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El motivo por el que la divisa de Hong Kong no se ha hundido con las revueltas populares (por ahora)

El motivo por el que la divisa de Hong Kong no se ha hundido con las revueltas populares (por ahora)
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A (casi) ningún ciudadano le ha pasado por desapercibido el levantamiento popular que está teniendo lugar en Hong Kong desde hace meses, en los que los ciudadanos de la ex-colonia británica están luchando, arriesgando su integridad física e incluso su vida, por conseguir volver a tener unos derechos democráticos y unas garantías judiciales que les habían sido arrebatados. Y, como ya les analizamos, es al Oriente hacia donde deben mirar esas democracias occidentales, que no sólo están en bastantes casos perdiendo su esencia democrática, sino también sus valores e ideales democráticos más fundamentales.

Pero más allá de la vertiente más político-social y socioeconómica de este levantamiento hongkonés, hay un extraño asunto de carácter puramente económico que está pasando desapercibido en los mercados. Se trata de una singularidad a priori bastante rara, por la que no estamos viendo patrones económicos que deberían estar manifestándose. Y es que, en medio de toda esta agitación, interrupción de servicios públicos, perjuicios para la actividad económica, malas perspectivas de estabilidad para los negocios, e inseguridad jurídica, sorprendentemente la divisa de la isla, el dólar de Hong Kong, apenas se ha movido en su cotización frente al dólar estadounidense. ¿Por qué está ocurriendo esta anomalía económica?

Aquellos tigres asiáticos, que acabaron maullando de dolor como simples gatitos

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Empezaremos con un poco de historia económica, que nos ayudará a apreciar doblemente el carácter de singularidad económica presente en que el dólar hongkonés no esté despeñándose. Corría el año 1997, y hasta entonces los denominados tigres asiáticos hacían honor a su nombre, y rugían económicamente con gran ímpetu y tasas de crecimiento apenas vistas en otras regiones del mundo. Pero la fiesta tocó a su fin y, efectivamente, otro de los denominadores comunes de las economías de la zona que mordieron el polvo fue el haber estado colocando grandes volúmenes de deuda en los mercados. De nuevo, tuvimos una demostración más de los estragos que causa un siempre terrible sobre-endeudamiento, sobre el que también les advertimos en la coyuntura actual, tanto (a nivel público en este caso) por ejemplo en EEUU, o en otros países como la propia España.

Pero esta crisis fue más compleja que sólamente eso. Además, está el hecho de que los gobiernos de la zona persistieron empecinadamente en su política de vincular sus monedas nacionales al dólar estadounidense, lo cual si bien mantuvo bajo control la inflación durante un tiempo, les fue carcomiendo sus fundamentales con una peligrosa y contínua pérdida de competitividad. El dólar de la época fue apreciándose frente al yen japonés, hasta llegar a una apreciación del 30% que las economías de estos tigres asiáticos no pudieron encajar, pues hacía que sus exportaciones se encareciesen de forma automática con cada nueva subida del dólar estadounidense. Una situación que fue aprovechada por economías como la China, que no adolecían de este punto débil, y que desde el gigante rojo aprovecharon sin dudarlo para ganar cuota de mercado a coste de sus vecinos, erosionando así peligrosamente sus economías.

En medio de todo este lúgubre escenario, estos países fueron acumulado durante años un abultado déficit por cuenta corriente que, como siempre acaba por pasar en los mercados, una buena mañana alguien decidió que ya "pasaba de castaño oscuro", y así empezó a deshacer posiciones masivamente, en lo que se acabó convirtiendo en un efecto cascada que derrumbó aquellos mercados y divisas, y que puso de rodillas a las economías de la zona.

Así, como tras toda época dorada con más excesos que prudencia, aquel "El Dorado" económico tocó a su fin de forma abrupta y dramática. Sobrevino la terrible "Crisis de los tigres asiáticos" que muchos ya no recordarán, pero que enterró la vida y la economía de incontables familias asiáticas. Tal vez en Europa la cosa nos cogiese de soslayo, a pesar de cómo esta crisis vapuleó los mercados de todo el mundo (incluídos los europeos y los estadounidenses), pero lo cierto es que en los países afectados esta crisis marcó un claro antes y un después, tanto a nivel macro-económico, como micro-económico, como familiar, personal y socioeconómico. A pesar de que finalmente, y tras mucho sufrimiento, la recuperación acabó llegando a las economías de la zona varios años después, aquellos países de alguna manera cambiaron para siempre.

