Esta es la teoría de Wang Huning, considerado por muchos como el intelectual más influyente de China, para que EEUU colapse a largo plazo

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Sergio Delgado

Hablar de Wang Huning es hablar de una de las figuras más decisivas del pensamiento político chino contemporáneo. Nacido en 1955 y formado en la Universidad de Fudan, ha sido asesor y dirigente clave bajo Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi Jinping, algo muy poco frecuente en la política china.

Su peso no se limita al terreno doctrinal: hoy ocupa una de las posiciones más altas del Comité Permanente del Politburó y participa en áreas sensibles como ciberseguridad, finanzas, construcción del Partido y coordinación política.

Su influencia procede de una idea central: China no debe copiar sin filtros el modelo occidental, porque considera que las aparentes fortalezas de Estados Unidos esconden contradicciones profundas.

Esa lectura cristalizó especialmente tras su viaje a Estados Unidos en 1988 y quedó plasmada en America Against America, una obra en la que disecciona la sociedad estadounidense como si fuera al mismo tiempo un objeto de estudio y una advertencia estratégica.

El núcleo de su tesis: la gran contradicción entre unidad e individualismo

La base del planteamiento de Wang Huning es que Estados Unidos ha construido una potencia extraordinaria, pero sobre una tensión interna que a largo plazo puede volverse destructiva.

Por un lado, el país necesita cohesión, creencias compartidas, disciplina institucional y capacidad para coordinar a millones de personas. Por otro, su cultura política y social eleva el individualismo, la autonomía personal y la fragmentación de intereses hasta niveles muy altos.

Para Wang, he aquí el punto más importante. La propia fractura del sistema. Según su razonamiento, cuanto más triunfa el individualismo, más difícil resulta sostener la familia, la educación cívica, la autoridad pública y una visión nacional coherente.

Y cuando esos pilares se erosionan, la potencia material sigue existiendo durante un tiempo, pero la solidez estratégica empieza a deteriorarse.

Una sociedad fuerte en tecnología, pero vulnerable en cohesión

Uno de los aspectos más llamativos de su análisis es que no niega la superioridad tecnológica y organizativa de Estados Unidos. Al contrario, la estudia con admiración instrumental.

Destaca su capacidad para innovar, para mercantilizar sectores enteros, para conectar territorio, conocimiento, universidades, bibliotecas, think tanks y empresas. También observa que el país ha conseguido convertir la ciencia y la tecnología en herramientas de gobernanza social.

Sin embargo, ahí introduce una segunda capa crítica. Considera que la tecnología no resuelve por sí sola los problemas humanos de fondo.

Su tesis es que Estados Unidos tiende a tratar conflictos sociales, culturales y políticos como si fueran simplemente problemas técnicos o de dinero.

Desde su punto de vista, eso genera una ilusión de control: el sistema parece eficaz, pero va aplazando tensiones más profundas relacionadas con valores, identidad, comunidad y sentido colectivo.

La mercantilización como potencia y como amenaza

Wang concede gran importancia a la mercantilización de la sociedad estadounidense. Entiende que el mercado ha permitido desarrollar vivienda, transporte, empleo, consumo y servicios con gran dinamismo. También ha reducido la carga directa del Estado en muchos ámbitos.

Pero, a su juicio, esa misma lógica tiene un reverso peligroso: cuando demasiadas esferas de la vida quedan subordinadas al valor de cambio, la sociedad empieza a medirlo todo en términos de utilidad inmediata, beneficio y recompensa individual.

Ese proceso, en su lectura, acaba debilitando los vínculos no mercantiles que sostienen una nación a largo plazo. La familia se resiente, la educación pierde profundidad moral, el prestigio del dinero desplaza otras formas de reconocimiento y el sistema se vuelve más eficaz para autorizar y expandir que para contener, corregir o prevenir. No ve aquí un colapso repentino, sino una corrosión lenta.

Familia, educación y valores: el frente interno del declive

Donde Wang sitúa los primeros síntomas de una crisis estructural es en la esfera social. Considera que el individualismo estadounidense dificulta la estabilidad familiar, fomenta relaciones más frágiles entre generaciones y desplaza al Estado cargas crecientes en cuidados, juventud y cohesión social.

A su juicio, cuando la familia pierde capacidad de integración, el sistema político tiene que absorber más tensiones, pero no siempre dispone de instrumentos culturales para hacerlo.

También concede mucha importancia a la educación. Le preocupa la combinación entre excelencia universitaria, desigualdad formativa y debilitamiento de los conocimientos básicos y de la transmisión de valores comunes.

En su razonamiento, una potencia puede mantener durante un tiempo un enorme aparato tecnológico y económico, pero si las nuevas generaciones pierden referencias culturales compartidas, disciplina intelectual y sentido de pertenencia, el desgaste institucional termina apareciendo.

El problema de las reglas, las creencias y la legitimidad

Uno de los elementos más sofisticados de su teoría es que no reduce la fortaleza de Estados Unidos a sus leyes. Reconoce que la Constitución, la alternancia política, la representación y ciertas tradiciones han dado gran estabilidad al sistema.

Pero subraya algo decisivo: las instituciones solo funcionan de verdad cuando están respaldadas por creencias profundas.

Aquí aparece un punto central para entender por qué Wang piensa en un declive de largo plazo. Si las normas siguen en pie, pero las convicciones que las sostienen se debilitan, la legitimidad se vuelve más formal que real. El sistema continúa operando, pero con menos cohesión moral.

Desde esa perspectiva, el peligro para Estados Unidos no sería tanto una derrota militar directa como una erosión gradual de su capacidad para reproducir obediencia, confianza y sentido de misión histórica.

Japón ayer, China hoy: el desafío externo que aprovecha la debilidad interna

Cuando escribió estas ideas, Wang observaba con atención el auge de Japón y lo interpretaba como una prueba de que un modelo más colectivista, disciplinado y orientado a largo plazo podía desafiar la primacía estadounidense.

Su argumento no era que Estados Unidos fuera a hundirse de inmediato, sino que otras potencias con mayor cohesión estratégica podrían desgastarlo progresivamente.

Ese esquema es relevante porque anticipa la lógica que muchos ven hoy en la estrategia china: no derrotar a Estados Unidos en un choque frontal, sino esperar y acelerar sus contradicciones internas mientras China fortalece Estado, tecnología, planificación, industria y control político.

La teoría de Wang Huning no plantea un colapso instantáneo, sino un proceso histórico en el que el exceso de individualismo, mercantilización y fragmentación termine debilitando la hegemonía estadounidense desde dentro.

Por qué su pensamiento sigue siendo clave para entender a Pekín

La importancia de Wang reside en que ofreció a la élite china una refutación intelectual de la idea de que la democracia liberal era el destino inevitable de todas las sociedades avanzadas.

Su propuesta fue distinta: Estados Unidos es poderoso, pero no universal; admirable en muchas capacidades, pero vulnerable en su estructura moral y social; exitoso en innovación, pero expuesto a una crisis de cohesión.

Esa combinación de admiración técnica y rechazo ideológico ha resultado enormemente útil para la China contemporánea. Permite aprender del rival sin imitarlo del todo, competir con él sin asumir su superioridad moral y justificar un modelo en el que el Estado, el Partido, la disciplina social y la continuidad estratégica pesan más que el pluralismo liberal.

Imágenes | BBC, RTVE

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