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La burbuja japonesa de los años 80: locura financiera, Yakuza y poder

La burbuja japonesa de los años 80: locura financiera, Yakuza y poder
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En la segunda mitad de los años 80 Japón estaba comprando el mundo. Se trataba de una de las mayores burbujas de la historia, pero mientras es cierto que Japón estaba comprando el mundo. Tras los Acuerdos del Hotel Plaza en 1985 y los acuerdos del Louvre dos años después, se había revalorizado el yen japonés sobre las demás divisas, con el objetivo de que Japón vendiera menos a EEUU y le comprara más, acabando con el superávit comercial japonés.

Uno esperaría que los japoneses ganando más hubieran querido vivir mejor, aunque es cierto que lo hicieron, en Japón no paraba de entrar dinero de todo el mundo en la segunda mitad de los años ochenta y este se estaba empleando en invertir en el sector inmobiliario y en crecer como en ningún otro sitio que podamos imaginar.

Y es que el mundo se volvió loco con Japón, y los japoneses no fueron inmunes a esta locura. Quién no invertía en Japón temía ser arrollado por la economía japonesa. Mientras, una gran burbuja financiera e inmobiliaria nos había vuelto locos a todos, sus gangsters eran más numerosos y poderosos que nunca y sus políticos comenzaban a flirtear con ese nacionalísmo que tanto se tenía en el resto de Asia. Bienvenidos a los locos años de la la バブル景気 (baburu keiki) o economía de burbuja.

La economía de burbuja japonesa 1985-1991

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Shigenori Shiratsuka, profesor de economía de la Universidad Keio y empleado del Banco de Japón entre 1987 y 2019, identifica los siguientes factores como causas de la burbuja japonesa:

  • Los acuerdos del Plaza
  • La desregulación financiera
  • El comportamiento agresivo de las instituciones financieras
  • El incremento de dinero en la economía por el banco central
  • Las leyes e impuestos que aceleraban el incremento de precios de los terrenos
  • Exceso de confianza y euforia
  • El exceso de concentración de actividad económica en Tokio y su conversión en un centro financiero mundial
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Tradicionalmente los japoneses eran conservadores con sus ahorros y preferían los depósitos, pero ante la bajada de tipos del banco central, comenzaron a desviar su dinero hacia las acciones. La alta rentabilidad de la bolsa japonesa combinada con la apreciación del yen atrae a los inversores internacionales. Entre 1971 y 1990 el rendimiento en yenes era de un 17% anual, pero con la apreciación de la divisa esta era de un 22,7% anual para el inversor norteamericano y de un 25,3% anual para el británico. Dinero de todo el mundo fluía hacia la región metropolitana de Tokio, cuyo PIB era más grande que el de la Unión Soviética.

Tokio se convirtió en la bolsa más grande del mundo y la de Osaka relegó a la de Londres al cuarto lugar. Las empresas se valoraban a un Price Per Earnings Ratio de 60, el prestigioso Industrial Bank of Japan tuvo una de las sobrevaloraciones más altas de la historia, con un PER de 100 y una capitalización de 60 mil millones de dólares. Según Werner, de la Universidad DeMonfort, los bancos al encontrar que no eran capaces de alcanzar su cuota de préstamos asignada por el Banco de Japón con deudores solventes, empezaron a buscar a deudores menos solventes.

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Entre 1985 y 1989 las acciones subieron un 240%. Al final del periodo, el mercado de valores de Japón era aproximadamente el 47% del índice MSCI World (bolsas de los principales países desarrollados) con un PER de 60, ahora es alrededor de un 10% y en muchas empresas se considera que a largo plazo su PER debe de ser de 20. El mercado de valores de Nueva York era un 25% del mundial, por comparar y estaba relegado al segundo lugar.

No sólo ahorradores, bancos e inversores extranjeros se lanzaron a especular, también las empresas tradicionales industriales que creaban divisiones específicas para ello denominadas “zaiteku” (財テク) o tecnología financiera. Entre 1986 y 1987 fabricante de coches Nissan hubiera tenido pérdidas con su negocio de fabricar coches si no hubiera sido por los beneficios de su división financiera. En 1988 fueron la mitad de los beneficios de empresas como Matsushita, JVC y Sharp y el doble de su negocio real para Sanyo. Estos movimientos especulativos por outsiders, recuerdan vistos con el tiempo a los que hizo Porsche con el objetivo de adueñarse de Volkswagen en este siglo.