Y es que no se puede pasar por alto el sufrimiento y el estrés social que aquella auténtica debacle regional ocasionó, que sin duda marcó para siempre a varias generaciones de gobernantes, empresarios y ciudadanos. Esto fue especialmente dramático en unos países con una fuerte cultura del trabajo, en donde las personas se deben a su empresa de manera casi incondicional. Así, los despidos eran allí todavía más traumáticos que en otros países, y además los nuevos desempleados sufrían la reprobación y la pérdida de consideración social en una sociedad en la que una persona sin trabajo era lamentablemente un ciudadano de segunda, al que además a menudo se le culpabilizaba de su situación.

Con estas premisas socioeconómicas a la vista, y como doble demostración de esa reprobación social, no debemos olvidar cómo los parques de ciudades como Seúl se poblaban con miles de desempleados durante las ocho horas de jornada laboral. Eran (ex)trabajadores con traje, corbata y portafolios, que pasaban allí el día charlando y apoyándose psicológicamente unos a otros como podían. Eran la punta del iceberg de todo un drama nacional por el que aquellos trabajadores no eran capaces de confesar ni tan siquiera a su propia pareja que se habían quedado en el paro.

Así, gestionaban su economía familiar como podían con sus ahorros para mantener las apariencias en casa, y se despedían por las mañanas de su pareja simulando irse a trabajar, para acabar en el parque con centenares o incluso miles de personas en su misma e inconfesable situación. Se avergonzaban de no tener un trabajo, y no querían sufrir la lacra social que ello suponía a todos los niveles en unas sociedades devotas de la vida laboral.

En aquella crisis regional, el dólar de Hong Kong ya fue el mirlo blanco que se salvó de entre las divisas de la zona

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Y en todo este (des)contexto regional, aquellas divisas asiáticas se despeñaban día y noche, sin parecer tener posibilidad de tocar siquiera fondo: las caídas eran de infarto, alcanzando muy frecuentemente las cifras de dos dígitos en un sólo día (o más bien: en una sola noche). Won coreano, rupia indonesia, baht tailandés, ringgit malayo, peso filipino... fueron nombres que no dejábamos de ver en nuestras retinas cuando cerrábamos los ojos al dormir. El baht tailandés fue uno de los iconos de aquella crisis, tras haber sido el primero en empezar a sufrir lo indecible cuando el 2 de Julio de 1997 prendió la mecha, tras el reconocimiento de la situación que supuso que lo devaluase fuertemente el gobierno tailandés. Y por que se hagan idea de la magnitud de aquella debacle, esta moneda perdió un 80% de su valor contra el dólar estadounidense en el desarrollo de la crisis. Casi nada.

Con esta dinámica, la situación de la deuda se precipitó rápidamente, puesto que, al ya de por sí gran problema de los volúmenes de préstamos de alto riesgo en la zona, se añadió que muchos de éstos estaban denominados en dólares estadounidenses. Con aquellas devaluaciones masivas, los volúmenes de deuda se mutiplicaban de la noche a la mañana, puesto que las empresas y ciudadanos que ingresaban en moneda local, pero repagaban su préstamo en dólares, veían como las depreciaciones y las devaluaciones hacían subir y subir el importe de lo que debían en dólares. Como resultado, hubo economías de la zona que llegarón a arrojar contracciones del PIB de hasta el 14%: una dimensión de números rojos vista en pocas crisis, y que nos dan una idea de todo lo que fue aquello.

No fuimos pocos los que sufrimos con ojos vidriosos aquel desfase horario que nos separa de Asia, y no pocas veces teníamos que despertarnos en mitad de la noche europea para ver de qué calibre era la nueva zambullida asiática de aquel día (o más bien de aquella noche). Los monitores de la época eran fluorescentes de insomnio, y las cotizaciones de las divisas en las pantallas iban subrayadas de oscuras ojeras. Aquel fue el mundo que nos tocó más seguir que sufrir desde la lejana Europa.

