Cuánto es recomendable ahorrar antes de empezar a invertir con riesgo: una aproximación si tienes 20, 40 o 60 años

Cuánto es recomendable ahorrar antes de empezar a invertir con riesgo: una aproximación si tienes 20, 40 o 60 años
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El ahorro es un concepto habitualmente satanizado por aquellos que buscan la dependencia socioeconómica de los ciudadanos, y tratan de vendernos la falsedad de que el que cuenta con ahorros es un avaro que ha explotado a sus conciudadanos. A partir de ahí ya entra el juego de justificar la fiscalidad más hostil para con el ahorro, que sólo esconde un afán recaudatorio que llegue hasta el último rincón socioeconómico, y que busca que todo dinero pase por ese estado en el cual los de siempre podrán meter el cazo hasta más hondo, y luego mojar sólo su propio pan.

Pero independientemente de la (des)política menos de futuro y más destructiva socioeconómicamente, el ahorro es necesario a todos los niveles. Y lo es no sólo a un nivel macroeconómicos que nos hace valernos por nosotros mismos como país, y no tener que vendernos a la dependencia y la esclavitud deudora bajo terceros, sino que el ahorro tiene también una dimensión personal igual de importante.

Es por ello por o que como ciudadanos responsables y como miembros de familias que no puedan caer en la exclusión o la hiper-dependencia, debemos plantearnos cuánto, cómo y cuándo ahorrar, lo cual pasa por saber qué parte de nuestra inversión nos es seguro que ya pueda ser dedicada a inversiones de riesgo, y cómo cambia eso a lo largo de nuestras vidas. No contar con estas necesidades de ahorro supone jugar a la ruleta rusa de la vida sin saber siquiera cuántas balas hay en el tambor.

El ahorro no es un oscuro objeto de ambición que sirve de excusa a los más tacaños: es literalmente nuestro bote salvavidas ante el cada vez más imprevisible futuro

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Vaya por delante que en este post no vamos a poderles dar cifras exactas, y nos limitaremos a aportarles factores de cuantificación, puesto cada ecuación de ahorro tiene una fuerte componente personal que no nos permite homogeneizar con rigor. Y dicho esto, otra premisa es que el ahorro es la salvaguarda de todo ciudadano ante lo que pueda sobrevenir en el futuro, y además lo que le permite ser libre de verdad, y no depender de dádivas o de prestaciones que a veces parecen más concebidas para generar una hiper-dependencia a rentabilizar en forma de votos cautivos que para otra cosa. Pero sin duda, en la vida de todo ciudadano, no se puede pasar por alto que cuando nuestra vida laboral toque a su fin, nos veremos abocados a dicha dependencia de una manera u otra, puesto que pasaremos a no contar con ingresos laborales. Al menos no unos ingresos dignos y que pueden acabar siendo una auténtica explotación laboral senior tal y como retrasase la famosa película Nomadland, y que es una lamentable realidad en Estados Unidos. El ahorro a lo largo de nuestra vida debe pues contemplar el factor jubilación en todo momento.

Es por ello por lo que esos ahorros de toda una vida cobran una esencial importancia en el momento en el que dejemos de estar en activo y con un nivel salarial propio de nuestra “seniority”, momento en el que los más previsores tendrán sus propios ahorros con los que poder seguir viviendo dignamente, y los que no se verán abocados a depender de una asignación estatal que promete acabar siendo exigua. De hecho, ya les analizamos recientemente la necesidad para los ciudadanos de ser previsores ante la incompetencia e irresponsabilidad de nuestros políticos que optan reiteradamente por no querer solucionar el acuciante problema de las pensiones, ya que de la práctica totalidad de estos (des)políticos muy poco se puede esperar.

Entonces, y sólo mientras dure la legislación en medio de esta eterna persecución fiscal que sólo genera una enorme inestabilidad fisco-jurídica, ahora mismo valorar abrirse un Plan Sistemático de Ahorro Sistematizado o PIAS es la mejor opción en el actual sistema socioeconómico. Pero PIAS aparte, lo cierto es que hay otras muchas opciones para procurarse un retiro digno (de verdad), y todas ellas inevitablemente pasan por el ahorro. Ese ahorro que, si bien ha de conservar en todo momento su condición de bote salvavidas ante lo que pueda venir, es cierto que a lo largo de nuestra vida laboral y no laboral va cambiando en lo que se refiere a nuestras capacidades como ahorradores, a las necesidades que debe cubrir, al horizonte temporal que debe abarcar y… también y mucho dependiendo de la edad y de la etapa de la vida de cada cauto ahorrador.

