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Canadá es ejemplo por antonomasia de inmigración socioeconómicamente sostenible, pero hay más sombras que luces

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Canadá no sólo es una suerte El Dorado al que muchos inmigrantes sueñan con entrar, sino que además es un país que es expuesto como ejemplar en su forma de integrar a estos inmigrantes, y lograr un modelo de inmigración beneficioso tanto para los locales, como para los recién llegados. Pero, lamentablemente, ni todos los Dorados brillan tanto como parece, ni todos los modelos están exentos de una cierta dosis de arrealismo por el que algunos ven lo que quieren ver en vez de lo que hay.

Así pues, el tema de la inmigración en Canadá tiene sus luces, pero también sus sombras, algunas de las cuales vamos a tratar de proyectarles para contrastar el idealismo habitual, ya conocido por casi todos, con respecto al que seguimos considerando un gran país. Y no crean que hoy vamos a abrumarles con categóricas opiniones subjetivas personales: todo lo contrario, vamos a documentarles con noticias locales e incluso... con el parecer de los propios canadienses. En el tema de hoy, nuestra opinión es lo de menos.

Canadá, esa gran nación a veces idealizada por emigrantes y... por ideólogos ajenos a su realidad

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Debemos empezar por reconocerles que este análisis estaba ya en proceso cuando, como a veces ocurre en el sector de los medios, salió publicado un artículo con temática similar en el diario El País. Son gajes del oficio, y a veces cuando esto ocurre hay que reconocer el mérito del que ha llegado antes, y limitarse a leerle con atención. Pero no es así en el tema de hoy porque, tras la labor de documentación que ya había sido realizada por nuestra "enviada especial" al país canadiense, a pesar del artículo anterior, seguimos teniendo motivos para dedicarles unas líneas que aportan un interesante valor añadido sobre lo ya publicado. Y a partir de este punto nos referiremos a esta "enviada especial" por el nombre en clave de Cristina, porque no queremos que para nada quepa ni la mera posibilidad de que pueda llegar a verse perjudicada por este artículo con su permiso de residencia.

Pero habiendo dicho lo anterior, debemos volver al tema de esa concepción de "paraíso para la inmigración" con el que algunos medios no dudan en calificar idealizadamente a Canadá. Lo cierto es que Canadá no es desde luego un mal país para emigrar; de hecho, hace tan sólo unas semanas, las autoridades nacionales han anunciado que va a acoger a un millón de inmigrantes en los próximos tres años, pero de ahí a ser un auténtico paraíso como nos han "vendido", dista un necesario baño de realidad que sólo los residentes inmigrantes como nuestra Cristina pueden exponer con verdadero conocimiento de causa.

Cristina ha sido una desinteresada colaboradora en este análisis, e incluso ha sido ella la que nos ha llegado con la propuesta de un artículo que desde el primer momento nos pareció una interesante propuesta por su novedoso y revelador enfoque. Esta mujer española emigró hace unos años al país norteamericano (por motivos no económicos), y ha venido chocando reincidentemente contra un muro de cristal a la hora de entrar en el mercado laboral de aquel país. Y para los más curiosos y rigurosos, creo que es de su interés compartir con ustedes que Cristina es una persona muy válida profesionalmente, con formación universitaria, y una valiosa experiencia laboral en empresas españolas de renombre internacional.

Además, doy fé de que esta mujer no se rinde fácilmente, pues he tenido la gran fortuna de poder tomar parte con ella mano a mano en heróicas gestas laborales. Y en esta ocasión sigue sin rendirse, pero en su persistente empeño nos ha enriquecido al tratar de averiguar el porqué de que fuese rechazada una y otra vez en procesos de selección para los que daba el perfil casi a la perfección. Lo que fue encontrando tras sus labores de documentación e información no acabó de ser de su agrado, y le abrieron los ojos a una realidad canadiense sobre la que nadie le había advertido, y sobre la que no había leído antes en ningún medio.