Aunque Hong Kong no era una de las principales economías que presentaban el cuadro macro-económica descrito antes, tanto por su cercanía geográfica, como por su fuerte dependencia económica de los países afectados, como también por su carácter de centro financiero de la región, Hong Kong sufrió en sus propias carnes el dolor tan intenso de aquella crisis. No sin haber sufrido ataques especulativos que tensionaron fuertemente sus mercados e incluso su divisa, la realidad es que el dólar hongkonés fue la única divisa regional que fue capaz de mantener su tradicional paridad con el dólar estadounidense. No fue gratis, y aunque su divisa sobrevivió mayormente indemne a la debacle, fue a costa de tener que subir los tipos de interés para frenar la creciente inflación, lo cual impactó con severidad en el mercado inmobiliario y en los mercados bursátiles entre otros.

La situación en los mercados de Hong Kong llegó a ser tan extrema que, para que se hagan una idea, en la propia bolsa de Hong Kong (la más importante de la región) el gobierno incluso se lanzó a comprar masivamente acciones bursátiles, tratando así de evitar que la debacle acabase teniendo un alto impacto económico todavía más devastador, al destruir riqueza a espuertas por varias vías de agua masivas, entre ellas la bursátil. Pero el dolor infligido a la economía hongkonesa fue sensiblemente inferior a lo insoportable que fue el sufrido por otras economías de la zona que se precipitaron al vacío más profundo, ya que mientras tanto los hongkonitas sólo se quedaron mayormente colgando del precipicio. Doloridos, pero con los huesos sin pulverizar.

De nuevo hoy el dólar estadounidense acude al rescate de Hong Kong

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Pues ése es ni más ni menos el motivo de que la divisa hongkonesa hoy por hoy no se esté despeñando con la convulsa situación socioeconómica que viven en la isla: el dólar estadounidense. Al igual que en 1997, la paridad férrea que las autoridades económicas de la isla están manteniendo contra el dólar, está haciendo las veces de salvavidas económico. Lo que en otro país habría conllevado una profunda zambullida de su divisa, provocando múltiples daños colaterales en todo el tejido económico, en Hong Kong no está siendo así gracias a la divisa estadounidense.

La paridad de la divisa hongkonesa con el dólar estadounidense se remonta a décadas atrás, cuando en 1983 fue establecida por las autoridades económicas del país en medio de una fuerte devaluación de su divisa en los mercados internacionales. Ésta fue acaecida al calor del comienzo de las conversaciones chino-británicas en relación al traspaso político de Hong Kong al gigante comunista. En sólo un año el dólar, hongkonés se depreció un 30%, lo que decidió a las autoridades de la isla a adoptar la nueva política de paridad de divisas. Cada dólar hongkonés fue respaldado por un dólar estadounidense, y todos esos millones de dólares estadounidenses se custodiaban como reservas en la por entonces todavía colonia británica.

Esta paridad física real y al 100%, sin trampa ni cartón, es la que salvó al dólar hongkonés de los ataques especulativos en 1983, le salvó de nuevo de la devaluación de divisas de la crisis de los tigres asiáticos, y la que puede salvarle ahora de la gran incertidumbre que atenaza a la isla, tras su deterioro político-social impuesto desde Pekín a golpe de eliminación de derechos civiles y democráticos fundamentales. De hecho, las reservas totales en dólares de la isla duplican su base monetaria, con lo que esa paridad está sobradamente garantizada.

Realmente, en los anales de la Historia económica, ha habido muchas paridades con el dólar estadounidense que han acabado resultando estrepitosamente fallidas. Sin ir más lejos, lo fue aquella paridad del peso argentino a la que tan escandalosamente puso fin Medem hace unas décadas, y arrebatando a los ahorradores argentinos sus dólares estadounidenses para cambiárselos por unos muy devaluados pesos argentinos. Pero la receta del éxito hongkonés está en la disciplina inquebrantable con la que han profesado su filosofía paritaria desde hace décadas. Efectivamente, en Hong Kong han sido muy diligentemente disciplinados, y no se ha permitido bajo ningún concepto imprimir dinero que no estuviese respaldado billete por billete con dólares estadounidenses, además de obligarse a dejar fluctuar su base monetaria con los flujos de capitales.

Pero no todo son garantías inquebrantables, algo que ya saben los lectores más experimentados: en el mundo financiero, la seguridad absoluta nunca (de nunca) existe realmente. Y es precisamente en una situación como la que actuamente se vive en Hong Kong con la que puede llegarse a pensar en algo que pueda quebrantar la paridad, por muy sólida que sea. Si bien hay que decir que los controles de capitales chinos son muy importantes en la China continental, precisamente es un éxodo masivo de capitales lo que puede dar al traste con el sistema hongkonés, al llevar a las reservas a niveles peligrosos para poder garantizar la paridad.