Y vaya por delante que el ahorro es una capacidad de la que lamentablemente las clases más desfavorecidas carecen, pero que todos aquellos que dispongan de un nivel de ingresos mínimamente digno deben ineludiblemente considerar el ahorro como la más importante inversión de futuro posible, también a nivel de vida y dignidad socioeconómica de dimensión incluso personal. Es decir, que es muy fácil decir que uno no puede ahorrar nada y al mes siguiente comprarse el último modelo de iPhone recurriendo a consumistas y compulsivas fórmulas del “compra ahora y paga después”.

Y ahí realmente lo que se evidencia es que muchos prefieren abrir la cartera en el presente, y cuando toca mirar al futuro prefieren mirar para otro lado, y cometer el gravísimo error abandonarse en manos de la incompetente gestión que nuestros políticos están haciendo del sistema público de pensiones. Ya me dirán ustedes si es más importante comprarse un móvil de gama más asequible y ahorrar 700€ para el futuro, o si lo que en realidad pasa es que hay gente ahí afuera sin la más mínima cultura financiera, que les aboca a estar deseando tener la más mínima ocasión para tirar la casa por la ventana. Y luego cuando les vengan mal dadas o lleguen a una jubilación que ya les decimos que es muy difícil que vaya a ser digna según los estándares actuales, optarán por decir auto-indulgentemente que “es que ellos no pudieron ahorrar nunca”.

La deriva más auto-justificativa entonces suele degenerar en sentenciar sin el más mínimo rastro de auto-crítica que el verdadero problema es que el sistema es injusto, y que hay que desmontarlo votando a partidos radicales y anti-sistema que “lo peten” todo. Lo único que suele haber tras ello en estos casos de dispendio continuo es la esperanza de que así les pueda acabar tocando algo de todo el dinero que pasó por sus manos a lo largo de sus vidas, pero que decidieron quemar sin parar, en un “viva la vida” que nunca se extendió hasta el más necesario “viva la jubilación digna”. Salvo los casos que les citaba de los más desfavorecidos, siempre hay cierta capacidad de ahorro en todo hogar con ingresos. En la mayoría de los casos no es tanto una cuestión de capacidad, sino de concienciación y responsabilidad para con uno mismo (y para con sus hijos y/o seres dependientes).

Así que hagamos a partir de este punto de debida justificación un compendio de capacidades de ahorro y necesidades a lo largo de una vida tipo en nuestras socioeconomías, porque sólo será el remanente sobre esas necesidades lo que podremos decidir con toda la prudencia dedicar a inversiones de más riesgo. Recuerden que una de las máximas de toda inversión con riesgo es dedicarles sólo aquel dinero que no necesitamos, ni ahora ni en el futuro que forme parte del posible horizonte temporal de esa inversión.

Los “felices años 20”: cuando la jubilación se ve muy lejana, pero momento en el cual hay que empezar a pensar en que la vida no es un sprint, sino una carrera de fondo

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Todos hemos sido jóvenes. Todos hemos estado en esa etapa de la vida en la que por fin tenemos un sueldo que nos permite hacernos sentir ciudadanos y consumidores de pro. Todos hemos experimentado esa sensación de que ahora somos adultos y formamos ya parte del sistema, y que lo que entra en la cuenta corriente por un lado, sale por otro proporcionándonos una sensación de consumista satisfacción. No se puede evitar ni negar esas primeras sensaciones tan típicas de los primeros sueldos de la vida, pero tenemos también la responsabilidad ineludible de inculcarles una cultura financiera y una visión de largo plazo, que caualmente a los que menos les interesa que la tengan es a nuestros extractivos y subyugantes políticos.

Así, tras haberles dejado disfrutar de su auto-suficiencia e independencia económica que por fin les ha llegado, tras años de dependencia de la paga familiar y de formación académica, a los recién estrenados ciudadanos de pro que se hayan en esos “felices años 20” hay que empezar a hacerles ver más allá. Y es que la vida no va a ser eternamente tan feliz (con sus limitaciones, peo mayormente feliz y despreocupada) como ellos la ven ahora mismo, y que (en el mejor de los casos) algún día llegarán a una jubilación en la cual les van a resultar imprescindibles los medios que ellos mismos se hayan procurado. Eso si esos recursos económicos no les hacen falta por un camino que muchas veces es mucho más tortuoso de lo que se pensaba.

