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Sancionan con 45 días de empleo y sueldo a un trabajador de urgencias por dejar su puesto e irse con una ambulancia a las casetas del recinto ferial

El Tribunal Superior de Justicia de la Región de Murcia ha ratificado una durísima sanción disciplinaria a un conductor de emergencias sanitarias que abandonó su puesto de guardia.

Personal de emergencias sanitarias
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redaccion

Redacción El Blog Salmón

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La resolución judicial confirma que el empleado de la empresa de ambulancias utilizó de forma fraudulenta un vehículo de soporte vital para desplazarse a las fiestas locales de la localidad de Yecla.

He estado pensando todo el día en el absoluto descaro que hace falta para cometer el mismo error estúpido dos veces seguidas, especialmente cuando tu herramienta de trabajo mide tres metros de alto, es de color amarillo fosforito y lleva luces estroboscópicas en el techo. A mí, personalmente, me cuesta horrores incluso acordarme de renovar las suscripciones mensuales (esas pequeñas trampas de la economía digital de las que hablaré luego), pero este tipo decidió que era una idea brillante jugar a la ruleta rusa laboral con un vehículo de soporte vital.

Según detalla el artículo original de Noticias Trabajo, estamos ante la historia de un veterano conductor de ambulancias de urgencias en Yecla que lleva en el servicio desde 2009. El tipo decidió que su turno de guardia de una noche de septiembre de 2023 era el momento perfecto para darse un paseo. Pero no un paseo cualquiera. Agarró la ambulancia, se plantó en el recinto ferial del municipio y se metió uniformado a alternar por las casetas. Estuvo allí exactamente una hora y dos minutos, entre las 20:39 y las 21:41 horas, para ser quirúrgicos, mientras el centro de emergencias 112 asumía que estaba listo para salvar vidas.

La jugada le ha costado una suspensión de 45 días de empleo y sueldo. Un golpe tremendo a la cartera.

Triste.

Primero: ¿Por qué demonios vas a la feria en ambulancia?

La explicación que el trabajador dio cuando su Jefe de Base lo cazó es, sin lugar a dudas, mi parte favorita de todo este lore. El buen hombre aseguró que solo se había desplazado hasta el recinto ferial para "recoger las llaves de su coche". Claro que sí, campeón. Aparcar un camión de emergencias médicas de varias toneladas en mitad del Real de la feria para buscar unas llaves es el equivalente analógico a cuando dices que entras a TikTok "solo para mirar un segundo" y te dan las tres de la mañana viendo tutoriales de cómo limpiar alfombras.

Pero el giro verdaderamente demencial (el truco de magia que convierte a este tipo en un auténtico héroe del escaqueo o en un tarado de proporciones bíblicas) es que ya lo habían trincado haciendo exactamente lo mismo apenas unos días antes. Según recoge el diario La Voz del Sur, el 17 de septiembre ya le habían metido una sanción de dos días de suspensión por irse con la ambulancia a las casetas. ¿Y cuál fue su excusa esa primera vez? Exacto: que iba a recoger las llaves de su coche. El tío tiene un guion y se aferra a él como un actor de método.

Cuando el caso llegó al Tribunal Superior de Justicia de Murcia, el abogado del conductor intentó una pirueta jurídica rarísima: exigió que se diera por probado que la empresa inicialmente le había profesionado rebajar la sanción de 45 a 10 días durante las negociaciones previas. Básicamente, intentó arrastrar un regateo informal de pasillo a una sentencia judicial firme. Los magistrados de la Sala de lo Social, obviamente, miraron el panorama y dijeron que ni de coña. Desestimaron el recurso por completo.

Un genio absoluto.

Ahora bien: El GPS de la empresa no se traga tus mentiras

Vamos a dejar una cosa clara: todo esto no es más que el síntoma divertido de una realidad corporativa mucho más siniestra y estructural. Al conductor no lo pilló un vecino cotilla ni un paciente indignado; lo cazó el chivato definitivo de la economía moderna: el localizador por satélite. El Jefe de Base vio una alerta por una parada anómala en el mapa, revisó el historial del GPS y el destino del trabajador quedó al descubierto de forma inapelable.

Si nos ponemos serios, la jurisprudencia en España lleva años bendiciendo este nivel de vigilancia totalitaria sobre los empleados que conducen vehículos de empresa. Según estableció de forma taxativa el Tribunal Supremo en su conocida sentencia del 15 de septiembre de 2020, los datos de geolocalización de un vehículo corporativo son una prueba plenamente lícita para un despido o sanción disciplinaria, siempre y cuando el trabajador haya sido informado previamente de que el aparatito está instalado. Los jueces se amparan en el artículo 20.3 del Estatuto de los Trabajadores, el famoso cajón de sastre que otorga al empresario el poder de dirección y control, para justificar que monitorizar cada metro que recorres no vulnera tu derecho a la intimidad si el coche está destinado estrictamente a la actividad laboral. Como explican los expertos de la firma en el análisis laboral de la firma Garrigues, el GPS actúa como un ojo que nunca parpadea, registrando desobediencias en tiempo real.

Es un recordatorio fascinante de cómo la tecnología ha eliminado cualquier espacio para la picaresca obrera tradicional. Hace veinte años, irte a tomar una caña en mitad de una guardia de emergencias requería cierta logística y cobertura por parte de tus compañeros; hoy, un algoritmo en una oficina central a trescientos kilómetros de distancia sabe si has tardado cuatro minutos de más en un semáforo o si has decidido que las casetas de Yecla son un lugar prioritario para estacionar un desfibrilador.

Es fácil reírse de este conductor y de su obsesión patológica por perder las llaves del coche en el recinto ferial, pero la infraestructura técnica que lo ha dejado sin sueldo mes y medio es exactamente la misma que vigila a los repartidores de Amazon o a los conductores de Uber, penalizando cada segundo de inactividad humana. Empezamos discutiendo sobre un pirado que se va de fiesta con las luces de emergencia puestas y terminamos dándonos cuenta de que todos vivimos atrapados en una gigantesca máquina de optimización laboral que no entiende de contextos, ni de fiestas patronales, ni de la simple y humana necesidad de escaquearse. Al final, la distopía tecnológica no llegó con robots asesinos, sino con un jefe de base mirando cómo un puntito rojo parpadea junto a un puesto de algodón de azúcar.

Imágenes | Pexels

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