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Irene, camionera: "Me fui a Logroño y Cantabria y, de vuelta a Madrid, me quedé a medio camino porque no me daban las horas"

La camionera comparte en redes su día a día al volante, entre rutas interminables, parkings y horas de conducción, con un sentido del humor que engancha a miles de seguidores

Irene, camionera: "Me fui a Logroño y Cantabria y, de vuelta a Madrid, me quedé a medio camino porque no me daban las horas"
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Redacción El Blog Salmón

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Hay personas que tienen una capacidad brutal para normalizar lo extraordinario, y Irene es una de ellas. Mientras tú y yo nos preocupamos por si llegamos tarde a la reunión de las tres porque había cola en la glorieta, esta mujer se levanta a las seis de la mañana en medio de ninguna parte después de haber dejado el camión "a mitad de camino" porque las horas no le daban para llegar a Madrid. 

Lo mejor de Irene es que no vende heroicidad ni victimismo. Cuenta su jornada con la naturalidad de alguien que se ha acostumbrado a vivir entre rutas, CMRs y contenedores: "Me fui a Logroño, fui a Cantabria, descargué el contenedor, cogí otro y voy dirección Madrid. Me he quedado a mitad de camino porque las horas no me han dado, obviamente". Y ahí está la clave: ese "obviamente" que te deja ver que para ella, parar a dormir cuando se acaban las horas de conducción forma parte de su día a día, no una excepción ni una desgracia. Es su normalidad, y la asume con una frescura que da envidia. Otras camioneras como Adriana también saben bien lo que es lidiar con los prejuicios de un mundo que sigue asociando los camiones a hombres con panza y barba postiza.

Pero Irene no solo conduce y carga. Construye comunidad desde la cabina de su camión —al que llama "el unicornio", con ese punto de ternura absurda que tanto mola— y habla de sus seguidores como si fueran familia: "Mil gracias a los que me encuentro en carretera y me saludáis. Me encanta que me saludéis, pero cuando me deis las luces, después escribirme". Porque claro, hay un detalle que se le escapa a quien no conoce este mundo: cuando otro camión te hace las luces en la autopista, tú miras, intentas ver quién es, pero vas a 80 o 90 kilómetros por hora, con varias toneladas detrás y no tienes tiempo de identificar a nadie. Así que Irene pide paciencia y un mensajito después. Es humanamente imposible seguir la mirada de todos los que te reconocen.

Y luego viene lo que más me gusta de su carácter: esa mezcla de profesionalidad y vulnerabilidad que te la hace inmediatamente cercana. Habla de sus vacaciones como quien confiesa un pecado menor: "En un mes y poco me quedo de vacaciones. Que no voy a hacer nada del otro mundo, pero por lo menos descansaré algo". Y suelta joyas como esta: "Los fines de semana míos son súper ajetreados, porque también trabajo". Porque sí, en el transporte por carretera también se trabaja algunos fines de semana y festivos, aunque los conductores profesionales tienen descansos semanales obligatorios según la normativa europea. La mercancía tiene que seguir moviéndose y el sector no se detiene automáticamente porque sea sábado, domingo o festivo de pleno riguroso.

Irene también tiene ese humor autodeprecativo que tanto conecta: "Soy una pesada, lo sé, pero es que hay que dejarlo en algún sitio", dice refiriéndose a si dejará o no el camión en Madrid, tema que parece obsesionar a sus seguidores. Y hasta les contesta a quienes le insinúan cosas románticas con una picardía genial: "Tengo por ahí a Fresita diciéndome que lo está esperando con los brazos abiertos. Fresita, sigue jugando, nunca se sabe, tú insiste. El que la sigue, la consigue, ¿no?". No sé vosotros, pero yo adoro a gente que puede hablar de contenedores, horas de conducción y conquistas amorosas en el mismo párrafo sin que le tiemble el pulso.

Al final, Irene es mucho más que una mujer en un sector tradicionalmente masculinizado: es la prueba viviente de que los oficios tradicionales necesitan urgentemente nuevos rostros porque los viejos se jubilan y alguien tiene que llevar la mercancía. Ella lo hace con una sonrisa, un "besote muy gordo que nunca falte" y la conciencia tranquila de quien sabe que su trabajo, aunque invisible para la mayoría, es una pieza fundamental para que la economía siga funcionando mientras nosotros dormimos. Y eso, amigos míos, se llama dignidad con mayúsculas.

Imagen | Un camión en la carretera. Дмитрий Рощупкин (vía Pexels)

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