Desde acelerar la transformación digital a poner patas arriba el mercado laboral: lo que el Coronavirus ha cambiado para siempre

Desde acelerar la transformación digital a poner patas arriba el mercado laboral: lo que el Coronavirus ha cambiado para siempre
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Como muestra de respeto póstuma a todos esos fallecidos por Coronavirus que se fueron antes de su hora, para no regresar ya nunca más, sólo se puede empezar por recordarles, y por admitir que el mayor cambio que ha traído a nuestras vidas es habernos privado de la entrañable compañía de tantas decenas de miles de seres queridos, que todos tenían nombre y apellidos más allá del número aséptico que vemos publicado por doquier como parte de guerra diario.

Pero aparte de ello (que no es ni mucho menos poco), el Coronavirus no sólo parece que muestra una alta probabilidad de que va a estar instalado en nuestras vidas una buena temporada, sino que ya a día de hoy ha cambiado radicalmente muchos aspectos de nuestro mundo actual, y algunos de ellos son dignos de análisis porque pueden tener grandes implicaciones socioeconómicas en los plazos más largos.

No sólo fue dejar desérticas nuestras calles y plazas, está acabando por dejar seca nuestra economía

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Las imágenes de bulliciosas grandes capitales de alrededor de todo el mundo quedaron ahora como mero recuerdos de un pasado que aspiramos a recuperar, habiendo vídeos musicales como el de los Rolling Stones que muestran ilustrativamente chocantes imágenes de centros neurálgicos del planeta, otrora rebosantes de actividad y atestados de gente, y que ahora han estado amaneciendo durante semanas total e inquietantemente desérticos. Pero ojalá que ésa fantasmagórica imagen hubiese sido el único apocalipsis zombie que el Coronavirus ha traído a nuestras calles y plazas. Económicamente las cifras apuntan a que la desertificación popular que ha impuesto el confinamiento puede no acabar siendo nada con la desertificación económica que puede estar imponiendo el cese brusco de (casi) toda actividad económica durante tantas semanas. Las cifras son “noqueantemente” contundentes en una España que se desangra económicamente viendo precipitarse sus expectativas de PIB y también (una vez más) con el paro (y en el futuro muy probablemente lo seguirá haciendo con la deuda fruto de la factura de la pandemia). Esto será así seguramente incluso aunque se optase por recurrir a la línea de salvamento casi a coste cero extendida generosamente por Europa, que el gobierno tanto se resiste a tomar, y cuyo dinero habría que devolver igual (aunque supondría una factura sensiblemente menor en concepto de intereses).

Pero (mucho) más allá de las siempre asépticas e impersonales cifras macroeconómicas, hay miles de personas en España que están ya en una situación socioeconómica totalmente límite (y más allá). Porque las malditas crisis son esas épocas en las que afloran las profundas fisuras que resquebrajaban nuestras socioeconomías bajo la superficie, aun cuando parecía que la estructura era sólida como una roca, y esas fisuras amenazan ahora con volverse grietas insondables... Esperemos no llegar a oír un crack en los pilares de carga, porque ya hay barrios como el famoso Raval de Barcelona que están literalmente colapsando socioeconómicamente. La cuestión es que el panorama nacional español es especialmente sombrío, y aunque desde ciertos estamentos del sistema hoy se esté diciendo que la crisis va a ser “simétrica” en toda Europa, y que acabaría afectando a todos los países por igual, lo cierto es que en las principales capitales europeas nadie valora eso siquiera como posibilidad. No obstante, en todos los centros de decisión europeos, y en la propia Bruselas, no ocultan que estos días hasta finales de la semana que viene son absolutamente decisivos para el futuro de Europa (y de España), y que en breve asistiremos a ver si el COVID-19 construye más y mejor Europa, o si por el contrario la acaba reduciendo a cenizas.

Pero igualmente la sangría afecta severamente a otras superpotencias desarrolladas; sin ir más lejos, las penurias económicas son también sangrantes incluso en esa propia cuna del capitalismo que es (o tal vez “era”) Estados Unidos, con imágenes inconcebibles de hileras kilométricas de desesperados ciudadanos esperando pacientemente su ración de comida de caridad de los “food banks”, tras haber acumulado desde que el Coronavirus llegase decenas de millones de nuevos parados: ya van 33 millones en un país de unos 330 millones de habitantes totales, y con una fuerza laboral de unos 165 millones de trabajadores. El deterioro es de vértigo, y literalmente “quita el hipo” (y hace precisar de respiración asistida), y debemos recordar aquel artículo donde analizamos algunos puntos débiles de la socioeconomía estadounidense, y en el que nos hicimos eco de voces que auguraban su caída inminente. No obstante, hay que matizar que el mercado laboral estadounidense siempre es mucho más dinámico que los europeos, tanto en destrucción de empleo, como también en su creación: si finalmente acaba por llegar esa ansiada recuperación en "V" (¡Ojalá!, pero no las tenemos todas con nosotros), no duden de que allí se crearán puestos de trabajo también por millones a una velocidad sensiblemente superior a la nuestra.