Nueve de los diez mayores bancos del mundo eran japoneses. Entre 1987 y 1989 los bancos japoneses captaron fondos en bolsa, unos seis billones de yens. Los bancos japoneses tomaban fuertes préstamos en el exterior, 186 billones de yenes en 1990. A pesar de ser los mayores bancos del mundo, pagaban un Premium por endeudarse, se conocía como el “Japanese rate”, como cuenta el profesor Thayer Watkins de la Universidad Estatal de California San José.

Pib Per Capita Japon Eeuu 1975 2005 PIB per cápita Japón y EEUU 1975 - 2005. Datos del Banco Mundial.

Podemos ver la situación: dinero entrando a espuertas en Japón y los japoneses de repente empiezan a ver el dorado en sus islas montañosas. La economía japonesa va como un tiro. Toda esta inversión empuja a la economía japonesa a cotas inimaginables cuarenta años atrás. En 1987 el PIB per cápita de Japón supera al de EEUU, 20.745 dólares frente a 20.038 (datos del Banco Mundial). Se habla que Japón será la próxima potencia económica mundial, eclipsando a la entonces Unión soviética y a EEUU. No será hasta el año 2000 cuando esta situación se revierta completamente, 37.133 dólares per cápita en EEUU frente a 33.846 de Japón.

Llega un momento en el auge económico y los altos precios de la vivienda comienzan a dejar de hacer competitivo al país. Se dice que para coger un taxi en Ginza por la noche es necesario exhibir un billete de 10.000 yen. Las empresas tienen que pagar primas de reclutamiento y unas vacaciones pagadas a los recién licenciados para convencerles de que trabajen para ellos. Jóvenes en la veintena y la treintena compraban segundas y hasta terceras viviendas gracias a la expansión del crédito.

Pero estos recién graduados universitarios no eran los que más dinero hacían, a finales de los ochenta había veinte campos de golf en Japón en los que hacerse socio costaba más de un millón de dólares, en el que más, cuatro millones de dólares de hace treinta años. No era el único lujo, los japoneses adinerados incrementaron el precio de las obras de arte en todo el mundo.

Además los japoneses compraban activos fuera de sus fronteras, Donald Trump había pagado algo menos de medio millón de dólares por habitación del Hotel Plaza de Nueva York, pero el grupo japonés Sekitei Kaihatsu que con 95 años de historia operaba ocho hoteles de lujo en Tokio compraron el Hotel Bel-Air por 100 millones, casi un millón por habitación. En 1980 la inversión japonesa en el extranjero era de 2.000 millones de dólares, en 1986 de 132.000 millones. Dicho año compraron el 75% de la deuda pública de EEUU subastada ese año.

Japón estaba de moda como nunca lo ha estado. Se publicaban libros sobre las técnicas de gestión japonesa, y en el prestigioso y exclusivo colegio de Eton donde estudia buena parte de los hijos de la élite de Londres se daban clases de japonés a los alumnos. Normal, habría que atender a estos nuevos señores de las finanzas en su propio idioma.

Burbuja inmobiliaria

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Quizás fue en el mercado inmobiliario donde vimos las mayores locuras de la burbuja japonesa y donde más ricos se hicieron. Entre 1981 y 1991 el valor de los inmuebles japoneses creció un 550%, entre 1985 y 1989 se concentró la mayor parte del crecimiento con una subida del 245% en el precio de los terrenos. Unos años después bajarían un 70% de su precio, las acciones tendrían un comportamiento similar.

Esto lo experimentó en sus carnes el hombre más rico del mundo entre 1987 y 1990 era Yoshiaki Tsutusmi, el que más dinero hizo con el mercado inmobiliario. Su fortuna por su inversión en la empresa de ferrocarriles Seibu (a cuyo alrededor de las estaciones había construido hoteles y centros comerciales) se valoraba en 1987 en 21.000 millones de dólares. Para entonces, el más rico de los EEUU era Sam Moore Walton, heredero de la gigantesca Wal-Mart cuya fortuna en el mismo año era de 4.500 millones de dólares. Incluso se decía que el valor real tendría que ser el triple por parte de analistas japoneses debido al alto precio de la vivienda en Japón.

