Ni la automoción, ni la aviación... La próxima gran batalla contra el cambio climático se libra en los puertos marítimos y su comercio

Ni la automoción, ni la aviación... La próxima gran batalla contra el cambio climático se libra en los puertos marítimos y su comercio
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A menudo cuando hablamos de cambio climático y de la transición energética nos quedamos en la mente tan sólo con otros agentes contaminantes más visibles, como pueden ser esos automóviles que usamos cada día, o con esos aviones que llevan una fama (en parte merecida, en parte inmerecida) de ser grandes contaminantes a nivel planetario.

Dentro del mismo sector del transporte, hay otro gran contaminante que casi siempre pasa muy desapercibido a ojos del ciudadano común, pero lo cierto es que supone ahora mismo el gran reto para tratar de paliar este cambio climático que ya es un hecho, y para el que los negacionistas hace tiempo que mutaron de aquel visionario “el cambio climático es un cuento” al actual “el cambio climático no es por el petróleo”. No sé cuál podrá ser su próxima huida hacia adelante para tratar de evitar hacer auto-crítica, y de eludir tener que reconocer que se la colaron y que sus acciones han contribuido decisivamente a que estemos como estamos.

Pero ese otro gran contaminante que pasa desapercibido es el transporte marítimo, que ahora mismo, además de ser uno de los más relevantes contaminantes a nivel mundial con gran proyección de ir a más, a la vez es uno de los sectores en el que apenas se han hecho hasta el momento progresos en la transición hacia un modelo de energías limpias. Y su peso en las emisiones de gases efecto invernadero es muy relevante. Sin involucrar al transporte marítimo, como que no tiene sentido pensar en revertir la calamitosa situación del clima, si es que aún estamos a tiempo de poder hacerlo.

Del automóvil a los aviones, las energías verdes se han abierto camino en la propulsión menos contaminante

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Sin entrar en un debate sobre si “cambio climático sí o cambio climático no” cuyo tiempo ya pasó, a modo de mera introducción, simplemente les voy a referenciar a ese artículo que ya escribiéramos hace años, cuando muy probablemente aún estábamos a tiempo de hacer algo para evitar la presente situación de desastre climático, que ahora ya nos vemos abocados a la mucho más difícil única salida de revertir. Así, cuando esos negacionistas aún negaban por la mayor que el cambio climático fuese a ocurrir, desde estas líneas nosotros estábamos llamando con urgencia (y casi desesperación) a hacer algo en nombre del progreso más sostenible en “Estamos perdiendo la lucha contra el cambio climático, y aun hoy hay cosas que nadie se ha preguntado”. Igualmente, cuando el cambio climático ya se volvió innegable, y esos negacionistas mutaron como les decía a que no era por las emisiones de combustible fósiles, les trajimos un revelador artículo de The Economist que dejaba incontestablemente patente la correlación total entre desarrollo humano (de la mano de la “petroleización”) y el cambio climático.

Y no nos podrán tachar precisamente a nosotros visceralmente de pecar de ser anti-petróleo, porque primeramente siempre hemos reconocido desde aquí el gran papel que ha jugado el petróleo en nuestros actuales niveles de bienestar y progreso. Lo único que afirmamos ahora desde hace ya algunos años es que, como parte de ese mundo siempre cambiante al extremo, ese papel toca a su fin, al menos como fuente de energía reina por excelencia. De hecho, lejos de satanizar al petróleo por satanizarlo, desde aquí incluso hemos propuesto alternativas a considerar que permitirían seguir quemando petróleo a espuertas sin que ello impacte sobre el clima, como eran esas hojas artificiales que pueden llegar a permitir hacer una fotosíntesis artificial a bajo coste, eliminando CO2 de la atmósfera.

Pero ahora lamentablemente, tras la ceguera de algunos, y en especial de aquel siniestro presidente Trump que en el momento crucial hizo saltar por los aires las prometedoras iniciativas que iban tomando forma cuando aún estábamos a tiempo, hoy por hoy nos vemos abocados a paliar y minimizar el desastre, porque ya no estamos a tiempo de evitarlo. De hecho, en breve veremos cómo se puede probar también cierto ese otro análisis que les trajimos hablando del desastre de segunda ronda que iba a suponer la actual tecnología de aire acondicionado, que en su actual estado y con las temperaturas cada vez más disparadas, sólo va a contribuir a empeorar todavía más la catástrofe climática.

