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¿Cada vez más gente no cree en la democracia como sistema socioeconómico? Nuestro futuro vuelve a estar en Oriente

¿Cada vez más gente no cree en la democracia como sistema socioeconómico? Nuestro futuro vuelve a estar en Oriente
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Las democracias occidentales van cayendo una tras otra en ese estilo emergente de dirigir países que tiene mayormente como denominador común el autoritarismo, el nacionalismo económico, la insostenibilidad socioeconómica en los plazos más largos, y la instrumentalización de la guerra ciber-social aunada con una nueva política de incorrección y de falta de respeto a los oponentes, a los ciudadanos que se crucen, y en última instancia, a la propia democracia.

Pero a pesar del muy preocupante estado actual de demasiadas democracias occidentales, y en especial de cómo la propaganda va calando hondo entre sus ciudadanos haciendo cundir el desánimo, la falta de confianza en el propio sistema, la indignación, y promulgando las ganas de auto-destruirse, Occidente debe seguir construyendo su futuro, y para ello hoy por hoy debe mirar a Oriente y la gran lección de valores democráticos que nos están dando.

El estado actual de Occidente (y del mundo) es el que es

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No vamos a analizar aquí los estilos autoritarios de uno u otro dirigente. Justificaciones injustificables de algunos de por medio, lo cierto es que "casualmente" son ya varios los que tratan de imponer un culto a la personalidad del máximo dirigente por encima de parlamentos democráticos, con la también “casualidad” de que una sola persona, que acapare todo el poder, es mucho más fácilmente manipulable que todo un plural parlamento democrático para quienquiera que esté moviendo los hilos de la propaganda desde la tranquilidad que da la penumbra.

Resulta evidente que algo ha cambiado a nivel global y a nivel nacional en la inmensa mayoría de los países occidentales (y también en los no occidentales). La democracia está en tela de juicio (y sentencia). Desde los EEUU de Trump, al UK de Johnson, pasando por la Rusia de Putin, la Hungría de Orban, la Turquia de Erdogan, la Polonia de Kaczyński, la lista de democracias sondando sus límites ya empieza a ser interminable.

Y a ella aún hay que añadir los regímenes tradicionalmente “dictapitalistas” como China, pero también fuerzas con propuestas igualmente radicales como la AfD de Alemania y otras que en varios países europeos incluso gobiernan en coalición. Tampoco se pueden olvidar las derivas autoritarias y con gobiernos basados en el populismo y la propaganda extrema en otros países más lejanos como la populosa India, el amazónico Brasil, o sin ir más lejos, la vandalizada y depauperada Venezuela. Da igual izquierdas o derechas, hombres o mujeres, jubilados o jóvenes: la propaganda sólo quiere radicalizar como sea para lograr llevar un gobierno títere y pelele al poder para manejarlo.

En realidad, el populismo y la propaganda son dos variables políticas que siempre han estado ahí. No sólo han existido desde tiempos inmemoriales, llegando hasta la Grecia clásica o el propio imperio romano. Pero lo cierto es que, en el contexto de las últimas décadas, es ahora cuando estos viscerales factores potencialmente generadores de insostenibilidad socioeconómica (y guerras) en el largo plazo están alcanzando niveles ciertamente extremos, lo que no augura nada bueno.

El mundo está poniéndose literalmente patas arriba. Y seguramente con la próxima crisis eso sólo va a ir a peor, puesto que las crisis siempre son periodos que tensionan las sociedades y materializan riesgos socioeconómicos y sociales que antes estaban latentes. Y eso es muy peligroso especialmente en el actual contexto socio-político, porque donde el nacionalismo visceral acaba ebulliendo, al final el vecino de al lado acaba convirtiéndose en el conspiranoico enemigo único, y de ahí a la guerra hay un paso que algunos no durarán en dar, porque es el sufrido pueblo (y no ellos) el que siempre pone los muertos.

Es esta práctica figura del enemigo único, que ya estamos viendo hoy en día por todos lados en los discursos más presidenciales, con la que oportunamente se acaban tapando a la postre las desastrosas gestiones propias. Así las sociedades se enfrentan, el odio surge, y los países acaban chocando frontalmente entre sí, o incluso internamente en conflictos civiles que tienen de todo menos ser civilizados. Finalmente, las guerras acaban surgiendo, fruto de ese odio extremo que se va alimentando por puro oportunismo político cortoplacista (o por cosas aún mucho peores). Esto no es una opinión, tan sólo es un exámen de buena parte de la Historia de la Humanidad.