Antes de la burbuja se habían incrementado los impuestos a las transacciones inmobiliarias, disminuyendo progresivamente según la cantidad de tiempo que hubiera pasado desde su adquisición para evitar la especulación. En la práctica significaba que se pagaba un 90% de impuestos si la propiedad se había mantenido durante menos de dos años, un 75% si se había mantenido entre dos y cinco años y un 50% si se había mantenido más de cinco años. Esto limitaba mucho el terreno disponible y por el poco se pagaban precios astronómicos.

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Un apartamento de lujo de 200 metros cuadrados se vendió por 1.800 millones de yenes, al cambio de entonces serían unos 1.540 millones de pesetas, o unos 9.240.000 euros de ahora (garajes aparte). Un apartamento de 27 m2 a una hora del centro de Tokio en metro se vendía por 42 millones de yenes, unos 35 millones de pesetas o 210.000 euros. Treinta años después esos precios sin ser actualizados con la inflación nos pueden parecer caros si lo comparamos con los precios de la vivienda en Madrid en 2020. Los precios se justificaban por la escasez de terreno en Japón. Pero también es cierto que los bancos prestaban grandes cantidades, incluso ofrecían más que lo solicitado a las parejas jóvenes que querían comprar una vivienda.

Los precios zonas caras de Tokio, valían 3,5 veces más que las equivalentes de Manhattan, a pesar de ser mucho más pequeño, todos los bienes raíces de Japón estaban valorados en cuatro veces los de EEUU, se decía que el terreno del Palacio Imperial de Tokio, valorado en más que todo el mercado inmobiliario de California. Los edificios de oficinas del lujoso barrio de Ginza, estaban valorados en más que todos los bienes raíces de Canadá. Se llegó a pagar un edificio a millón y medio de dólares el metro cuadrado. Se decía que si dejábamos caer un billete de 10.000 yen en este barrio, valía menos que el espacio que ocupaba en el suelo.

Yakuzas, crimen organizado en la mega burbuja

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Donde hay negocio inmobiliario, se impulsa el negocio de la construcción. Las empresas japonesas inauguraban nuevos y brillantes edificios de oficinas, y las familias necesitaban un lugar en el que vivir (además Japón se encontraba en un momento demográfico en el que muchas personas estaban en el momento de iniciar una familia). Llegó a haber siete millones de trabajadores de la construcción, el 10% de la fuerza laboral. No podemos hablar de la construcción y el negocio inmobiliario en Japón sin hablar de los Yakuza (ヤクザ), el crimen organizado japonés que en tantas películas y videojuegos ha salido. Los Yakuza estaban bastante metidos históricamente en la industria de la construcción, se cree que en el momento álgido los Yakuza controlaron 900 constructoras. Los malos también ganaron mucho dinero en esta época.

El crimen organizado japonés se aprovechó de esta burbuja económica, se calcula que llegó a haber alrededor de 100.000 miembros en 2500 clanes gumi (hoy no llegan a 30.000 y lleva disminuyendo su número por quince años consecutivos). El crimen organizado japonés quiso aprovecharse del alto crecimiento económico y todo ese dinero que estaba entrando en el país. Lo consiguió, entre otras cosas a través del crimen organizado inmobiliario y el crimen organizado financiero.

En el crimen inmobiliario estaban los jiageya (地上げ屋・ぢあげや) mafiosos inmobiliarios que expulsaban a inquilinos no deseados y conseguían expulsarlos de sus inmuebles (como inquilinos o propietarios) para demoler el edificio y reconstruir algo más lucrativo o venderlo. Fruto de la Segunda guerra Mundial, la regulación hizo que echar a un inquilino era prácticamente imposible. La táctica habitual era ser molesto y convertirse en un infierno para el inquilino, por ejemplo haciendo ruido por las noches. En algún caso llegaron a tener cien gallinas para molestar al inquilino con el olor. Durante la burbuja, fue el principal ingreso de los clanes.

