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Cuando irte a una ciudad con mejor sueldo no es rentable: ¿Cuánto y qué les hace ser más caras?

Cuando irte a una ciudad con mejor sueldo no es rentable: ¿Cuánto y qué les hace ser más caras?
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Las megalópolis, las grandes conurbaciones terráqueas, o simplemente las grandes ciudades ejercen tanto un poderoso poder de atracción sobre los más urbanitas, y a menudo son la meca hacia la que las jóvenes generaciones miran y se encaminan para construir su nueva vida cuando salen del nido de sus progenitores.

Pero aparte de ser meca de inmigración desde el campo y desde ciudades de menor población, estas grandes ciudades y sus cinturones de población ejercen una fuerte influencia sobre el resto de los habitantes del planeta, aunque ni vivan en ellas ni tengan planes de hacerlo.

Pero a menudo los iconos y los modelos de vida no acaban resultando ser todo lo ideales que a primera vista parece, y es que la vida en las grandes ciudades del planeta es un canje en el cual el habitante no siempre gana, o al menos no todo lo que le venden. Así, a pesar de que los sueldos de la gran ciudad son más generosos en buena parte de los casos, la vida en la gran ciudad también es bastante más cara: ¿Sale a cuenta el canje?

Del campo y desde las pequeñas ciudades hacia la gran ciudad: el éxodo que provee de mano de obra y habitantes, y que... apuntala el crecimiento más “urbanita”

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Debemos empezar este apartado haciendo una merecida loa al medio rural. Podemos ser muy urbanitas, nos puede encantar el modo de vida en la gran ciudad, podemos encontrarnos a gusto entre tanta oferta cultural y comercial, pero eso no quita no se sepa apreciar lo también muy bueno que tienen otros estilos de vida, y que necesitamos igualmente en el mix nacional. Ni aún siendo un urbanita de “pro”, no se puede caer en menospreciar el campo, el medio rural, o las ciudades más reducidas. Para empezar, porque no hay ciudad que se precie sin que haya un medio rural detrás sustentándola, y proveyéndole de infinidad de productos y material primas sin las cuales la megalópolis es tan sólo un hacinamiento de almas sin sustento ni provisiones. El medio rural es tan necesario como el medio urbano, y de la equilibrada coexistencia entre ambos depende en buena medida que el modelo de crecimiento de una socioeconomía urbana sea sano y sostenible.

Es un enfoque que en España se supo ver de forma pionera en el mundo, y así, en el tema de las disruptivas ciudades inteligentes, España apostó fuerte por un nuevo enfoque todavía más innovador: dar el salto de las simples ciudades inteligentes al entonces muy innovador concepto de los territorios inteligentes. Así lo concibió y promulgó aquel visionario Plan Nacional de Territorios Inteligentes. En aquel momento, en España se optó con decisión por una política inclusiva del medio rural, aunque finalmente todo el potencial y la relevancia mundial que se consiguiera no haya tenido continuidad. Por cierto, una continuidad cuya ausencia clama al cielo, especialmente en un terreno tan de futuro como son las ciudades inteligentes.

Pero salvando esas visiones tan disruptivas que aportó España en su momento, lo cierto es que la relación campo-ciudad es a veces bastante desequilibrada, y frecuentemente los “urbanitas” no aprecian el medio rural como debieran, a la vez que la gran urbe produce una suerte de fascinación y/o atracción sobre los habitantes del medio rural. Sea lo apropiado o no, sea justo o injusto, sea sostenible o no, el hecho es que, al menos por el momento, esto sigue siendo así en no pocos casos, y ello se traduce en flujos de emigración sostenidos y masivos desde ese medio rural que no se pone en valor, hacia “el dorado” de las grandes ciudades. Pero ahora bien… esas promesas de mejores sueldos, de vida moderna, de oferta socioeconómica de todo tipo, de penetración de tecnología punta, ¿Merece realmente la pena tanto como se nos vende, al menos siquiera en términos puramente económicos? Como ocurre frecuentemente en socioeconomía, aunque la vida urbana haya sido una obvia y gran fuente de progreso para el conjunto de la humanidad, tampoco el balance es todo lo ideal que se nos suele vender. Lógicamente, tenía que haber pros y contras también en este caso, y los pros saltan a la vista, pero los contras son algo que poca gente te había contado antes de emigrar, y con los que el nuevo urbanita se encuentra “de sopetón” al aterrizar en el cinturón de la gran ciudad.

La gran ciudad, esa meca idealizada que es genial es muchos aspectos, pero que no lo es tanto como nos vendían en algunos otros

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A la hora de analizar el asunto principal del artículo de hoy, podemos abordar el análisis desde diferentes posibles vectores de ataque. Realmente, el tema tiene su complejidad, y no vamos a poder quedarnos con la primera respuesta por muy evidente que pueda ser, sino que deberemos mirar la realidad desde diferentes planos, y acabar sacando nuestras propias conclusiones. Vamos, un caso más de lo habitual por estas líneas, y también por parte de los lectores miembros de nuestra comunidad.