Pero en fin, dejemos de lamentarnos por un pasado que no fue (o que no dejaron que fuese), y en el que tal vez algunos incluso nos sintamos algo responsables de no saber haber divulgado con más ahínco nuestro convencimiento de la que se nos venía encima, con el único fin de haberla evitado. Así que cerremos los ojos, hagamos “de tripas corazón”, y tratemos de ver el camino que sí que hemos sido capaces de recorrer, y sobre todo qué nos falta por avanzar para tratar de mitigar las peores consecuencias de este suicidio socioeconómico, alimentado también a base de propaganda y sus intereses. Eso sí, un último inciso dedicado a los que afirman que aquí sólo hay populismo climático (que lo hay), pero niegan categóricamente que haya también propaganda pro-petróleo como nosotros ya denunciamos hace años. Simplemente les invito a que valoren las últimas informaciones al respecto, y según las cuales plataformas como Facebook han recibido millones de dólares para inocular auténtica desinformación promoviendo los intereses de las petroleras y productores, y que sólo está basada en la mayoría de los casos directamente en simples y ramplonas mentiras (como toda propaganda). Así que, pasando ya al sector de la automoción, ¡Qué les vamos a exponer aquí nuevo sobre esa transición energética que ya inició sus andaduras hace años en el sector del automóvil!

No es la intención ni vamos a reincidir sobre un tema tan manido, y simplemente nos limitaremos a citarles algunos argumentos de valor que desde estas líneas les hemos traído cuando hemos analizado este tema en el pasado. Así, en el análisis “El coche eléctrico está muerto, bienvenido sea el coche eléctrico", ya expusimos cómo la transición al vehículo eléctrico era todavía más estratégica por la flexibilidad que aporta al consumo energético del parque de vehículos por carretera, que por la propia reducción de emisiones que traía (que también). De hecho, ya les expusimos que tal vez el enfoque del actual coche eléctrico sea algo inapropiado, y que no se podían perder tampoco alternativas de tecnologías con aplicabilidad eléctrica como la pila de hidrógeno. De hecho, esta tecnología alternativa resulta mucho más adecuada logísticamente frente a depender de recargas lentas, y que además obligan a pasar por asumir un impacto sobre el sistema eléctrico nacional que personalmente un servidor no acaba de tener nada claro.

Por otro lado, y pasando ya al apasionante mundo de la aeronáutica, si bien es cierto que ya infunde algo de respeto pensar que uno pasará a volar con una tecnología eléctrica de partida con menos capacidad de propulsión que mediante la quema de queroseno, lo cierto es que el sector aéreo también ha hecho grandes avances en lo que a tecnologías de electrificación de las aeronaves de refiere. Y no duden de que, cuando éstas lleguen por fin a la aviación comercial a gran escala, los tradicionales estándares de seguridad de uno de los transportes más seguros del mundo harán que volar a base de watios también sea igualmente seguro. Así, actualmente ya hay en el mercado aeronaves eléctricas al 100%, por ahora de dimensiones reducidas, eso sí, e igualmente este tipo de vehículos aéreos ya están incluso en el roadmap de un gigante como Airbus. El hecho es que las aeronaves eléctricas ya empiezan a ser toda una alternativa, como bien publicaron ya en la revista Quartz. Y tampoco se nos puede pasar por alto esa otra evolución del sector aéreo que ya les analizamos también hace unos años, y que eran esos coches voladores que, aunque ya son una realidad, todavía no son una realidad a pie de calle, pero que también son eléctricos y suponen así una alternativa al propio automóvil para desplazamientos privados y familiares.

Pero tras automóviles y aviones, los barcos se quedaron atrás en la lucha contra el cambio climático, y andan varados en la época del “diésel para todos”

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Pues sí, así es. La (necesaria) vorágine de la transformación energética se había dejado varado en el camino a una de sus patas más importantes en un mundo globalizado, y que es la marina mercante. Este subsector del transporte marítimo es un importante productor de gases de efecto invernadero, al que hasta ahora casi nadie miraba a la hora de reducir las emisiones. Pero ninguna política de reducción de dichas emisiones puede considerarse ni completa ni efectiva si sigue obviando a las emisiones del que es el principal medio de transporte de mercancías en la época de la globalización. Y ya no es sólo lo que el sector del transporte marítimo emite a día de hoy, sino que las proyecciones sólo apuntan a un crecimiento que lo haría cada vez más relevante. De hecho, el sector no hace más que crecer y ganar peso en el conjunto de la economía mundial, e incluso el cambio climático y el derretimiento de los polos está propiciando que se abran nuevas vías comerciales mucho más rentables, como las que por ejemplo surcarían las habitualmente heladas aguas que circundan el polo norte. Y es que, pudiendo estar instalados en el cortoplacismo más ciego, es seguro que alguno en el sector piensa que no sólo no tienen por qué abrazar una lucha contra el cambio climático que les va a resultar difícil y costosa, sino que puede que igual piensen que el deshielo polar les beneficia. Desde luego hay veces que en este mundo es incluso preferible ser ciego a estar así de ciego.