Con el horizonte temporal tan a largo plazo de los veinteañeros, realmente la ecuación ahorro-riesgo tiene una dimensión radicalmente diferente a la de otras franjas de edad. Es cierto que en su ecuación debería de empezar a computar de forma muy importante el ahorro de cara a la adquisición de una vivienda, y eso impone un ritmo de ahorro a los trabajadores más jóvenes. Dependiendo de la cuantía de la hipoteca que vayan a tener que pedir, de la vivienda que vayan a necesitar durante sus primeros años como propietarios, y dependiendo de sus ingresos, deberán acudir al mercado inmobiliario e hipotecario, y hacer sus cuentas teniendo en cuenta la entrada y/letras que tendrán que aportar, así como los gastos de compra y de constitución de hipoteca a los que deberán hacer frente.

No obstante, hay que decir que tampoco en esos 20 añitos ni todo es tan feliz, ni el mundo es tan de color de rosa. En lo que se refiere a juventud y dificultad de acceso al mercado de propietarios de vivienda, esta ocasión simplemente les referenciaremos al análisis monográfico que ya les trajimos sobre ello en “Lo de que comprar una casa es la mejor inversión hay generaciones que ya no lo ven ni de lejos”. Y que conste que desde aquí tampoco somos de abogar porque la compra de la vivienda sea la única opción planteable para todo ciudadano que ineludiblemente debe participar en el mercado inmobiliario, el alquiler también cumple esta función.

Modelos de mercado de alquiler como el británico o el alemán, con contratos y modalidades de alquiler de largo plazo que permiten poder conseguir la estabilidad que la mayoría buscamos a la hora de asentarnos, son igualmente válidos. El problema es que el mercado inmobiliario español dista mucho de esa realidad tan estable, y en España lo cierto es que, si uno quiere conseguir la estabilidad necesaria para formar una familia o por simple necesidad unipersonal, la compra de vivienda en propiedad es casi la única opción. Y esta compra como les decía impone un ritmo y un objetivo de ahorro, cuyo horizonte temporal debe de estar en esa treintena tardía o principios de la cuarentena en la que empiezan a llegar esos retoños que nos deben de coger con un techo seguro.

Al mismo tiempo, deben de contar con unos ahorros mínimos que les provean un colchón para hacer frente a posibles gastos imprevistos, como una factura de cuantía inesperada, un percance imprevisible, o alguna otra necesidad con la que no contaban. Lo de tener un remanente para hacer frente a problemas de salud no es tan importante a estas edades, si bien hay casos individuales a los que les puede sobrevenir. Así, este colchón de resguardo obviamente debe ser en los años 20 sensiblemente menos grueso y mullido que cuando uno tiene a su cargo hijos, posibles problemas de salud, hipoteca, colegios, y todo lo que luego nos impone en la cuarentena un obligado ritmo de gasto infernal del que muchas veces no se puede escapar.

Con todo ello, cada ecuación personal de ahorro se irá despejando, y lo que sí que es cierto es que, la lejanía del momento de la jubilación permite que ese dinero para un futuro tan a largo plazo permita que ese dinero pueda ser destinado a inversiones de riesgo. No estamos hablando de ir ahorrando como una hormiguita desde los 20 años para luego jugárselo todo a la póker de las cripto-monedas, sino de que por ejemplo es por todos sabido que la bolsa es la mejor inversión a largo plazo. Y plazo es precisamente lo que les sobra a los veinteañeros, por lo que para el dinero que vayan reservando para su jubilación la bolsa sería la mejor opción. Y obviamente eso computa como una inversión de riesgo, pero que tenga su riesgo no implica que no se pueda invertir en ella también con cabeza, y siempre hay opciones más seguras como recurrir a ETFs de gestoras fiables sobre índices promediados, que acudir a acciones particulares de una empresa concreta que siempre puede quebrar (y más en el largo plazo).

