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¿Se ha vuelto socioliberal el Partido Laborista de Jeremy Corbyn?

¿Se ha vuelto socioliberal el Partido Laborista de Jeremy Corbyn?
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El canciller inglés John McDonnell desveló en su entrevista del pasado domingo la propuesta laborista de imponer por ley la creación de una cuota sindical obligatoria a los accionariados de las empresas de más de 250 empleados. Es decir, crear “fondos de trabajadores” con voz propia en los consejos de administración (y acceso a sus correspondientes dividendos).

Buscando que se entienda mejor lo que ello implica, presentaremos su contexto político y su genealogía dentro del pensamiento económico-filosófico, para después reflexionar sobre sus potenciales ventajas e inconvenientes.

Ideología: ¿quién es Jeremy Corbyn?

Básicamente, un socialdemócrata en una encrucijada. ¿Qué hacer cuando hasta los conservadores han admitido el Estado de Bienestar como propio? En román paladino: cuando tu adversario se queda con tu discurso, ¿te contradices o te unes a él?

Colapso de los partidos socialdemócratas europeos - Kiko Llaneras Colapso de los partidos socialdemócratas europeos - Kiko Llaneras

Ni lo uno, ni lo otro -dicen todos-, daremos la batalla de las ideas en otros frentes. Sus homólogos buscan el éxito de antaño en lo cultural (con C de controversia: vale género, raza, o cualquier otra cosa que polarice). Sin embargo, el británico, vástago orgulloso del marxismo, rema en dirección contraria: devolver la economía, lo material, al centro del debate político. Menos lucha de identidades y más lucha de clases.

Eduard Bernstein

Pero… ¿cuál era ese proyecto que intentan reformular? Bueno, hace un siglo, un socialdemócrata era un ex-marxista convencido de que el capitalismo podía reformarse para construir Estados de Bienestar. Es decir, ya conocían algunos de los 7 errores del marxismo como teoría económica de los que hablé el otro día. El señor con barba de la derecha, Eduard Bernstein, fue el más importante.

En línea con los primeros socialdemócratas, Corbyn arguye que lo prioritario es profundizar en la emancipación de la pobreza, mientras le dicen que conviene centrarse en superar otros obstáculos al florecimiento humano (misoginia, homofobia, racismo, etc.).

Sin embargo, poner el acento en lo material de la economía no tiene por qué implicar un Estado del Bienestar mayor: puede buscar sólo un Estado del Bienestar mejor.

La medida que hoy comentamos resulta tan interesante por estar a medio camino entre estas dos últimas opciones -pues aumenta la regulación sin aumentar el gasto estatal per se. Además, ello nos permite sacar a colación una tercera corriente: el socioliberalismo.

Economía, desigualdad y la nebulosa socioliberal

Ya que este artículo no aspira a ser una reflexión filosófica de profundidad, me expondré al linchamiento de turno definiendo el término "socioliberalismo" en líneas tan generales como controvertidas. Habrá tiempo de tratarlo con más detalle en el futuro.

Rawls

Diremos que, frente al procedimentalismo liberal puro (con el respeto a los derechos individuales como única y absoluta prioridad) y al socialdemócrata de toda la vida (centrado en combatir la desigualdad de oportunidades por todos los medios a su alcance), el socioliberal se preocupa tanto de los derechos del panadero como del reparto del pastel.

Tirando del hilo, hay que señalar a John Rawls (dcha) como el más importante del S.XX. Y precisamente con él vuelve a escena la propuesta de Jeremy Corbyn, al ser prácticamente indistinguible de superar la socialdemocracia para instaurar una democracia de propietarios rawlsian... Espera, ¿una qué?

Grosso modo, Rawls esbozó la democracia de propietarios como una economía de mercado en la que el capital estará disperso ex ante entre la población (en lugar de redistribuir sus rentas ex post vía impuestos, como en los Estados de Bienestar socialdemócratas).

Nótese que, señalando en tal dirección, Corbyn no sólo reniega de la tradición marxista al aceptar la propiedad privada de los medios de producción como base del sistema, sino que llega a ensalzar la plusvalía como una herramienta política legítima (por ejemplo, para reducir la desigualdad democratizando el acceso al reparto de dividendos).

Curiosamente -o no, según se vea-, la cruzada personal del inglés va precedida por una escalada de interés por la desigualdad entre los economistas. Controvertidos autores como Thomas Piketty y Branko Milanovic merecen buena parte del crédito al respecto. De hecho, para más inri, podemos encontrar una reflexión interesantísima sobre la idea que tratan de perfilar los laboristas en un artículo reciente de este último.

Capital in the XXIst Century, de Thomas Piketty y Global Inequality, de Branko Milanovic

Lo menciono porque destaca cómo la propuesta de Corbyn-Rawls, centrada en dar voz a los trabajadores en la gestión del capital, contribuiría de paso a combatir la desigualdad. Dicho 'efecto secundario' resulta clave a la hora de contextualizar la medida laborista en el pensamiento económico actual.