La única duda que me surge ante todo este sombrío panorama no es su existencia, que queda corroborada para cualquiera que lea un poco la prensa y las redes con un sano espíritu crítico y sin temor a la pluralidad. La única duda que me resulta irresoluble es sobre la naturaleza real de todo este surgimiento simultáneo en innumerables países a lo largo y ancho del planeta ¿Es todo una casualidad transnacional o una planificada causalidad global? El que mueve los hilos de la propaganda es el único que tiene la respuesta, así como es el único sabedor de a dónde pretende llevar al mundo con todo esto. Porque lo único que está claro es que aquí huele a gato encerrado (y ya prácticamente muerto).

Si a Occidente le tienta ahondar en el descontento popular y el sentimiento destructivamente anti-sistema, no tiene más que mirar a Oriente

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Desde estas líneas saben que somos más que partidarios de toda crítica tanto hacia nuestro contenido, como hacia el sistema, como en todos los planos. La única condición que ponemos para participar en los debates es que esas críticas sean constructivas (en forma, pero también en fondo). De hecho, los lectores más habituales saben perfectamente cómo desde aquí hemos propuesto e incluso criticado severamente algunos aspectos de nuestros sistemas socioeconómicos.

Pero de ahí a recrearse en la auto-flagelación injustificada, en tratar de hacer una crítica destructiva que tire por tierra todo lo conseguido con nuestros actuales estándares de vida y bienestar (y en parte también de los de terceros), en azuzar el descontento popular con la única intención de que nos auto-destruyamos como socioeconomía, o el caer en las pláticas de esa propaganda internacional que busca desesperadamente todo lo anterior… pues entre una cosa y otra hay todo un insalvable trecho que algunos tratan de salvar con endebles puentes construidos con panfletillos 2.0.

No les diré que no hay en nuestro sistema muchas cosas obviamente muy mejorables. No les diré que todo sistema que deja de evolucionar y tratar de mejorar, no acaba sucumbiendo bajo su propio peso. No les diré que no hay otros sistemas posibles que pueden ser incluso más adecuados que el actual según varíen las variables socioeconómicas. Pero lo cierto es que, siempre es mucho mejor construir que destruir, evolucionar que involucionar, mejorar que tirar abajo.

La analogía es clara, y deben tener ustedes en cuenta cómo hacer una reforma es infinitamente menos traumático y arriesgado que derribar todo el edificio para construir uno nuevo, especialmente cuando no tenemos en nuestras manos ni los nuevos planos del oportunista arquitecto, ni sabemos los materiales y las calidades que nos pretenden colar, y ni siquiera tenemos un techo bajo el que guarecernos en el mientrastanto. Eso por no hablar de que, dejándonos llevar por esa propaganda omnipresente y dejando morir de inanición nuestro espíritu crítico, lo que en realidad estamos haciendo es literalmente dejar que sea la propia compañía de derribos la que nos diga qué y cómo tenemos que hacer. Su dictamen es obvio.

El dictamen de los interesados no puede ser otro más que el de poner cargas de dinamita en los cimientos, y dejar que ellos entren luego con sus bulldozers a dejarnos como un solar, por el que luego a buen seguro querrán cobrarnos un oneroso peaje. Toda potencia aspira a controlar el mundo, y algunas han descubierto con la propaganda una nueva arma para conseguirlo.

Así, con un Occidente y un mundo desarrollado que empiezan a estar confundidos, desorientados y más perdidos que “un belga por Soleares” (como decía Sabina), toca el momento en el que debemos fijarnos en otros para ver si debemos re-evaluar nuestros criterios, y aprender de los errores ajenos. Y, como otras veces a lo largo del curso de la Historia, en esta ocasión Occidente debe mirar hacia Oriente.

Una mirada hacia el Oriente debe hacernos recuperar el norte, y recordarnos de dónde venimos (y a dónde vamos)

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Efectivamente, con sólo mirar un poco hacia el Oriente más allá del Báltico, deberíamos ser capaces de recuperar el norte en nuestra brújula más sistémica, y recordar de dónde venimos. Les tengo que recordar que el hacia dónde deberíamos seguir yendo ya lo debemos definir nosotros y entre todos, pero en esa definición debe contar constructiva e ineludiblemente lo que veamos con esa esencial mirada hacia Oriente.