Así, ¿Cómo poder discernir qué hace cara la vida en una ciudad y en qué proporción, y cómo esos factores se comparan por ejemplo con un medio rural donde no existe la misma concentración de intereses creados y el modo de vida tan “urbanita”? Un primer recurso que le ha venido a la mente a un servidor es uno de los índices socioeconómicos más simples y sencillos (que no por ello simplista), y que es ese famoso índice Big Mac sacado hace décadas por la inteligencia económica de la reputada publicación británica The Economist. Este índice fue el resultado del problema al que se enfrentaban los economistas de los 80, y que no era baladí. ¿Cómo poder comparar de forma práctica y efectiva los poderes adquisitivos de los consumidores y los índices de precios entre países cuyas cestas de la compra y sus necesidades distan mucho de ser comparables? La genial idea de The Economist fue tratar de atacar el tema por la mayor, y optar por la reducción al (casi) absurdo.

Así, el problema realmente era que se tornaba imposible disparar econométricamente hacia todos lados para tratar de encontrar una cesta de la compra unificada que se hacía inconsistente entre tanto país y tanta cultura heterogénea. Tomó pues fuerza el enfoque contrario, y que se basó en la opción de encontrar un producto comparable, que existiese en todos los países del planeta, que tuviese relación con el poder de compra de los consumidores, y que a la vez midiese en cierta manera los precios de las materias primas locales. Y las mentes brillantes de The Economist dieron con la famosa Big Mac como producto, y que dio origen al celebérrimo índice Big Mac. No obstante, hay que reconocer que este índice tampoco es precisamente la panacea, y tiene sus muchas limitaciones, pero tampoco se puede negar su valor econométrico complementario a otros índices. Y volviendo al tema de hoy, ¿Por qué no pensar en la posibilidad de comparar lo caro de la vida en las grandes ciudades con lo barato de los pequeños municipios también a través de este índice Big Mac?

La idea no es desde luego nada mala, puesto que, además, y especialmente en países como Estados Unidos o Reino Unido, hay McDonalds por todas las esquinas, tanto en el medio rural como en el urbano. Sería una suerte de IPC selectivo rural-urbano, una nueva medida econométrica de ésas que se hacen necesarias dadas las derivas que a veces toman nuestras socioeconomías, tal y como por ejemplo es también ese otro IPC específico del IPC para pobres, sobre el que ya les escribimos y que toma especial relevancia en países con grandes diferencias sociales. El índice rural-urbano, sin que trate de ser una medida ni mucho menos de pobreza (de hecho, considero que puede haber mucha más riqueza real en la conexión con el medio rural), sí que puede ayudarnos a dilucidar sobre si la vida en la gran ciudad merece la pena, al menos desde un punto de vista estrictamente económico. Pues bien, este índice Big Mac aplicado diferenciando por la dimensión de los núcleos de población no parece ser una medida muy realista, y no demuestra la evidencia de lo cara que puede llegar a ser la vida en las grandes ciudades. Y es que el estudio del “National Agricultural & Rural Development Policy Center” arrojó datos que a todas luces no conseguían reflejar lo que es una realidad indiscutible: la vida en la ciudad es más cara.

Aplicado a la diferenciación de precios entre la vida rural y la urbana, el estudio anterior simplemente muestra que de media en las áreas urbanas de más de un millón de habitantes, si bien es cierto que su índice Big Mac es más caro, el resultado de este estudio es que, de media, sólo es en torno a las pocas unidades porcentuales superior. Este índice está claro pues que no nos sirve para nuestro propósito de hoy, y los motivos pueden ser varios. Efectivamente, el índice Big Mac puede aportar valor econométrico al comparar índices de vida y de precios entre países como conjunto tan diferentes y distantes como los Estados Unidos o España, y Vietnam o Laos. Pero lo cierto es que, a la hora de evidenciar esas mismas diferencias entre el medio rural y el urbano, este índice no parece tan apropiado, puesto que las redes de transporte y la interconexión de las redes de aprovisionamiento hacen que, en productos como un simple Big Mac, uno pueda estar consumiendo productos urbanos en el medio rural o viceversa. Así pues a buen seguro que la formación de precios “Big Mac” en lo rural está contaminada por la formación de precios en lo urbano, y al contrario. No sirve para comparar el coste de la vida en un pueblo a 300 kilómetros de Nueva York con el pagadero en la propia Gran Manzana. Por lo tanto, hay que seguir investigando para encontrar otras fuentes de datos más adecuadas.