Recordemos la fórmula principal de Piketty: r > g. Es decir, las rentas del capital crecen más rápido que la productividad del conjunto de la economía. Así, según él, mientras sólo unos pocos tengan acceso a ellas, la desigualdad a su favor crecerá por mucho que el resto se enriquezca al mismo tiempo.

Frente a las dramáticas 'soluciones' del francés (como un impuesto global a los ricos de un 80%), Milanovic sugiere que, si obviaramos el debate al respecto para dar por cierta su fórmula, podríamos convertirla en una gran herramienta política... Democratizando el acceso a las rentas del capital:

  • Si no sólo los ricos se beneficiasen de ellas, r > g no causaría tanta desigualdad como ahora.
  • Si se dividieran a partes iguales entre todos, r > g no causaría desigualdad en absoluto.
  • Si beneficiasen a los pobres más que los ricos, r > g haría desaparecer la desigualdad por completo.

Salvando las distancias, Corbyn y Rawls gustan de la primera y la segunda opción, respectivamente. Como es obvio, estas siguen un orden ascendente en función de la dificultad de llevarlas a la práctica. Algo muy conveniente, por cierto, para introducir nuestro último apartado, centrado en cómo bajar tales ideas al mundo real.

¿Qué peligros y oportunidades presenta la medida?

En economía, vale tanto conocer los pasos en falso a evitar como las potenciales ventajas de cada senda. Porque esta propuesta tiene ambas cosas, y no serán baladí mientras quede margen de maniobra.

Pero, antes, rompamos una lanza a favor de Corbyn. Para construir economía más resiliente e inclusiva, dar voz propia a los trabajadores es un buen comienzo, pues equilibra sus intereses con los de otros agentes.

Digo más. Repartir acciones es una forma genial de alinear los intereses de gestores y stakeholders (lo cual abarca desde dueños de la empresa hasta mano de obra).

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Eso sí, debe hacerse de forma clara, comedida y flexible. Y es que, si bien la propuesta laborista adolece aún de una significativa falta de detalles, no por ello conviene menos advertir de los potenciales riesgos de lo dicho y lo callado.

Recordemos, con tal matiz en mente, que una eventual huida de capitales (de consecuencias impredecibles y potencialmente catastróficas) podría responder a:

  • Una ambigüedad que redundaría en inseguridad jurídica (e.g., la presente incógnita respecto al tamaño máximo de tal cuota obligatoria de accionariado sindical).
  • Una cuota desmesurada e inflexible podría reducir la productividad (generando conflictos entre el interés inmediato o estacional de divisiones locales y el futuro o permanente del conjunto de una compañía).
  • Un coste excesivo, en inmediatez y cuantía, podría suponer dificultades financieras e incluso quiebras (sería el caso de impedir la opción de que el valor de las acciones recompradas sustituya a una parte del sueldo de los trabajadores beneficiados, en calidad de ‘pago en especie’).

Minimizar tales amenazas hasta no poner en jaque a ninguna empresa no sólo es compatible con la alineación de intereses mencionada, sino que abre la puerta a una ventaja nueva: promover la cultura financiera.

De poder intercambiar las acciones recibidas (cosa que los laboristas pretenden prohibir), se fomentaría que los trabajadores empezaran a formarse en finanzas básicas. ¿Cuándo debo comprar y vender? ¿Qué políticas dañan el valor de mis acciones y cuáles lo aumentan? ¿Cómo puedo gestionar mejor mi patrimonio? ¿Ganaría ahorrando más?

Ampliar el número de ciudadanos capaces de responder con fundamento a esas y otras preguntas resulta esencial. Así lo entienden los países que se afanan en mantener a sus gentes activamente implicadas en la gestión de sus fondos soberanos y de pensiones, como podrían ser Noruega o Chile.

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Por si fuera poco, ambas ventajas son compatibles con un último cambio. La medida ganaría un océano de flexibilidad de cambiar su obligatoriedad por un carácter opcional basado en descentralización e incentivos fiscales:

  • La prueba y error descentralizada de las distintas fórmulas (contabilizarlo como salario en especie, hacerlo como bonus, mezclar ambas, etc.) reduciría el riesgo de un fallo sistémico.
  • Con los incentivos adecuados, la adopción de la medida seguiría siendo unánime de facto. Y no sólo eliminarían el riesgo de huida de capitales, sino que podrían llegar a atraer inversión extranjera.
  • Exigir mayor responsabilidad fiscal al Estado para financiar tales incentivos sería una excusa tan buena como cualquier otra para fomentar la cultura financiera también entre votantes y contribuyentes.

Con todo y con eso, quedan aún muchos detalles por aclarar respecto a la propuesta del Partido Laborista. ¿Y tú, coincides en los riesgos y oportunidades señalados? ¿Por cuáles crees que se decantará Corbyn? ¿Piensas que la socialdemocracia europea le seguirá en esta cruzada? ¡Déjame tus respuestas en los comentarios!

Imagen | Matt From London Imagen | Wikimedia Commons; User: Qwertyus Imagen | Wikimedia Commons; Autor: Alvaro Marques Hijazo
Imagen | QuoteInspector Imagen | Mickyboyc

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