Hace unos días, en el Washington Post publicaban un interesante artículo en el cual corroboraban lo que desde hace tanto tiempo que les venimos anticipando desde estas líneas. Oriente no es un “Dorado” de libertades como desde algunos sectores tratan de vendernos interesadamente, sabedores de que la libertad es precisamente uno de los terribles y más importantes puntos flacos de los sistemas “dictapitalistas” y totalitarios. Y de hecho, la situación de “libertad” en aquellos países no es tal, sino que es más bien todo lo contrario. La autora del artículo anterior culmina su pieza con una acertada reflexión, que viene a decir que habitualmente pensamos que Occidente está más avanzado que Oriente, pero lleva a preguntarse si ¿No resultará que ahora Oriente nos ha tomado la delantera en la lucha por las libertades?

A la vista está el desastroso estado de salud en el que se encuentra la democracia rusa, en la cual el eterno candidato Putin descarrila toda opción de la oposición con múltiples tretas que son de todo menos democráticas, y que han catalizado una ola de protestas masivas en todo el país clamando por una verdadera democracia, en lo que constituye la mayor ola de descontento popular desde hace bastantes años. La respuesta de Putin, represión policial mediante, fue la de “barrer democráticamente” bajo la alfombra del Kremlin ese masivo descontento, y optar por descabezar el movimiento sacando de la carrera electoral a todo opositor que tuviese opciones reales de plantarle cara.

Las contramedidas de lo que ya es todo un movimiento de oposición popular fueron que la gente indignada votase por cualquiera de los candidatos no alineados con Putin que quedaban en las papeletas (simplemente seguían ahí porque no suponían inicialmente ningún riesgo para el férreo aparato del poder). De esta manera, incluso aun siendo tan sólo lo único que dejan visible de la punta del iceberg, los resultados de las elecciones regionales han sido elocuentes, y en muchas ciudades han supuesto un duro batacazo para el partido de Putin, que sólo en la capital Moscú (ciudad de referencia a nivel nacional) ha perdido nada más y nada menos que cerca de un 40% de sus asientos.

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A pesar de que en Rusia se pone en práctica la táctica tradicional de la URSS comunista, por la que el eterno mandatario estaba en segunda fila, alejado de las decisiones del día a día para no “quemarse” con ellas y poder ir reemplazando cabezas de turco con cada fracaso (manteniéndose siempre "limpio"), este fatal resultado electoral se añade a la larga tendencia por la que Putin ha perdido sus altas cotas de popularidad de hace unos años. De hecho, ante la debacle en la popularidad de Putin, el Kremlin ya forzó sin el menor sonrojo a que se cambiase escandalosamente la forma de medirla, lo cual imposibilitaba la comparación con tiempos anteriores, devolvió un brillo de latón a la imagen del eterno presidente, y evitó poder apreciar el deterioro de la imagen del mandatario ruso en toda su plenitud, ahora corroborada por esas protestas masivas del pueblo, que se ha tirado a las calles.

Y vaya por delante que el líder histórico de la URSS que fue el dictador comunista Stalin está actualmente en máximos históricos de popularidad desde que cayese el bloque comunista. El motivo podría ser un efecto colateral de cómo desde el Kremlin se alienta y azuza el actual clima de hipernacionalismo reinante en Rusia, instrumentalizado como una visceral y oportuna cortina de humo que mantenga al pueblo distraído, mientras los poderes fácticos siguen a lo suyo.

En todo este clima de democracia muy matizable, mientras tanto, lo que nos interesa de cara al tema de hoy es cómo esos ciudadanos rusos que participan masivamente en la ola de protestas están jugándose literalmente su integridad física, e incluso hasta su vida, para demandar esa democracia que, por otro lado y por muy mejorable que sea, aquí en Occidente tenemos y estamos auto-destruyendo. Tomen nota de que lo único que los rusos quieren es algo tan fundamental y básico como es votar libremente a cualquier candidato, y que afortunadamente en Occidente (todavía) no hemos perdido (mayormente).

Y más al Oriente todavía…

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Más al oriente todavía que Rusia, está la comunista China, que tampoco pasa por un buen momento político precisamente. A la ya pre-existente desaceleración china, se han añadido ahora los efectos de la guerra arancelaria de Trump, y la cierta preocupación incluso entre los propios estamentos chinos por el reciente giro “involucionario” del actual presidente Xi Jingpin. Por si este caldo de cultivo ya no era poco, además tenemos la reciente ola de protestas populares en Hong-Kong, que empezaron cuando el gobierno chino pretendía extender su rodillo jurídico de la China continental a la excolonia británica, y así poder llevarse a los hongkonitas a ser juzgados con su apisonadora judicial continental.