Del control de la inmigración, al negocio de su "formación"

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Vaya por delante que un tema tan subjetivo (e incluso ideológico) como la inmigración no hemos tratado nunca de abordarlo en estas líneas desde una perspectiva ni categórica ni mucho menos inmutable. En este tema vamos a veces inevitablemente cambiando de opinión conforme se van publicando nuevos datos e informes, y obviamente tenemos nuestra opinión subjetiva, pero en este caso no tiene apenas valor, al menos no más que la de cualquier lector. De hecho, les hemos escrito con estas mismas premisas ya en el pasado en "Por fin un gobierno hace un estudio serio sobre si la inmigración beneficia económicamente".

Ya entonces les introdujimos a la escala de grises de un tema tan complejo como la inmigración, y a la necesidad de hacer estudios más rigurosos antes de diseñar políticas socioeconómicas con un alto impacto (y coste) para las sociedades de acogida. Con datos contrastados, vimos cómo la inmigración es beneficiosa económicamente bajo determinadas circunstancias, e incorporando al mercado de trabajo determinados perfiles de inmigrantes. Por más obvio que a algunos les resulte que no toda inmigración es beneficiosa per sé, a otros es lo contrario lo que les parece evidente, motivo por el cual les trajimos los datos irrefutables que les trajimos.

Tras aquel análisis podemos partir hoy de la base de que la inmigración debe ser regulada adecuadamente para que sea sostenible y beneficiosa para ambas partes. No crean que Canadá es considerado un paraíso por no controlar la inmigración: sí que lo hace, lo que pasa es que (se supone) la acepta de buen grado en la justa medida en la que la necesita. Pero a pesar de esa carta de bienvenida, que hay que reconocer que en otros países ni siquiera llega, la realidad que se esconde tras las apariencias más superficiales muestra una cara mucho menos amable.

Uno de los aspectos del sistema de inmigración que resultan más censurables para los inmigrantes es el que se refiere a los cursos de formación para la integración en el mercado laboral. Hace unos años, la ley de inmigración canadiense se volvió mucho más restrictiva, pero en paralelo se diseñó la posibilidad de acortar el largo proceso de obtener el ansiado permiso de trabajo. Si se quiere seguir el cauce legal ordinario al emigrar a Canadá, pasarán varios años antes de tener un permiso de trabajo (en caso de que finalmente sea concedido).

Pero, más concretamente en ciudades como Quebec y otras, el emigrante puede asistir a unos cursos de formación oficialmente homologados que prometen acortar (algo) el largo proceso, y asegurar (un poco más) la posibilidad de éxito del proceso. Estos cursos son de un mínimo en el entorno de las 1.800 horas lectivas (en torno a dos años y medio académicos según los estándares canadienses). Pero lo peor ya no es ni el importante número de horas que supone, ni los más de dos años de "retardo" en incorporarse al mercado laboral en condiciones de legalidad.

Lo más grave son los costes de dicha formación; de hecho, puede decirse que son un suculento negocio. Dichos costes deben ser cubiertos por el inmigrante (como no podía ser de otra forma), y además los importes no son nada desdeñables: ascienden a una mágica cantidad que parte de entre los 22.000/24.000 dólares canadienses (en torno de los 15.000€ al cambio actual), dependiendo un poco de cada caso concreto. Es un desembolso obviamente muy importante, puesto que además durante el tiempo de esa formación no es sólo ya el gasto de la misma, sino que esos dos años se supone que hay que vivir de las rentas. Y eso hablando de un caso como el de Cristina, una persona que tiene sus recursos, pero que no es el caso de la mayoría de los inmigrantes, especialmente de los que llegan por motivos económicos y no pueden permitirse pasar unos años con muchos gastos y sin ingresos.