Escenarios equiparables en orden de magnitud ya trajeron enormes cambios socioeconómicos al sistema en el pasado

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Pasando como acostumbramos ya a temas que no suelen leer en los medios “mainstream”, hemos de decir que el Coronavirus está transformando nuestro mundo, hasta tal punto que en breve no se va a parecer tan apenas en nada a aquel en el que irrumpió allá por (muy) principios de febrero, cuando ya fuimos de los primeros medios en alertarles de la que se nos venía encima. Buena parte de estos cambios presentan un vector de transformación común: la transformación digital. Efectivamente, es innegable que el proceso de transformación digital de nuestro mundo estaba ya en marcha y a buena velocidad, y como muestra de ello hace ya algunos años que les hemos analizado esa economía 4.0 del futuro de forma monográfica, con una serie de interesantes artículos focalizados en sectores tan dispares como la industria, el transporte, la energía, la contrucción, el turismo, o la agricultura.

Pero el Coronavirus no ha hecho sino imprimir una aceleración todavía más vertiginosa a esa transformación digital que ya empezaba a ser omnipresente (e inevitable), y que afectaba de forma transversal en un grado u otro a toda actividad socioeconómica sobre la faz del planeta. La primera y más obvia muestra de ello supone el crecimiento (como excepción económica) que ha experimentado el comercio electrónico en el primer trimestre, durante la vital severidad del confinamiento y según informaba el New York Times. No sólo es que las filas para entrar a un supermercado físico hayan llegado a ser en muchos casos de horas en nuestras ciudades, es que además los supermercados, las farmacias y los centros de salud eran los vectores de contagio más peligrosos para nuestra salud. Así, muchos ciudadanos se han volcado en el comercio online y el reparto a domicilio, con solidariamente encomiables aproximaciones de grandes distribuidoras que, ante la avalancha, han limitado su acceso a nuestros mayores (más vulnerables). Y no sólo es que muchos de los que ya comprábamos online de vez en cuando hayamos pasado a hacer todas nuestras compras online, lo más significativo es que con el Coronavirus internet ha ganado mucha penetración en colectivos como los mayores, que presentaban una gran resistencia en adopción.

No duden de que muchos de nuestros ciudadanos más senior (sin negar la paciente ayuda de sus hijos y amigos) han descubierto ahora la comodidad (y facilidad) de comprar online y que te lo traigan a la puerta de tu casa. Ello ha cambiado la faz de nuestro sector comercial minorista para siempre, y acentuará [esa tendencia que ya les anticipamos hace algunos años de decrepitud de los centros comerciales que no han sabido reinventarse (aunque otros que sí que lo han conseguido). Así, con internet empezamos comprando online por divertimento y dejando las compras por necesidad para el comercio físico, y vamos a acabar justo en lo contrario: acabaremos comprando online cuando sea por necesidad, y acudiendo el fin de semana a comprar al comercio físico por divertimento y buscando una experiencia (aunque obviamente toda tendencia socioeconómica tiene su límite, y también el comercio electrónico).

Y como en toda buena compañía disruptoramente tecnológica desde su mismo ADN, la propia Amazon es muy consciente de que, a pesar del crecimiento de sus ventas en los últimos meses, el Coronavirus dibuja ante nosotros un panorama totalmente distinto al anterior, que **va a haber muchos cambios por delante para todos, y que no todos tienen por qué ser buenos per sé para la compañía de Seattle y otros gigantes (y pequeños) del comercio electrónico. De hecho, es altamente probable que en algún momento el impacto del desempleo en el consumo acabe por hincar el diente también a sus cuentas. Y eso por no hablar de que, como bien analizaba el New York Times en el enlace de antes, las épocas de penurias económicas severas suelen hacer en última instancia de catalizador en la unión de los trabajadores ante algunos abusos por parte de ciertos empresarios sin muchos escrúpulos, y que aprovechan la escasez de puestos de trabajo y la extrema necesidad de algunos trabajadores para ofrecerles pésimas condiciones laborales.