La mecha prendió, y en la isla se viven momentos de tensión extrema, con unas revueltas masivas y populares que ya han pasado de simplemente querer retirar la vulneración China del derecho a un juicio justo (según los anteriores estándares vigentes en la ex-colonia británica): ahora ya exigen directamente restaurar una democracia con garantías en Hong-Kong. Y estas revueltas tratan de ser silenciadas y censuradas mediáticamente por las autoridades chinas por todos los medios, para que no se les extiendan al resto del país. Diversos analistas advierten ya de que puede producirse en Hong Kong un nuevo Tiananmén, y desde luego la sucesión de acontecimientos apuntan en ese camino (no olviden lo que supuso aquella revuelta y como se silenció a base de represión salvaje). Vamos, otro paraíso de la democracia como pueden ver, en el que los hongkonitas también se juegan literalmente su integridad física y hasta la vida en reclamar algo tan simple como votar libremente. Va a ser que, críticas constructivas aparte, aquí no somos capaces de ver el tesoro que aún tenemos, o al menos el que tanto ansían los demás por tener.

Pero lo más preocupante de todo el análisis de hoy no es sólo que en las democracias occidentales haya un sentimiento claramente anti-sistema, que la mayoría de las veces tan sólo aspira a destruir todo el sistema. Lo realmente preocupante es la clara senda iniciada en la extinción de los valores más intrínsecamente democráticos, y cómo hay mucha gente que, ya no es que piense que no vivimos en una verdadera democracia, sino que cada vez más gente piensa que la democracia y el régimen de libertades no es estrictamente esencial para nuestras socioeconomías.

Además, parece ser que en Occidente son los más jóvenes los que menos ven lo esencial de las libertades, y, paradójicamente, son esos mismos jóvenes los que más luchan por ellas en Oriente. Efectivamente, creo que hay ahí afuera ya mucha gente que no sabe lo traumático que es vivir en ausencia de libertad, aunque también los hay que incomprensible e irresponsablemente ya no lo recuerdan. La Historia no es ya que se repita, sino que se repite porque cometemos una y otra vez los mismos errores del pasado. Esto no es tropezar en la misma piedra, sino retozar continuamente en el escarpado pedregal que es siquiera plantearse seriamente la pesadilla que es vivir en una sociedad sin libertades: como demuestran en Oriente, lo es hasta tal punto que merece la pena sacrificarse y jugarse hasta la vida aunque sea sólo por el futuro de sus hijos.

De esta manera, paradójicamente, Occidente debe mirar a Oriente para saber qué rumbo debe tomar. A veces nuestro rumbo debe venir determinado por el viento por el que nos debemos dejar empujar al arriar las velas, y a veces debe venir determinado por el viento que no debemos dejar que nos impulse. Así, debemos ver nuestro futuro socioeconómico más radicalmente anti-sistema reflejado en esos palos y esas pistolas que se desenfundan contra el pueblo un día sí y otro también en países como China o Rusia, y aunque debemos optar por tomar lo mejor que esa crítica sistémica pueda tener, debemos aplicarla en positivo y para mejorar, no para ir marcha atrás.

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Resistan. Y no lo digo yo solo, también es el lema de figuras de primera línea cultural como Roger Waters en su emblemática gira y muchos otros. Manténgase con nosotros en la Resistencia Sináptica, y no dejen morir de inanición su sano espíritu crítico: les necesitamos a ambos. Pueden pensar lo que quieran, pero por favor, piensen por sí mismos y no llevados por esa propaganda tan tele-dirigida. Sus mentes son el verdadero campo de batalla donde se libra esta guerra ciber-social, y en ellas nos lo estamos jugando literalmente todo: esto es una democracia, hasta elegir la auto-destrucción.

Pero antes de decidir nada, tan sólo miren un poco a su alrededor, y valoren cómo la post-democracia será todavía mucho peor que la democracia, por muchos defectos que ésta pueda tener ahora mismo. Como decían nuestros abuelos: “El que no valora lo que tiene, está condenado a perderlo”, y claro, luego muchos llorarán como niños por lo que no supieron defender como hombres y mujeres. Es momento de que los demócratas se hagan activistas ciber-sociales, y defiendan en los medios nuestro régimen de libertades. Ahora o nunca. Y sí, simplemente miren a Oriente, y aprendan un poco de esa filosofía oriental tan defensora de los valores democráticos más intrínsecos: se lo agradeceremos todos de todo espíritu (y de todo corazón). Suerte y mucha paciencia en las redes, la van a necesitar, pero el fin justifica el esfuerzo.

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