La edad madura: ésa en la que se debe ahorrar ya lo que los gastos nos permitan, pero ya con un ojo puesto en la jubilación

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Y llegamos a la edad madura. Ésa en la que todos los veinteañeros piensan que les saldrán los billetes por las orejas a la vista de los salarios mucho más generosos que perciben los trabajadores en esta franja de edad. Más allá de las optimistas proyecciones propias de las edades más jóvenes, lo cierto es que luego, al menos para la mayoría de los ciudadanos, esta edad se caracteriza literalmente porque el dinero que entra sale aunque no quieras. Es una edad de gastos ineludibles e inevitables, de cuantías importantes, y en los cuales el multiplicador familiar de un viaje o cualquier actividad supone un nada desdeñable x3, x4, o incluso x5 para los más osados que se aventuren a tener tres hijos y ser familia numerosa.

Es cierto que a esta edad, de nuevo, algunos hacen un gasto superfluo y evitable, y muchas veces se recurre al argumento mental de querer comprarse ese ultimísimo modelo de iPhone con el anterior todavía en esa vida útil, y para lo que muchas veces nos justificamos en que “para algo gano X Euros”. Bueno, algún capricho nos podemos dar, y la recompensa es siempre un acicate necesario, pero tampoco en la edad madura se debe de dejar de ver que el gasto superfluo supone tirar el dinero por la ventana, y que como tal debe ser minimizado y limitado a contados caprichos. Hacer del dispendio continuo un modo de vida, sólo nos lleva a consumir hoy los recursos del mañana.

Pero tras descontar todos esos gastos importantes, recurrentes, e ineludibles, en la edad madura ya hay que tener a la vista ese horizonte de la jubilación, que si bien sigue perteneciendo mayormente al largo plazo, cada vez es un plazo menos largo. En esta edad deben incrementarse las aportaciones al PIAS o cualquiera otra forma de ahorro con desgravación de cara a un futuro complemento a la pensión. Y vaya por delante que esas desgravaciones sobre estos productos tienen un efecto multiplicador muy importante en el dinero del que se vaya a disponer para la jubilación más adelante, puesto que todavía quedan unos cuántos años de desgravaciones por delante, y ahora además las aportaciones serán de una cuantía más importante.

En la ecuación de ahorro de la edad madura, debe conjugarse esa parte del ahorro que va a ir destinada a la jubilación y que impondrá ciertas restricciones al rescate (que en el caso del PIAS por ejemplo son minimizadas), con el ahorro libre. Si bien el ahorro libre no nos va a permitir las muy beneficiosas desgravaciones fiscales, lo cierto es que en estos tiempos campa a sus anchas la inseguridad jurídica, y además el futuro pinta insostenible en las cuentas públicas. Así que aquí no se puede descartar tampoco que, en cualquier momento, el político extractivo de turno no pase a posar sus “golosinos” ojos sobre cualquier producto financiero pro-pensionista que haya alcanzado unos volúmenes macro que hagan muy rentable “meterle mano” fiscal.

Por otro lado, a estas edades la hipoteca irá reduciéndose también hasta el feliz momento en el que estará pagada, y si hemos sabido dimensionar bien nuestra vida y nuestra vivienda, tal vez podamos evitar meternos en otra hipoteca encadenando una esclavitud inmobiliaria con la subsiguiente. En unos tiempos en los que está tan de moda seguir endeudados de por vida, y querer vivir por encima de nuestras posibilidades, a veces resulta harto difícil quererse mantener en nuestro pisillo modesto, cuando por una módica deuda hipotecaria podemos hacer realidad el sueño de vivir en un pisazo. Es en esta decisión de no re-hipotecarse continuamente donde puede que esté la clave más importante, que a la larga nos vaya a permitir disponer de más capacidad de ahorro de cara al cada vez más cercano momento de la jubilación.

Así, en la edad madura vemos como la capacidad de ahorro debe de verse incrementada, y si bien su cuantía va a permitir diversificar un poco entre diferentes opciones que nos puedan aportar más seguridad y protegernos frente a diferentes escenarios, no se debe de pasar por alto que el acortamiento del horizonte temporal debe de ir haciendo reducir la exposición al riesgo. Efectivamente, el momento de la jubilación se acerca, y por lo tanto el margen de que dispondrá nuestra inversión para recuperarse de un bache será menor. La máxima de no invertir el dinero que se va a necesitar, incluye que en la cercana jubilación ese dinero ya se va a necesitar. Así que sí, puede que en la edad madura siga habiendo algo de ahorro susceptible de asumir su riesgo, pero cada vez esa proporción es menor. No obstante, somos conscientes de que hay cierto perfil de inversores que hayan cierto divertimento en la inversión de riesgo, pero la verdad es que para ello muchas veces tampoco importa mucho la cuantía, sino que entretiene la mera operativa.