También había prestamistas (yamitkin o Loan Sharks), a los que se les garantizaba que les devolverían el préstamo con la vida del prestatario en última instancia, pero la táctica de acoso hacia los morosos (llegando a llamar a los amigos de los hijos, por ejemplo), solía ser suficiente.

Otro crimen organizado aplicable sólo a esta época de Japón serían los gorilas o alborotadores corporativos o Sōkaiya (総会屋). Eran unos gangsters que se dedicaban a reventar las juntas de accionistas si no se les pagaba lo que exigían, algo que en Japón donde la cultura sobre mantener las formas es extremadamente importante, resultaba muy frustrante para los directivos de las empresas japonesas. Compraban acciones y mostraban trapos sucios de la empresa o de los directivos en la junta (a veces tendiéndoles trampas con prostitutas). Las grandes empresas intentaron evitarlo convocando sus juntas de accionistas todas el mismo día a la vez. Se sabe que grandes empresas como Mitsubishi, Toshiba o Nomura cedieron a este chantaje. Debido a la falta de regulación contra la extorsión y la cultura de no denunciar (entre otros motivos para no someterse al escrutinio policial), las fuerzas policiales se encontraban atadas de pies y manos.

Este negocio acabó cuando el directivo encargado de las juntas de accionistas de Fuji Photo Film Juntaru Suzuki, que se negaba a pagar, fue apuñalado en la puerta de su casa en Tokio el 28 de febrero de 1994. Testigos afirmaron ver un sospechoso con una katana por el barrio. Este y el intento de asesinato de un director que había hecho una película que parodiaba a la Yakuza, levantaron un movimiento ciudadano y policial en contra del crimen organizado que disminuyó la presencia de los Yakuza en Japón. No obstante, un artículo académico de 2010 de Tomomi Kawasaki de la Universidad Doshisha en Kioto concluye que Japón seguía teniendo un problema con el crimen financiero ya entrado el siglo XXI.

El lugar de Japón como poder emergente

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La burbuja también hace que los políticos japoneses se replanteen su lugar en el mundo, como subordinados de EEUU. En 1989, salió un libro, The Japan that can say No (El Japón que puede decir no), escrito por Akio Morita (fundador de Sony) y Shintaro Isihara (un parlamentario del Partido Democrático Liberal de entonces 57 años que aspiraba a la oficina del primer ministro) comenta entre otras cosas el cambio de poder, los norteamericanos no podrían desarrollar más su industria armamentística si Japón optaba por dejar de venderles chips. Una traducción al inglés pirata empezó a circular por Washington y escandalizó a más de un mandatario. La posición de Morita en cambio era más moderada y centrada en el mundo empresarial, considerando el modelo japonés superior al americano. En 1999 Ishihara ganaría las elecciones a gobernador de la Región Metropolitana de Tokio.

Según una encuesta de ese año, dos de cada tres norteamericanos consideraban Japón una amenaza aún mayor que la Unión Soviética. Eso es lo que se empieza a reflejar en las películas que hemos empezado citando en la entrega anterior: Black Rain, Die Hard (Jungla de Cristal) y Rising Sun (Sol Naciente). Un nuevo poder creciente de alta tecnología cuyo idioma y cultura incomprensible resulta casi alienígena al hemisferio occidental se alza frente a un perplejo EEUU. Además, muchos ciudadanos de EEUU que lucharon contra Japón en la Segunda Guerra mundial, todavía estaban vivos. No es de extrañar, que la ciencia ficción de esta época (Blade Runner o Neuromante) mostrara un futuro dominado comercialmente, aunque no militarmente, por Japón.

Pregunta a los lectores ¿han experimentado alguna burbuja? ¿Cómo fue? ¿Tienen alguna historia que contarnos?

En El Blog Salmón |

Esta es la segunda parte de una serie de tres artículos sobre la burbuja japonesa de los años 80. Los títulos son:

Parte I: ¿Por qué hubo una burbuja en Japón en los años 80? De país arrasado a potencia de alta tecnología

Parte II: La burbuja japonesa de los años 80: locura financiera, Yakuza, poder y conspiración

Parte III: La economía japonesa post burbuja: tragedia y ruina en la nación que iba a dominar el mundo

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