Lo cierto es que el sector está en auge, y es totalmente clave y esencial para el comercio mundial. No hay más que ver la que se montó a nivel planetario, y todo lo que podría haber acabado trayendo de haberse retrasado la solución, con el embarrancamiento de un buque que interrumpió el intenso tráfico marítimo a través del canal de Suez. O sin ir más lejos, lo dañino y la también gran repercusión que ha tenido el tema de la carestía de contenedores para traer productos en los buques mercantes. O sólo por citar otro ejemplo más, cómo los últimos brotes de Coronavirus en importantes terminales marítimas esenciales para el comercio mundial ha puesto en jaque de nuevo a todo tipo de empresas del mundo, cuyas cadenas de aprovisionamiento dependen de un barco cargado con contenedores que zarpe a surcar los mares. Y por cierto, que estos brotes masivos han tenido lugar mayormente en puertos chinos, en donde, a pesar de lo que exhibe la propaganda estatal china para vendernos el modelo dictatorial Chino como el ideal de los ideales (pero ideal de la muerte), la pandemia allí tampoco ha acabado ni mucho menos. Será por aquello que ya les analizamos sobre las diferentes vacunas contra el COVID-19, y cuyos datos revelaban que la vacuna china no salía precisamente nada bien parada de los datos más objetivos y contrastables, que no los propagandeados sin ningún rigor.

La verdad es que, últimamente, ese silencioso coloso en las cadenas de aprovisionamiento que es el transporte marítimo sale de una y se mete en otra. Y en cada ocasión que a dicho coloso le tiemblan un poco las piernas, el mundo que sostiene sobre sus hombros se echa a gritar aterrorizado. Y no es para menos. Sin comercio marítimo, aunque sea durante unas pocas semanas, todo nuestro mundo se vendría abajo de forma caótica y super-destructiva. Así que, sea como fuere, aquí tienen la demostración de la gran importancia socioeconómica que el mundo de los puertos y los buques mercantes tiene en nuestro mundo, y por extensión, de la importancia que su intenso tráfico y sus abundantes emisiones tienen en el tema del cambio climático. Así que, sí, mucho me temo que, tras la revolución verde que hemos visto abrazar en el sector de la automoción y la que está en curso con determinación en el sector aéreo… la asignatura pendiente de la reducción de las emisiones está inevitablemente en el sector del transporte marítimo.

Pero aparte de ser realistas cuando toca, desde estas líneas igualmente nos caracterizamos por ser optimistas hasta el final, y por no tirar la toalla y seguir trabajando por conseguir los objetivos que consideramos ineludibles. La lucha contra el cambio climático es uno de ellos, y el transporte marítimo uno de sus temas a atacar “al abordaje”. Pero igual que en ese sector queda mucho por hacer, también hay parte del camino ya recorrido. De hecho, en este tema no sólo son los buques mercantes, sino que también son los puertos como infraestructuras clave en toda la cadena de transporte marítimo. Y ahí ya hay pasos que se están dando desde hace algunos años, habiendo normas internacionales para implantar puertos inteligentes, y en las cuales la eficiencia energética es una de las principales prioridades.

Por cierto, que una de estas recomendaciones normalizadoras es precisamente española, y de aplicación en los puertos de todo el mundo. Para que luego digan del “made in Spain”. Eso sí, lo lamentable es que la norma fue alumbrada como parte de un extinto Plan Nacional de Territorios Inteligentes, con el que España alcanzó un liderazgo mundial en este tema tan disruptivo y de futuro, pero que se malogró y acabó siendo cerrado con uno de esos inexplicables carpetazos que muchas veces ocurren en nuestra administración. Nadie se explica cómo pueden no apoyar y seguir impulsando al tejido socioeconómico español en temas como éste, en el que por una vez España había conseguido ser líder a nivel mundial. Igual es que precisamente eso es lo que no interesa. A saber.