Y llegado el feliz (o infeliz) momento: la suerte está echada, y la inversión rescatada

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Pues bueno, si el momento será feliz o infeliz es algo que no sólo dependerá de nuestros políticos, sino también de cómo de previsores hayamos podido ser nosotros a la vista de su incompetencia recurrente. Donde ellos son unos irresponsables, no nos queda otra que tratar de procurar nosotros ser los responsables: al fin y al cabo se trata de nuestro futuro, y las consecuencias somos nosotros (y nuestros hijos) los que las padeceremos. Y cuando llegue ese momento, el mal o el bien estará hecho, y ya sólo tendremos en nuestra mano las cartas que nos hayamos estado reservando a lo largo de toda nuestra vida laboral.

Uno de los motivos por los que les expusimos en su día el PIAS como un producto idóneo en las actuales condiciones del mercado, es porque combina el ahorro y la desgravación con un seguro, y que las cuantías se perciben en forma de renta vitalicia. Sin duda es un complemento ideal para el caso de uso de un jubilado, en el que la necesidad de rescate ya no es realmente de lo que se trata, sino más bien de tener mes a mes unos ingresos dignos para comer en el día a día, y hacerse algún que otro viajecillo o cualesquiera actividades alternativas que uno desee realizar, para disfrutar un poco de la nueva libertad de no tener que acudir cada día al puesto de trabajo (recuerden Nomadland).

Pero a esta edad puede uno recurrir a un reservorio de ahorros poco tenido en cuenta generalmente, pero que últimamente ha adquirido ya algo más de protagonismo ante la que se nos va viniendo encima. Y es que, al fin y al cabo, el hecho de que en España las condiciones del mercado nos fuercen a que la opción de la compra de vivienda sea casi la única opción de estabilidad, ello no quiere decir que no estemos invirtiendo en ladrillo. Y eso es obviamente una inversión como otra cualquiera, y supone unos ahorros dispuestos en un activo inmobiliario. Así puede usted recurrir en caso de necesidad a lo que se denomina una hipoteca inversa, por la cual su entidad le va a dar una renta mensual a cambio de quedarse con todo o parte de su piso en el momento de su fallecimiento. Huelga decir que resulta obvio que está usted consumiendo usted su patrimonio familiar, y lo que en su día tal vez considerase que iba a ser un legado económico para que sus hijos pudiesen salir adelante ante dificultades cuando usted ya no esté ahí para echarles una mano.

Así que ya ven cómo es la evolución de nuestro perfil de ahorradores a lo largo de nuestras vidas socioeconómica, los diferentes factores a tener en cuenta, y qué margen nos queda una vez las descontamos para dedicarlo a inversiones de más riesgo. Lo cierto es que tampoco debe fiarlo usted todo ni al sistema público de pensiones, ni tampoco a ningún producto concreto que con esta inseguridad jurídica rampante le puede fallar en cualquier momento. No debe usted ni siquiera fiarlo todo a la sostenibilidad de unas cuentas públicas cada vez más insostenibles. En principio por defecto debemos de desconfiar y ser prudentes ante todo lo que dependa de nuestros políticos y su gestión, que luego poco tiene que ver en la práctica con el interés general, y mucho con el particular. Y por supuesto que, si uno tiene la capacidad de ser riguroso y metódico y metódico en el ahorro, la opción que no falla y de la que bien vamos a poder disponer como necesitemos es la del ahorro en bruto, si bien perdemos una desgravación que tampoco sabemos cuánto va a durar.

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Nuestro futuro es tan incierto como la cuantía de nuestras futuras pensiones, y aquí no hay solución infalible, así que traten de no poner todos los huevos en la misma cesta. Y además traten de no elegir cestas donde concurran muchos huevos, y que puedan acabar siendo un suculento objetivo fiscal para unos políticos que, si bien hoy por hoy ya son insaciables, en un futuro puede que se vean abocados a depredar todo reservorio de valor para sostener un estado insostenible. Imposible imposible, aquí no hay ningún escenario, y debemos estar preparados para cualquier opción que tenga una probabilidad de suceso no despreciable: nos va el futuro (y la miseria) en ello, y aparte de la probabilidad, (des)contamos además con unos políticos que en su mayoría sí que ellos son ciertamente despreciables.

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