Tras la Gran Depresión la tortilla se dio la vuelta, y al final industrias como la emergente automovilística acabaron viendo cómo, sobre el deterioro del mercado laboral, los trabajadores de la época acabaron construyendo una férrea unión. Hoy en día jugadores del sector minorista como Amazon pueden asistir a algún tipo de consecuencia última similar, especialmente en un entorno en el que Amazon no es precisamente conocida por ofrecer buenas condiciones laborales a sus trabajadores medios. Es un escenario del que Amazon ya podría estar viendo sus primeras consecuencias a día de hoy y con motivo de todos los cambios que el COVID-19 ha traído a la compañía y a su gestión, siempre disruptiva, pero a veces involutiva. Tal y como ha venido ocurriendo recurrentemente a lo largo de la historia económica con los sucesivos nuevos jugadores emergentes que se convierten en gigantes, es habitual que acaben cayendo muchas veces en las mismas prácticas de esos jugadores de antaño que tanto criticaban en sus inicios cuando crecían sin parar.

Algunos pueden pensar incorrectamente que estos cambios laborales de la Gran Depresión tampoco fueron para tanto, pero lo cierto es que todo esto confluyó con otros temas socioeconómicos esenciales en aquel famoso “New Deal” que cambió la economía capitalista estadounidense para siempre. Fue precisamente lo que, en cierta medida, contribuyó a afianzar el papel destacado de la clase media como emergente fuente de sostenibilidad, y convirtió en realidad ese American Dream que hoy ha acabado por resultar más accesible en la vieja Europa. No duden de que ello ha contribuido definitivamente a sembrar fertilidad socioeconómica de cara a las posteriores décadas de progreso socioeconómico para todos, y que hemos estado disfrutando hasta la llegada de la funesta Gran Recesión.

Pero hay muchas otras cosas de nuestro mundo que han cambiado para siempre… Y más que pueden llegar (y algunas ser incluso todavía más sangrientas que el propio COVID-19)

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Obviamente, no podemos dejar de mencionar igualmente el gran giro socioeconómico que ha supuesto el auge forzoso del tele-trabajo. La necesidad de dar el salto al trabajo virtual que han tenido que dar ciertas empresas recelosas a ello, obligadas frente al peor escenario de tener que cerrar la producción totalmente, ha hecho que aquellas que eran más temerosas a abrirse a nuevos paradigmas laborales hayan visto ahora que esa flexibilidad era mucho mejor de lo que pensaban, y que les puede reportar grandes ventajas. En otro sentido, el confinamiento ha hecho que muchos ciudadanos hayan dejado el frenesí diario de rutina de transporte público y poco tiempo para los hijos y para sí mismos. Por un lado, la práctica totalidad de los niños se han portado como auténticos campeones a pesar de estar casi dos meses encerrados entre cuatro paredes, un extremo que nadie habría podido sospechar ni remotamente allá por Febrero, cuando si nos hubiesen expuesto el panorama habríamos puesto la mano en el fuego por que nuestros hijos se subirían literalmente por las paredes a todas horas.

Pero no ha sido así casi en ningún caso; es más, infinidad de niños estaban literalmente encantados con el confinamiento, preguntando cada día esperanzados a ver si al día siguiente tampoco había que ir al cole. La única razón lógica que he podido encontrar ante un hecho tan sorprendente es algo de lo que yo personalmente ya era consciente, y que es que, realmente, la necesidad más básica de nuestros hijos (salvo en la complicada adolescencia) es estar con sus padres. Todo lo demás, vacaciones, regalos, viajes, etc. es para ellos en realidad secundario, y teniendo asegurado estar todo el día con sus padres están más que felices. Además, no pocos padres han despertado a esta realidad de la que el estrés diario no les dejaba ni ser conscientes, y a buen seguro que la relación con sus hijos también ha cambiado para siempre.

Otras consecuencias son doblemente gratificantes para un medio como nosotros, y es que durante el confinamiento los ciudadanos han tenido mucho más tiempo para poder dedicarse a informarse debidamente, y teniendo la ocasión de hacerlo ejerciendo su socioeconómicamente esencial espíritu crítico. No se puede negar que ha habido un lado negativo para parte de la población, y es que los bulos y la desinformación han redoblado sus esfuerzos para cegarnos y conducirnos visceralmente hacia sus censurables intereses, que pasan por provocar el caos y desestabilizar nuestras socioeconomías. Pero un grueso de los lectores han multiplicado sus horas dedicadas a los medios y a informarse, y como consecuencia inherente a ello han podido disponer de más datos, comparar, opinar por sí mismos, cultivar otra aproximación a la información que soslaya la forma en la que los políticos nos manipulan a las masas con las redes sociales, o incluso hacer lo mismo con los canales de información que son las propias redes sociales y que muchas veces ofuscan consciente o inconscientemente nuestra capacidad crítica. La gente en general ha leído más y mejor, y los que no, han podido contar con la dedicación, esfuerzo y compromiso de familiares y amigos que les han enseñado a desentrañar los siempre perniciosos bulos. Pasaremos un tupido velo sobre esas mentes que ya están irremisiblemente secuestradas por la propaganda más invasiva (casi todos conocemos de cerca algún caso).