Una vez más, Europa es líder y ha sabido ver la necesidad de descarbonizar el sector marítimo y de poner rumbo hacia un futuro verde

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Pese a las miserias que les citaba de una España que tanta potencialidad tiene, pero que nos la echan a perder nuestros dirigentes, afortunadamente contamos detrás con una Europa que muchas veces sabe estar a la altura de los retos. De hecho, en el tema climático, hay que decir que Europa fue la única superpotencia que supo ver este reto y la necesidad desde hace ya años, y muy probablemente sólo gracias a la visión de nuestros dirigentes europeos podemos congratularnos de no estar aún peor de lo que ya estamos ahora mismo, con los termómetros batiendo marcas año tras año. Definitivamente, Europa ha abierto camino y ha dado un ejemplo a seguir a muchos países del globo, y además de innovar en un campo en el que no había mucha opción por culpa de la ceguera de otros, el tema es que Europa además lo ha hecho generando tejido socioeconómico y desarrollando tecnologías verdes disruptivas, que ahora rentabiliza vendiendo por todo el mundo al ser pionera. En el tema de la descarbonización del sector marítimo, de nuevo Europa lleva la delantera a nivel mundial, y desde hace ya algunos años este tema está en el punto de mira de nuestros dirigentes en Bruselas. Hoy por hoy, el transporte marítimo es responsable de un 2,5% de las emisiones de gases efecto invernadero, un dato nada despreciable dentro del contexto mundial.

Y en el caso concreto del sector marítimo europeo, las cifras son aún más relevantes, puesto que supone un 3,7% de las emisiones de la UE, según desveló el primer informe anual de la Comisión Europea sobre las emisiones del sector marítimo. Y por cierto, dos tercios de estas emisiones son debidas a rutas marítimas entre un puerto europeo y uno de fuera de la UE: vamos, debidas principalmente al comercio internacional. Pero eso no es lo que hace el problema más acuciante, sino que lo que más hace que la descarbonización marítima sea ineludible es su proyección de que esas emisiones se incrementen en las próximas décadas entre un 50% y un 250%. Desde luego que, en el contexto de cambio climático en el que nos encontramos inmersos, no nos podemos permitir que se nos escape un emisor de estas características para echar a perder los progresos pro-clima que consigamos hacer con tanto esfuerzo en otros sectores. No obstante, Europa puede que sea la superpotencia que más determinación y compromiso ha mostrado desde un principio en el tema de la reducción de las emisiones marítimas, pero lo cierto es que ni mucho menos se puede decir que la europea sea una obstinación sin motivo: la propia Organización Marítima Internacional afirma sin ambages que las emisiones de su propio sector deben reducirse en un 50% antes de 2050.

Así que unos predican, Europa aplica, y otros a ver si se ponen las pilas, que el objetivo es mundial y en beneficio de todos (o a estas alturas más bien deberíamos decir que lo que en realidad hace es restar perjuicio a todos). Desde luego que el reto para el sector (y para Europa y los que le sigan) es mayúsculo, puesto que no sólo la meta a conseguir es ambiciosa y necesaria, sino que esa meta se impone en un contexto en el que las emisiones del sector marítimo vienen experimentando en los últimos años una sostenida tendencia a alza. Y hay que decir que la apuesta europea no es simplemente una serie de palabras biensonantes predicadas a los cuatro vientos, sino que detrás hay toda una estrategia continental, que además es mayormente acertada al apostar Bruselas por la innovación tecnológica de nuevo como forma de reducir las emisiones marítimas, y así conseguir progresar socioeconómicamente también en este campo.

Pero aparte del siempre climáticamente adelantado caso europeo, lo cierto es que desde luego que, en el sector marítimo, aquí primero hay que revertir la tendencia cada vez más contaminante en la que está instalado el sector, y una vez invertido el rumbo virando el timón, hay que poner las máquinas a todo gas porque si no esas metas jamás podrán ser alcanzadas a tiempo. Y desde luego que, en cuestión de emisiones, sin el sector marítimo aquí no vamos a ninguna parte, así que esperemos que, tanto países marineros, como navieras, como capitanes de barco dejen de ponerse de perfil, a ver si nadie se acuerda de ellos y se pueden saltar lo de la descarbonización de su sector.

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Aquí no vale esconderse tras la invisibilidad de cara a la opinión pública que da el hecho de que ya no haya tan apenas pasajeros marítimos humanos, y que los transportados sean hoy en día casi siempre contenedores. Y no sería justo que, mientras que la mayoría intenta por fin mover el mundo con una palanca y un punto de apoyo, los haya que no sólo no ayudan, sino que asientan sus posaderas cómodamente sobre él, obligando al resto a hacer todavía más esfuerzo. Porque descarbonizar nuestro desarrollo económico es cosa de todos, y si uno falla, fallamos todos, y además el mal hacer de unos echará por tierra los encomiables esfuerzos de otros. Eso no sólo sería egoísmo, sino también desprecio y desconsideración. Vamos, todo un clásico de determinadas naturalezas (in)humanas, así que buena será una legislación que no les permita seguir yendo a la deriva ni aunque se lo propongan.

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