Parece ser que además esos cursos en cuestión dejan lo suyo que desear, y que en la práctica muchos acaban siendo poco más que un peaje de pago obligado, especialmente para los profesionales que ya cuentan a sus espaldas con amplia formación y experiencia profesional como Cristina. Pero es que incluso hay casos más sangrantes todavía, como por ejemplo uno de esos cursos de más de dos años de duración de imparte para dedicarse posteriormente simplemente a un puesto ramplón de Help-desk. No se acaba de entender muy bien qué enseñarán en semejante curso (no es al que asistió Cristina, obviamente), pero espero que esos teleoperadores salgan de allí por lo menos siendo bilingües en cinco idiomas como mínimo.

El catálogo incluye otros casos atípicos como cursos de cocina, y otras formaciones que en otro contexto podrían equipararse a una carrera o una formación especializada, y no como unos meros cursos de integración sin que luego permitan conseguir ni siquiera una titulación oficial. No les sorprenderá además saber que, aunque estos cursos están abiertos también a los nacionales, los asistentes extranjeros ganan por aplastante mayoría, lo cual nos permite también hacernos una idea de para quién están diseñados, además de imaginarnos su utilidad real para acceder al mercado laboral canadiense. Si los locales apenas recurren a ellos, y aún así encuentran trabajo mucho más fácilmente que los extranjeros, las cosas empiezan a estar meridianamente claras.

Pero no acaban ahí los gastos, ni los "inconvenientes"...

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Aparte del gasto de esa "formación", hay otro desembolso también importante. Es el gasto de los abogados que han de hacer los trámites de inmigración. Si bien no es un gasto obligatorio, en la práctica resulta altamente recomendable, puesto que es habitual encontrarse con "inconvenientes" legales o burocráticos muy difíciles de resolver sin ayuda de un profesional, y claro, arriesgarse a dar al traste con todo el proceso por unos miles de euros más tras los otros cuantiosos desembolsos...

Por que se hagan una idea, tras consultar con un abogado español, esos mismos trámites en España suponen unos 500€ frente a los alrededor de 3.000 dólares canadienses (unos 2.000€ al cambio) que se suelen pedir en Canadá. Ha habido inmigrantes que han tenido que hacer este desembolso por diversos "contratiempos" burocráticos incluso en el caso de meros permisos de estudiante (nada que ver en complejidad legal con un permiso de trabajo). Y esto suponiendo que la administración local no termine por poner algún tipo de traba masiva para la aceptación de los expedientes de trabajo. Así por ejemplo en Quebec han anulado 18.000 expedientes de permiso de trabajo que ya les habían sido enviados desde la administración central (a partir de este punto, disculpen el haberles enlazado alguna noticia en francés, pero muchos medios locales de esta región canadiense sólo publican en este idioma).

Pero por si creían que con el permiso de trabajo ya está todo finalmente conseguido para el recién llegado (bueno, en realidad llegado hace más de dos años), nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que tener acceso al mercado de trabajo canadiense supone para los inmigrantes, incluso los más formados y cualificados, una contínua cadena de dificultades insuperables. Obviamente encontrarán casos en los que todo ha discurrido como la seda, y el inmigrante en cuestión ha conseguido un buen trabajo en un tiempo récord. Por desgracia, son la excepción, y muchas veces la obtención del permiso del trabajo es sólo el comienzo de las dificultades más arduas e insuperables y... menos divulgadas.

Las estadísticas no engañan, y así tenemos que se han hecho estudios en el mercado laboral que han arrojado la sorprendente conclusión (al menos sorprendente en un pretendido paraíso para la inmigración) de que, por ejemplo en el sector privado de Montréal y en igualdad de condiciones, al postular para un empleo, un local tiene un 60% más de probabilidades de conseguir una entrevista de trabajo que los trabajadores con apellido africano, árabe o latino.

Al contrario de lo que algunos pensarán, las estadísticas para empleos no cualificados son aún más perjudiciales para los inmigrantes, es especial para los de procedencia africana: en estos casos la tasa discriminación se eleva hasta el 42,1%. Los inmigrantes europeos tienen menos dificultades, pero igualmente su tasa de éxito para conseguir una entrevista es sensiblemente inferior a la de los locales, sorprendentemente incluso entre los franceses (recuerden que Quebec y Montréal son parte de la zona francófona de Canadá, y disculpen que no haya estudios que aporten cifras concretas respecto a estos dos últimos colectivos, pero la baja tasa de éxito en términos comparativos es ampliamente reconocida en las comunidades de estas procedencias).