Otros cambios de calado han sido por ejemplo el auge de los videojuegos, de las tablets y otros soportes electrónicos, o de los servicios de televisión por streaming. Igualmente importantes han sido la educación en aulas virtuales y con medios electrónicos que se han visto forzados a adoptar todos los colegios en tiempo récord, cómo muchas empresas han tenido que reinventarse para tratar de sobrevivir en el nuevo entorno acometiendo un nuevo ciclo de destrucción creativa, y tantos otros que ni es posible enumerar aquí en su totalidad, sin tampoco poder preverlos en toda su extensión. Mención especial merece la conciencia renovada de la sanidad y el avance científico como fuente de progreso económico, lo cual no hace sino reforzar la apuesta que desde aquí ya hicimos hace bastantes años por ese concepto que acuñamos como Socioeconomía. Finalmente, huelga decir que hay otros tantos cambios que ni siquiera somos capaces de imaginar en este momento.

Entre estos últimos, hay otros cambios potenciales más siniestros que persiguen imponernos los que se aprovechan de la convulsa coyuntura para sembrar el caos, tratando de inocular veneno propagandístico en las arterias de nuestros sistemas. Nuestro mundo ya jamás volverá a ser el mismo, sin ni siquiera poder decir a día de hoy si seguirá siendo dentro de unos pocos años un mundo de progreso y libertades. No se puede descartar que la ola de indignación y visceralidad que tanto la propia pandemia y sus letales consecuencias como la crisis económica que se nos viene encima acaben produciendo metástasis en nuestras socioeconomías, pudiendo acabar de abrir paso a populismos y/o autócratas. Tal vez ésa fuese la intención última de toda la ola de propaganda y desinformación que ha atacado nuestros sistemas despiadadamente aprovechando la convulsa realidad que nos ha impuesto el Coronavirus, sin olvidar que algunos reputados especialistas virólogos siguen cifrado en un 50-50% que el virus pueda ser de origen natural, o producto de un laboratorio. El mundo que nos ha tocado vivir es literalmente trepidante, pero en esta ocasión no por apasionante, sino por vertiginoso: una velocidad que a buen seguro otras superpotencias no dudarán en aprovechar en su favor y con la que, con el viento de frente azotándonos la cara dejándonos insensibles, tratarán de imponernos sus propias prebendas y, posiblemente, su sistema y sus intereses. Ante ello, tan sólo miremos a Oriente para decidir nuestro futuro por nosotros mismos.

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Aunque lo cierto es que aquí, realmente, hay sorpresas para todos, porque ante una catástrofe extrema como la pandemia (sea inoculada o de origen natural), los estrategas de la propaganda a buen seguro esperaban que nuestras socioeconomías se radicalizasen y se polarizasen a los extremos rápidamente. En países fuertemente golpeados como España, eso no sólo no ha ocurrido (por ahora), sino que la moderación y el centrismo salen beneficiados en las encuestas electorales, y son los extremos los que caen. La mísera y despiadada propaganda ha descubierto, para su sorpresa, que el bienestar y el progreso de las socioeconomías desarrolladas las hace mucho más fuertes y resistentes, al menos más de lo que sus estrategas de la guerra cibersocial habían previsto... Aún así no estamos ni mucho menos a salvo, y nunca olviden que, por definición, toda superpotencia aspira a conquistar y a controlar el mundo. ¿Quién sabe qué habrá por detrás (y por delante) de todo este asunto del Coronavirus?

En esta convulsa realidad no se puede descartar absolutamente casi ningún escenario, y determinadas hipótesis sólo dejarán que se nos revelen como ciertas cuando ya sea demasiado tarde (para nosotros). No se puede para nada descartar, y de hecho es lo más altamente probable, que los cambios más radicales que va a acabar por traer el Coronavirus a nuestro mundo todavía ni siquiera podamos atisbarlos hoy por hoy, especialmente porque la imaginación tiene un límite. Corriendo un ya de por sí (requete)tupido velo sobre la intrigante y hasta enigmática gestión china de la pandemia, además ciertas naturalezas humanas parecen no tener ese límite, y no dudan en ir mucho más allá de lo que un ser HUMANO (en la dimensión más humana de la acepción) jamás podría llegar a siquiera a sospechar. Para nuestra desgracia, el Coronavirus como virus podría acabar siendo el menor de nuestros males (por increíble que pueda parecerles a día de hoy): no se sorprendan cuando descubran que les estaban esperando ahí fuera, y mucho me temo que con pocas ideas buenas para con nosotros entre sus planes.

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