea a costa del interés común y del bien de los ciudadanos. Es ésa una responsabilidad ineludible de nuestros políticos, al menos de los que no se dejan intimidar (o seducir) por las amenazas (o talonarios) de las multimillonarias empresas tecnológicas. Vestager desde luego ha sido una política europea que siempre parece haber estado (por ahora) a la altura en este sentido, y por ello sólo podemos darle un merecido reconocimiento: es lo menos que podemos hacer desde aquí. No se crean que es fácil hacer lo que ella hace, porque a la vista está lo fácilmente que se pliegan ante los intereses económicos otros dirigentes. La danesa **Margrethe Vestager es una mujer digna de alabanza, y ahora debemos escuchar su reputada voz cuando la ha alzado de nuevo alto y claro, en esta ocasión para proclamar el advenimiento de la nueva época del Competencia 4.0, y de los derechos del consumidor en un entorno de socioeconomía tecnificada: ha puesto ambos conceptos en la brújula con la que dirige el timón del barco de la competencia en Europa. Además, así hace que la refundación del capitalismo ya sea un hecho en algunos aspectos dentro de la propia Europa (o que al menos llevemos la delantera en ello). Y sus visionarias políticas están dando sus frutos, poniendo la guinda al pastel que lleva escrito con fondant que “Los que creen que EEUU es un paraíso de libre competencia y libre mercado frente a Europa están muy equivocados”.

Los leones de la tecnología se estaban convirtiendo en una serie de monopolios “de facto” que vulneraban la libre competencia, y Vestager les ha plantado cara

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Desde estas líneas no es que estemos hoy dando la razón a los que nos acusan a veces de alinearnos siempre con Europa. A veces podemos tener un cierto e involuntario sesgo en algún tema concreto (todos lo tenemos en este mundo), pero lo cierto es que nuestros aplausos a Vestager de hoy no vienen sino porque la danesa está llevando a cabo políticas que coinciden con varias de nuestras (modestas) reclamaciones más recurrentes. Así por ejemplo, ya no sólo por el análisis del enlace de antes en el que denunciábamos la manera en la que Europa estaba quedando desprotegida en la arena tecnológica, al abandonarse mayormente en manos estadounidenses (y más recientemente también chinas: de Guatemala a “Guatepeor”). También desde aquí hemos alzado la voz (o más bien el teclado) para denunciar hace ya unos años que esa arena tecnológica tan de progreso, por la que pasan ineludiblemente todos los planos de nuestro futuro socioeconómico, estaba convirtiéndose en una serie de pseudo-monopolios de facto, con “corralitos” tecnológicos pertenecientes al gallo de una única empresa dominante (o a lo sumo dos). De este modo, cada una de esas empresas, líderes en su sector o sub-sector, muchas veces hace y deshace en el mercado a su antojo y conveniencia, impone prácticas monopolísticas, manipula los precios, y abusa de posición de dominio comprando empresas que le hacen sombra tan sólo para sacarlas del carril. Así consiguen seguir imponiéndose como “único palo al que se pueda morir”.

A pesar de que desde aquí no puedo contarles hasta qué niveles llega a veces nuestra comunidad de lectores, al final, como cualquier medio, podemos divulgar, pero si los que deben legislar no toman acción, pues poco más podemos hacer que luego recordarles que el socorrido “¡Quién lo iba a pensar!” aquí no cuela. En el caso concreto de los pseudo-monopolios tecnológicos, nosotros ya hemos llamado abiertamente a que hay que despedazar Google y otros gigantes tecnológicos, y lo hemos hecho tanto antes como después de que ese debate sobre la refundación del capitalismo y el monopolio tecnológico que tanto reclamábamos haya llegado a la primera línea política en EEUU. No obstante, debemos reconocer que nos gustaría haber visto que se tomaban acciones en EEUU mucho antes de lo que finalmente ha ocurrido, si bien hemos de reconocer que, en este caso, no habrá sido por esas autoridades europeas que, con Vestager a la cabeza, fueron las primeras en tomar conciencia en el plano más ejecutivo. Y simplemente recordar cómo tuvieron que soportar viscerales críticas de Trump tachándolos de enemigos de EEUU, para luego, unos años después, reconocer en la práctica que Europa lo que en realidad había sido era pionera en esta defensa del mercado, pues la administración Trump acabó por seguir los pasos de Vestager en lo que al todopoderoso dominio de las grandes tecnológicas estadounidenses se refiere.