Los datos y la econometría clásica acuden al rescate del análisis urbano-rural

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Así llegamos a otro tipo de estudios más fidedignos, y con la granularidad que requiere la comparativa rural-urbano que necesitamos hacer, y que nos llevan a tener que aceptar la econometría más clásica como fuente de información veraz para la cuestión de hoy. En el Council for Community and Economic Research sí que llevaron a cabo un estudio que apunta a que puede valernos, y que tendría los ingredientes necesarios para ser una fuente de datos más adecuada. Y es que, si el Big Mac es un producto demasiado concreto, y Mac Donalds una empresa con economías de escala y redes de aprovisionamiento demasiado conexas, la opción econométrica más evidente debería pasar por medir el índice de precios en la ciudad y en el entorno rural “en bruto”: es decir, optar por cortar “por la mayor”, y medir cuantos más parámetros del nivel de vida y de precios sea posible. El estudio anterior ya sigue precisamente ese enfoque econométrico y, aunque fue realizado en 2018 (no hay una versión más reciente todavía), nos sirve exactamente igual para un tema como la comparación rural-ubano, que maneja plazos de décadas más que sólo de uno o dos años. Este estudio tomó más de 50.000 medidas de precios de unos 60 productos y servicios en diferentes áreas poblacionales, para los que se recolectaron precios 3 veces al año por medio de cámaras de comercio, organizaciones relacionadas con el desarrollo económico, e incluso universidades con departamentos de economía aplicada.

Los precios tenidos en cuenta varían en rango y sector, pero abarcan algunos de los que podemos considerar más relevantes y diferenciadores entre la vida urbana y la rural. Entre ellos está la vivienda, los suministros como el gas o la electricidad, el transporte, los alimentos frescos, la sanidad, así como toda una serie de productos y servicios propios de nuestra vida del día a día. Y aquí los resultados sí que son tremendamente significativos, al menos a la hora de evidenciar las grandes diferencias del coste de la vida en la gran ciudad y en las pequeñas ciudades o el medio rural. Como habrán visto en el propio estudio, las diferencias son más que notables, y abarcan un amplio rango de precios que va desde el 250% por encima de la media nacional (base 100%) que arroja Nueva York, hasta el 75% que por ejemplo ostenta el municipio de Harlingen en Texas. Eso supone que el coste de la vida en la gran manzana de NYC multiplica por 3,33 el coste de vida en la localidad tejana. Así pues, a la hora de emigrar, uno debe aspirar a cobrar por lo menos más del triple al irse a vivir a Nueva York si quiere mantener su estándar de vida de Harlingen. Casi nada.

Y eso por no hablar ya del efecto de los niveles de precios a nivel intra-urbano, especialmente relevante y significativo en conurbaciones de megalópolis como la propia Nueva York. Así ya les analizamos en el pasado cómo en concreto en esta macro-ciudad hay por ello a nivel interno un muy relevante efecto expulsión de las clases medias y menos favorecidas por fenómenos como la “gentrificación”, y que pueden tener muchas más consecuencias de las que podría parecer a primera vista. Pero el tema no es ni mucho menos un problema exclusivo de la celebérrima Nueva York. Ciudades como San Francisco, influenciada a muchos niveles por el cercano Silicon Valley, adolecen de problemas similares (o incluso más graves) que los que padecen muchos neoyorkinos, a pesar de ostentar los salarios más altos del mundo. Así, en San Francisco por ejemplo los precios inmobiliarios son tan desorbitados que ni siquiera esos elevados salarios de la ciudad permiten que muchos de sus residentes puedan pagarlos, habiendo un efecto de expulsión todavía más severo que en Nueva York, provocando lo que es calificado como todo un éxodo de habitantes. Imaginen cómo será la cosa por aquellos lares, que incluso la fuerte corrección de precios inmobiliarios de alrededor del 24% que ha traído el Coronavirus a la ciudad no ha hecho que el problema deje de ser dramático.

Independientemente de los precios, la calidad de vida percibida es el “la prueba del algodón que no engaña”

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A la vista de todo lo anterior, queda totalmente demostrado que una mala elección a la hora de emigrar a la gran ciudad puede convertirnos de la noche a la mañana de un ciudadano con capacidad económica media o incluso media-alta, en un sufrido habitante que se esfuerza por llegar a fin de mes, y con unos estándares de vida venidos a (mucho) menos. Pero, en la toma de este tipo de decisiones como es la de la emigración del pueblo o la pequeña ciudad a la gran ciudad, no podemos guiarnos exclusivamente por niveles de precios y estándares de vida. Hay índices igual o más importantes que ese tipo de econometría más económica, y que entran de lleno en ese concepto de Socioeconomía que les re-acuñamos desde estas líneas cuando nadie hablaba de ello. Efectivamente, aquí otro índice que aporta es la calidad de vida, y muy especialmente la percepción de la calidad de vida.