Si los capitales empiezan a huir masivamente de Hong Kong, eso tensionaría los mercados cambiarios y las reservas al límite, pudiendo llegar a hacer saltar por los aires todo el sistema paritario. Porque tengan en cuenta que en Hong Kong no aplican (todavía) las mismas restricciones al movimiento de capitales que en el resto de China, y desde Pekín se conceden a la isla reglas monetarias y controles de capitales sensiblemente bastante más laxos que en la China continental. Existiendo pues mucha más libertad de flujos de capitales, el escenario de huídas de capital masivas perfectamente puede llegar a ocurrir, y no se aplican restricciones tan severas allí especialmente por el hecho de que Hong Kong es un hub financiero que debe seguir trabajando en el día a día con toda la región asiática.

Tampoco todo son ventajas en la paridad, puesto que, cuando uno hace su moneda dependiente uno a uno del dólar estadounidense, inevitablemente está sometiéndose implícita y explícitamente a la política monetaria dictada desde la Reserva Federal estadounidense, perdiendo buena parte de la capacidad de acción de las políticas monetarias locales. Huelga decir que esas políticas monetarias locales se establecerían de forma mucho más acorde a la realidad de la economía hongkonesa que las de la FED, cuyas variaciones de tipos de interés corren el riesgo de corresponderse a las necesidades monetarias reales de Hong Kong "como un huevo a una castaña".

Hoy por hoy, es poco probable (por ahora) que China decida acabar con la paridad de Hong Kong o con sus flujos de capitales por ese carácter de hub financiero principal de toda la región. El financiero Hong Kong vive principalmente de ello, y acabar con esa actividad supondría la ruina de la isla y de una suculenta fuente de ingresos también para las élites de Pekín. Pero realmente, en los tiempos tan colvulsos que vive actualmente la isla de Hong Kong, nada (absolutamente nada) es descartable. En cuestión de semanas, podemos ver perfectamente desatarse una tormenta financiera perfecta, que aliente esa huida masiva de capitales que es la que verdaderamente puede acabar con la estabilidad que la paridad del dólar ha imprimido a la isla, y que le ha puesto por ahora a salvo de turbulencias por la lamentable situación socioeconómica actual.

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Ante un éxodo financiero así, China tendría que enfrentarse al inexcrutable dilema entre acabar con el modelo económico de Hong Kong y restringir estrictamente los movimientos de capitales, o permitir la huida de capitales destrozando así igualmente la economía de la isla, al someter a una tensión insoportable al sistema financiero y a la paridad con el dólar que tanta estabilidad económica les ha dado durante décadas. Y tengan en cuenta que los altos flujos salientes de Hong Kong ya han encendido todas las alarmas, y hay ya una clara huida de capitales que salen despavoridos. ¿Qué ha cambiado realmente ahora en Hong Kong para que el modelo de éxito durante décadas esté amenazado de tornarse ahora insostenible? Simple y llanamente la diferencia ha sido la democracia, o más bien, la supresión de ésta, que ha hecho que el pueblo hongkonés se rebele de manera masiva provocando ondas sísmicas no vistas antes. Como ven, socioeconomía en estado puro.

Pero lo que resulta realmente paradójico del tema de hoy es que, en un contexto de guerra comercial abierta y sin cuartel entre EEUU y China, y siendo además el gobierno chino el que está tratando de dilapidar los derechos democráticos y jurídicos de los que venían disfrutando los hongkonitas, es precisamente la divisa estadounidense la que está evitando la debacle económica de la ex-colonia británica. Seguramente es un motivo por el que el pueblo de Hong Kong ve con buenos ojos la influencia económica de Estados Unidos, frente al totalitarismo socioeconómico que pretenden imponerles poco a poco desde las élites de Pekín, y contra el que el pueblo se ha levantado. Al final la economía es lo que tiene: incluso políticamente, los ciudadanos acaban valorando un sistema en el que se pueden ganar la vida dignamente y que les da estabilidad en todos los sentidos, y así acaban respetando en otro aspecto más los valores democráticos tan fundamentales que (todavía) tenemos en Occidente.

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