Y por acabar de ponerles en contexto, decirles que todo este clima laboral, que se puede tildar de auténtico cambio climático con respecto a lo que se predica en determinadas instancias y medios, ocurre en una paradigmática situación de pleno empleo en mercados laborales como el de Quebec. Y por aportarles un dato también relevante a la hora de valorar el posible origen de todas estas abultadas diferencias en las tasas de éxito a la hora de integrarse en el mercado laboral canadiense: en paralelo a la discriminación laboral, también las estadísticas de agresiones xenófobas cotizan fuertemente al alza en Canadá. Va a ser que es cierto aquello de que Canadá no es realmente un paraíso total para la inmigración ni un ejemplo ejemplarizante (valga la redundancia) de integración, al menos no con el idealismo con el que determinados sectores nos lo presentaban.

Bienvenidos una vez más a la riqueza de tonalidades de la escala de grises, en otro bosque de matices en el que hemos de adentrarnos

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Según habrán podido comprobar, la vida del inmigrante no es nada fácil: tampoco en Canadá. Obviamente hay países donde las dificultades pueden ser mucho (mucho) mayores, pero de ahí a "vender" Canadá como un paraíso para la inmigración y como un caso ejemplar de su integración en la sociedad, pues me temo que como que no. A veces hay sectores y dirigentes más interesados en que los desempleados abandonen su país rápidamente, que en exponer a los potenciales emigrantes la realidad a la que de verdad se van a enfrentar. Aún recuerdo cómo, en lo peor de la pasada crisis inmobiliaria en España, a los jóvenes españoles se les vendía el emigrar a Alemania como si fuese la panacea, y como una solución llena de ventajas y sin apenas dificultades. Salía incluso en los mismos telediarios de hace tan sólo unos años, mientras que aquellos emigrantes españoles a la Alemania de los años 60 afirmaban que ellos se iban con mejores condiciones, a pesar de la buena formación universitaria que ahora aportaban nuestros jóvenes emigrantes.

Como en otras ocasiones en las que hemos abordado temas con una excesiva componente subjetiva, y a veces incluso con una fuerte carga ideológica, desde aquí simplemente hemos tratado de limitarnos a aportarles noticias, datos, y algún que otro argumento (mayormente objetivo) para su propia reflexión personal. Sentimos defraudarles a los que esperaban que desde estas líneas expresásemos un categórico veredicto con el que sojuzgar un tema tan extremadamente complejo.

Bienvenidos al país de los grises, donde nada es lo que parece, y lo que es a veces ni siquiera es lo que debería ser. Se trata de un lugar en donde formarse una opinión supone un ímprobo esfuerzo personal, gran determinación, un sano espíritu crítico, y mucha mucha lectura; pero lectura de la de calidad de verdad, alejada de las facilonas propagandas más viscerales. En este país de los grises no se trata de razonar para llegar a donde queríamos llegar de forma premeditada, sino que se trata de razonar para acercarse lo más que se pueda a la verdad, por mucho vértigo que ésta nos pueda dar.

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No tengan miedo a los abismos internos, simplemente asómense a ellos para medirlos, y saber de qué longitud tiene que ser el puente que deben construir para superarlos en su búsqueda de la verdad. Sólo entonces verán cómo no sólo es posible escapar de las películas en blanco y negro, sino que además es posible convertir las escalas de grises en paletas de vivos colores con sus delicados matices cromáticos. No hace falta cambiar de gafas en cada ocasión, se puede ser capaz de apreciar todas las tonalidades a la vez, y además disfrutar de ello aprendiendo de su entorno y... sobre todo de ustedes mismos.

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