Lo cierto es que la comparación de las intenciones y las prácticas pro-derechos y pro-mercado de Europa es odiosa cuando se hace con lo que tienen en EEUU (esperemos que eso cambie en breve), pero en realidad no es a los estadounidenses a los únicos a los que debemos mirar cuando observamos lo que disfrutamos en el Viejo Continente. Realmente es que ya ni siquiera hay comparación posible con otras superpotencias puesto que, realmente, más allá de EEUU, ni siquiera hay mercado como tal según el concepto más ortodoxo de la libre competencia y de los derechos de los consumidores. Porque si lo de EEUU y su permisividad con las tecnológicas ha sido un mercado que (hasta ahora) no se ha fomentado y desarrollado correctamente, cuando miramos a mercados hiper-estatalizados, herméticos, e hiper-proteccionistas como el ruso o el chino, pues uno se da ya cuenta de que efectivamente en este mundo hay dos ligas totalmente diferentes. Es innegable que aquí son sólo las élites políticas de cada área socioeconómica las que, con sus políticas, han catalizado que en este tema haya países y superpotencias a años luz las unas de las otras. Como consecuencia, por un lado está la liga más pro-competencia de los países desarrollados y de “primera división”, y luego está ya la liguilla de tercera regional del resto, donde el árbitro hasta pita a qué jugador le toca meter el próximo gol.

Y todas estas prácticas en contra del mercado y de la competencia, en los plazos más largos, perjudican lo indecible al expoliado consumidor, que en última instancia es el sufrido ciudadano. Un punto que redobla su gravedad cuando, además, con la tecnología no es ya que usemos ciertos servicios o compremos ciertos productos: literalmente nuestro bienestar y nuestro modo de vida viene determinado en buena medida por la tecnología que tenemos a nuestro alcance. Así, ciertos pseudo-monopolios no sólo puede que nos estén imponiendo un producto tangible, sino que pueden incluso significar que nos impongan una violación inevitable de nuestra privacidad, o incluso otra forma de pensar con todo lo que aprenden sobre nosotros (según les hemos enlazado ya antes), por ejemplo con el análisis Big Data de nuestras conversaciones de Whatsapp mismo. De hecho, ha sido en torno a Whatsapp donde ha saltado la última gran polémica sobre el poco respeto a la privacidad, y ahora en todo el mundo los usuarios de la popular aplicación de mensajería van a ver ya cómo sus datos más íntimos van a ser compartidos con Facebook, reconocida mundialmente por tener una tecnología muy intrusiva y muy poco respetuosa con la privacidad. Pero no se rasguen las vestiduras, o sí, háganlo pero desde el fortín europeo, puesto que gracias a Europa y a su actividad regulatoria los usuarios europeos de este servicio estarán debidamente protegidos ante esta nueva quema del derecho a la privacidad.

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Bueno, como han podido ver tras todo lo anterior, puede ser que a la admirada Vestager (y también a otros dirigentes europeos) no les tiemble el pulso al regular, pero a nosotros tampoco nos tiembla la voz cuando creemos que debemos alzarla. Y lo hemos hecho y lo seguiremos haciéndolo en defensa de ese concepto de Socioeconomía, que re-acuñamos desde aquí mismo hace ya unos cuántos años, y cuyo mejor futuro pasa ineludiblemente por la hibridación entre economía, sociedad, política y tecnología. Por la diferencia entre nuestras actividades profesionales y las de Bruselas, y en el fondo también por el modesto papel de este autor en el ecosistema socioeconómico, puede que desde aquí no compartamos capacidades y métodos con los dirigentes europeos, pero desde luego lo que muchas veces compartimos son objetivos e ideales que van en el ADN de Europa. Así que sí, que no seré yo el que les niegue que Europa puede que cometa sus errores y que tenga sus cosas mejorables, pero la cosa cambia (y mucho) cuando de repente emergemos como pioneros en el mundo en la defensa de los ciudadanos y de los consumidores. Y más cuando echamos un poco la vista a lo escandaloso que hay por ahí afuera en todas las otras superpotencias. Al final, realmente uno se siente afortunado de haber nacido en Europa (aunque sea por azar), y no puede sino quedarse impactado con lo que les ocurre a los ciudadanos de otros países al leer ciertos titulares de la prensa mundial, para luego pasar a valorar lo poco que nos llegan a afectar aquí y simplemente pensar: “¡Menos mal que tenemos a Europa!”.

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