Y en este sentido los datos y los estudios a tener en cuenta son de otro estilo menos econométrico y más perceptual, como por ejemplo el que realiza la plataforma Internations, líder entre los expatriados y los “ciudadanos del mundo”. Como podrán ver en su estudio, las ciudades europeas ganan por goleada en lo que a calidad de vida percibida se refiere, al menos por parte de los expatriados que las eligen como destino para empezar una nueva vida: 8 de las 10 ciudades top del mundo para los expatriados están en Europa. Y por cierto, que sepan que en la flamante primera posición, liderando el ranking entre 66 ciudades de todo el mundo, se encuentra la ciudad española de Valencia.

Valencia es una ciudad cómoda, bella y agradable para cualquier visitante, pero donde los expatriados declaran que tienen la mejor calidad de vida. En ello influyen entre otros factores el acceso a la sanidad, los servicios, los propios precios y el coste de vida, y por supuesto ese clima con el que la naturaleza ha obsequiado tan generosamente a la costa valenciana y a su capital. Aquí, en determinadas decisiones tan vitales hay que contarlo todo, y está claro que los valencianos a la hora de emigrar tienen que tener en cuenta con más cuidado ciertos factores en los que los ciudadanos de otras ciudades van a ir a mejor más fácilmente, pero los valencianos no tanto. Y por cierto, también diciéndoselo por experiencia propia como emigrante que he sido en diversos países, lo mismo deben de considerar en general todos los españoles antes de hacer las maletas para el extranjero, puesto que (por ahora) en España se tiene en general muy buena calidad de vida, so pena que muchas veces el mercado laboral no acompañe, y no haya otra alternativa que emigrar a Europa (u otros destinos).

Y hablando ya del caso concreto de España y la emigración a sus grandes cinturones poblacionales, la realidad es que, independientemente del factor trabajo, lo cierto es que las actuales infraestructuras de transporte como el AVE sitúan a cualquier ciudadano español a unas muy pocas horas de la gran ciudad. Así se facilita enormemente la integración y la coexistencia del campo y la pequeña ciudad con la gran ciudad, y se permite a los habitantes del medio rural poder disfrutar de muchas de las grandes ventajas de la gran ciudad por el precio de un billete de AVE y tal vez una noche de hotel, y sin tener que pagar luego todos los días los elevados precios de la vida en las metrópolis, ni sufrir sus también evidentes desventajas.

Hablando ahora en concreto de niveles de precios, de ciudades, y de la correlación entre ambos, permítanme cerrar este análisis sacando a colación el artículo que les traje hace algunos años sobre el caso de aquel empresario que subió salario de todos sus empleados a 70.000€ anuales. ¿Qué ocurriría si esta experiencia se extrapolase a toda una ciudad (o incluso a todo un país)? ¿Subirían de forma automática todos los precios si la mayoría de las empresas hiciesen algo así? ¿Los precios son mayormente producto del poder adquisitivo, o tan sólo de lo que el conjunto de consumidores están dispuestos a pagar por un producto o servicio? Pues parece que más bien la respuesta a lo anterior es que esa formación de precios depende de ambos factores a la vez, e igual que hay lugares donde un producto en concreto no es valorado por los consumidores, y así su precio está por los suelos, hay otros lugares donde el consumidor es un cliente cautivo que, por ejemplo, tiene que vivir a la fuerza bajo algún techo, y se ve abocado a pagar lo que le pidan.

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De ahí que sea esencial en toda socioeconomía (también a nivel local y urbano) tener mercados sanos, y unas autoridades que velen por la libre competencia, en vez de hacer la vista gorda o incluso entrar en connivencia para exprimir al sufrido consumidor. Y es que a veces en las grandes ciudades hay una mayor concentración de intereses creados, aparte de una mayor dispersión representativa además con mayores volúmenes de población, motivo por el cual no es de extrañar que haya metrópolis en donde se impone la “economía del exprimidor” en vez de la “economía del cultivo”. Y así a veces los que acaban emigrando a ellas buscando “el dorado” acaban aterrizando en una socioeconomía cautiva, en donde muchos se ven abocados a ver cómo viven y trabajan sólo para pagar y pagar, sin darse cuenta de que, a veces, personalmente puede llegar a merecer la pena ganar menos, pagar menos, y con la diferencia incluso ser más feliz dependiendo del lugar elegido. Ni la vida en la gran ciudad es todo lo buena y avanzada que nos venden para todo el que acude a ella, ni tampoco es el infierno con el que otros la denostan. Efectivamente es una cuestión y una elección muy personal y, en el fondo, que depende de lo que nos hace verdaderamente felices a cada uno.

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